La liturgia de la muerte

Parodiando a Vicente Fernández cuanto canta “Volver, volver, volver…” las cenizas del Comandante van a recorrer la Isla, desde La Habana a Sierra Maestra. Será en medio de un homenaje popular. Será en medio del aprecio de los que le agradecen en su propia patria, y del desprecio de lo que lo culpan de su exilio, en Miami y otras partes del mundo.

Lamento esa exposición masiva de lo que queda de un hombre, un verdadero hombre, metido ahora dentro de una botella.

En los discursos se ha repetido el deseo de que descanse en paz. Pero esto se desmiente con esta peregrinación teñida de espectáculo, de admiración y de beatería atea. Se trata de un rito religioso inoculado en las arterias del fanatismo.

Es lo mismo que ha pasado con el brazo de Teresa de Avila, con parte del cráneo de Clara de Asís, con un tubito con sangre de Juan Pablo II, con una mano de Don Bosco…

De mujeres y varones que han hecho historia, que han construido ciudadanía, que han sido estímulos para sus comunidades, debe quedar la voz, el ejemplo, las indicaciones para el camino. Debe quedar el paradigma que ha dejado un mundo mejor de aquel que encontraron; porque le aportaron dignidad, solidaridad, libertad, alegría, servicio en todas sus necesidades.

Todo lo demás va a la tumba. O al mar o las montañas.

Y mientras aquí en este redondo mundo perdemos el tiempo discutiendo sobre su legado, Dios, madre y padre en cuanto creador, los abraza y los corona con la vida que no termina.

 

 

 

 

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Se busca arzobispo para ciudad importante.

Catorce años y algunos meses es el promedio de tiempo que los doce arzobispos que recuerda la historia han servido la sede arzobispal de Santiago de Chile.

Es interesante conocer ciertas cifras que quedan para las estadísticas: han sido 175 años (1840-2015), que comienzan con el nombramiento de Manuel Vicuña Larraín, cura del clero de Santiago. De ese mismo origen fueron los sucesores por cien años: Rafael Valentín Valdivieso, Mariano Casanova, Juan Ignacio González, Crescente Errázuriz y José Horacio Campillo. Todos ellos asumieron como arzobispos directamente desde la base, sin haber tenido cargo episcopal anteriormente, aparte de Juan Ignacio González que fue por poco tiempo obispo auxiliar en la capital de Chile. Todos ellos pertenecientes a familias de la burguesía. Todos ellos formados en el seminario pontificio conciliar. Todos ellos con una marca personal que aportaron a la tarea pastoral: Valdivieso, Casanova y Crescente Errázuriz, como hombres de pluma afilada que ocupaban como cimitarra en las luchas apologéticas; Vicuña, González y Campillo como pastores ocupados más de consolar que de pontificar.

Esta línea tuvo un cambio con la llegada de José María Caro al arzobispado, en 1939. Había pertenecido también al clero de Santiago, pero desde hacía muchos años estaba lejos de la capital, pastoreando comunidades en el norte. De hecho fue el primer arzobispo trasladado desde otra sede, en este caso desde La Serena. Con él comienza la serie de cardenales chilenos. Rompió también la génesis burguesa pues pertenecía a una sencilla familia campesina aunque ligada al partido conservador.

El sucesor fue un golpe a la cátedra: un salesiano que hacía un par de años ejercía como obispo de Valparaíso: don Raúl Silva Henríquez, el primer religioso arzobispo de Santiago. Al finalizar su período, el sucesor llegó nuevamente desde La Serena: don Juan Francisco Fresno Larraín. El siguiente vino igualmente desde el norte, esta vez Antofagasta, el religioso mercedario Carlos Oviedo Cavada. A su renuncia por enfermedad, se designó desde Roma, donde había trabajado varios años después de haber vivido en Alemania un largo período, a don Francisco Javier Errázuriz, perteneciente al Instituto de Schoënsttat. En Roma había conocido a don Ricardo Ezzati, con quien trabajó en dicasterios vaticanos y con quien lo unió una amistad segura. Ezzati, religioso salesiano, fue el delfín por quien se jugó Errázuriz promoviéndolo al obispado de Valdivia, y a quien pidió unos años después ser su auxiliar en Santiago. No es habitual en las carreras eclesiásticas que el obispo de una sede, pase a ser obispo auxiliar de otra sede, lo que indica el grado de confianza y de cercanía entre ambos prelados. Con este nombramiento quedó a la espera de un ascenso mejor y así fue que pasó a ser arzobispo de Concepción. Al finalizar Errázuriz su período, vio como resultado de sus movidas que Ezzati era su sucesor en Santiago.

Así el origen inmediato de los doce arzobispos se puede resumir en: seis surgidos del clero secular de Santiago. Dos trasladados desde La Serena, dos desde Valparaíso, uno desde Antofagasta y uno desde Concepción. De todos ellos, solamente cuatro pertenecientes a institutos religiosos.

En enero de 2017 debe presentar su renuncia a causa de la edad, el actual arzobispo Ricardo Ezzati. Ciertas voces rumorean a Fernando Chomalí, del clero secular de Santiago y actual arzobispo de Concepción como el sucesor natural. Se trata de un hombre de buena edad (59), ingeniero civil, con doctorado en teología, master en bioética, buen comunicador, con capacidades de conductor y habitual en las páginas de El Mercurio.

Pero no hay que olvidar que con un Nuncio enigmático como Ivo Scapolo todo puede pasar. Hay obispos que han escalado posiciones y tienen padrinos, algunos dentro de la esfera de relaciones del presbítero chileno Ramón Bravo quien se maneja en Roma como en su Andacollo natal. Su poder de influencias es notorio y enlaza a unos cuantos cardenales influyentes en la curia romana, especialmente a los del círculo de Sodano y Bertone. Se supone que en esta etapa de Francisco ha perdido un tanto de protagonismo.

En la lógica prudencial de la normalidad los arzobispos estarían en primera línea para asumir la mitra santiaguina. Pero el de Antofagasta, Pablo Lizama, quien hubiera sido un buen pastor para la capital ya presentó su renuncia por motivos de edad, y el de Puerto Montt, Cristian Caro, ya es septuagenario. Queda el de La Serena, René Rebolledo, quien lleva solamente tres años como arzobispo de esa iglesia. En esa lógica Chomalí tendría el camino despejado.

Pero…siempre hay un pero. Las movidas del nuncio apostólico son impredecibles. Así como en Copiapó, cuando el clero de allí esperaba que uno de los suyos asumiera la conducción de la iglesia atacameña, llegó como pastor un español, además religioso y de remate ya septuagenario. O como en Osorno, donde aún se mantiene en la cuerda floja el obispo Juan Barros quien ya ha pasado sin dejar marca por tres obispados y que es cuestionado por su pertenencia al grupo de El Bosque, fiel al cura Karadima, icono de la delincuencia clerical en el país.

El nuncio Scapolo, como su apellido lo indica, no se casa con nadie. Teje sus hilos y va sacando de la manga sus propuestas que no son cuestionadas por Roma. Tiene experiencia diplomática, tanto por ser “hijo” de Angelo Sodano como por su tarea de Nuncio en Bolivia, en Ruanda y sus cinco años en Chile.

En estos cinco años ha realizado un trabajo silencioso pero que ha repercutido en la estantería eclesial del país ya que en ese relativo corto tiempo ha promovido seis nuevos obispos (Aós, Atisha, Blanco, Concha, Ramos y Galo Fernández) y ha cambiado de sede a otros seis (Rebolledo, Silva, Vera, Vargas, Contreras Villarroel y Juan Barros).

El resultado de todo esto es que cualquier cosa puede suceder en el arzobispado de Santiago de Chile a partir de enero de 2017.

Y mientras el sistema de elección de obispos sea un secretismo vaticano, el pueblo católico, mira, acepta sumiso y aplaudirá al pastor que le llegue sin hacer preguntas.

 

 

 

 

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Episcopado chileno: una de cal y varias de arena

Un obispo biblista, don Santiago Silva, un hombre de perfil bajo a pesar de haber sido secretario general del Episcopado latinoamericano y del Caribe hace pocos años, es el nuevo presidente de la Conferencia de Obispos católicos de Chile. Actualmente ejercía como obispo castrense, una responsabilidad que debió ocupar para sanear ese cargo cuyo antecesor fue el cuestionado obispo de Osorno, don Juan Barros Madrid.

Interesante la elección que han hecho los obispos en su última Asamblea plenaria.

En primer lugar, sorprende que un obispo a cargo del último peldaño del escalafón eclesial, como es el obispado castrense, haya sido nominado por sus pares como cabeza de la Conferencia episcopal. Con eso quedaron desbancados los viejos “animales eclesiales”, dicho en sentido figurado, (algo así como los “viejos animales políticos”) que aparecían como fijos: el cardenal Ezzati, los cinco arzobispos de las grandes sedes, y otros clérigos ascendentes que por figuración personal o por estar a cargo de posiciones importantes, aparecen de vez en cuando en la prensa.

Santiago Silva da confianza. Es hombre que no busca figuración, que sabe escuchar, que es buen organizador, que tiene sentido pastoral y una formación bíblica consistente. Que un obispo esté bien fundamentado en el campo bíblico es de por sí mucho más beneficioso y da garantías de ser buen pastor, por encima de otros que se fundamentan en el Código de Derecho Canónico.
La Vice presidencia quedó en manos del obispo de Melipilla, don Cristian Contreras Villarroel, un hombre más de escritorio que de calle, aunque su simpatía personal lo hace asequible a todos, especialmente a los que les gusta el fútbol.

En la Secretaría general ha quedado el obispo auxiliar de Santiago, don Fernando Ramos, ex rector del Seminario Pontificio, buen amigo de sus amigos, hombre que pasó muchos años en Roma y que vela por el cumplimiento de las normativas eclesiales.

Por su parte, el emergente obispo de San Bernardo, el Opus Dei don Juan Ignacio González, pasó a integrar el Comité Permanente, formado por el presidente, el vicepresidente, el secretario general, y por ahora el cardenal Ezzati, según establece el reglamento.

El Episcopado realiza sus funcionaes a través de Comisiones, siendo las más visibles: la Comisión pastoral y la Comisión doctrinal.

En la Comisión Pastoral para el período 2016-2019, figuran. René Rebolledo, arzobispo de La Serena; Héctor Vargas, obispo de Temuco; Bernardo Bastres, obispo de Punta Arenas; Pedro Ossandón, obispo auxiliar de Santiago y Fernando Chomali, arzobispo de Concepción.
En la Comisión doctrinal quedaron tres representantes del ala más tradicional de la iglesia: Felipe Bacarreza, obispo de Santa María de Los Ángeles, Cristián Caro, arzobispo de Puerto Montt, y Fernando Chomali, arzobispo de Concepción, quien aporta un poco de frescor a ese triunvirato hermético y ultra conservador.

 

Todos estos cambios aparecen en los momentos en que todos los obispos chilenos viajarán a Roma para la visita que deben hacer al obispo de Roma cada cierto tiempo.

Desde luego que en el país casi no existen obispos nominados por el papa Francisco y casi todos ellos son hechura de Benedicto XVI y mucho más de Juan Pablo II, que seguía las indicaciones del nefasto cardenal Angelo Sodano, quien se mantuvo por diez años como Nuncio apostólico en Chile, durante la dictadura.

Todos estos cambios indican también que hay poco donde elegir a la hora de las designaciones. Falta una renovación “from bottom”. Al menos hay que agradecer que han quedado fuera del escenario los obispos de Karadima (Talca, Linares, Los Angeles, Osorno) de los que muchos esperan que renuncien para dar un aire nuevo a una iglesia jerárquica que ha cometido demasiados errores.

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JESUS DE NAZARET: DESDE LA PENUMBRA DE LA HISTORIA.

Leo en un escrito que hay figuras tan expresivas en sus actuaciones, que sus historias de vida son reconocidas como ciertas. Teniendo apenas un barniz de cultura general se puede reconocer a don Quijote de la Mancha, a Robinson Crusoe, a Robin Hood, a La Quintrala, a Martín Fierro, a Pedro Páramo y a mil personajes más, como seres vivientes y actuantes, aunque nunca hayan superado su condición de sombra en los libros de literatura.

¿Puede ser también Jesús de Nazaret uno de esos personajes?

Porque casi todo lo que sabemos de él proviene de lo que han dicho sus seguidores. Y ellos no son, por lo mismo, imparciales en sus relatos.

Sin embargo, hay que valorar el adverbio “casi”. Porque hay también algunas referencias provenientes de fuentes independientes de la fe cristiana. Y ellas se convierten en firme documento que acredita la existencia real de Jesús.

 

Para su época, la vida de Jesús de Nazaret fue la de un judío marginal, en un territorio marginal del imperio romano, alguien que no tuvo figuración alguna ya que no tenía poder militar, ni poder sacerdotal, ni poder de dinero, ni poder de influencia.

Si leemos los evangelios estaremos tentados de creer que Jesús fue una figura espectacular, alguien que llamó la atención de todos hasta dejar fascinada a toda la sociedad israelita e incluso al imperio romano. Que fue tal su poder que el mismo emperador de Roma decretó su muerte como a un rival peligroso.

Pero no fue así. Ningún cronista ni historiador de esa época reparó en su persona. Solamente ha quedado un par de referencias de menor importancia que atestiguan de la existencia de Jesús.

* El historiador judío Flavio Josefo en un libro escrito hacia fines del siglo I, anota:

-“ “Por aquel tiempo apareció Jesús, un hombre sabio. Fue autor de hechos asombrosos, y maestro para quienes reciben con gusto la verdad. Atrajo a muchos judíos y griegos. Y cuando Pilatos, debido a una acusación hecha por nuestros dirigentes, lo condenó a la cruz, los que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo. Y hasta hoy los cristianos, llamados así por él, no han desaparecido”.

 

* La segunda mención que hace Flavio Josefo de Jesús, es una mera referencia al hablar del asesinato del apóstol Santiago.

 

Son citas muy pequeñas pero importantes ya que constituyen datos ajenos a la biblia, provenientes de un escritor pagano.

 

Los grandes cronistas del imperio romano no mencionan el caso Jesús de Nazaret. Esto entra dentro de la lógica. Como señala Ariel Alvarez en uno de sus comentarios “Lo asombroso hubiera sido que algún historiador de la época se hubiera interesado en él. Sería una casualidad increíble que los escritores de ese tiempo se sintieran atraídos por contar la ejecución de un carpintero palestino. Lo más natural del mundo hubiera sido que ningún contemporáneo lo recordara ni mencionara.

Sin embargo, y a pesar de ello, tenemos varias referencias de él. Más aún: hay más información sobre Jesús de Nazaret que sobre otros personajes de la historia cuya existencia nadie cuestiona. Por eso, su existencia constituye hoy un hecho histórico cierto e irrefutable.

Pero sus contemporáneos se interesaron poco en él. Sólo se habló de su persona cuando los cristianos comenzaron a ser una “molestia” para la sociedad. Cuando sus seguidores empezaron a hablar del amor al prójimo, del perdón a los enemigos, del servicio a los demás como actitud de vida, de no criticar, de defender a los más pobres. Recién entonces surgió el interés por conocer a esa extraña figura, que había dado origen a la doctrina más extraña y más sublime de la historia de la humanidad.

Hoy el interés por la figura de Jesús ha vuelto a ser escaso. Quizás porque los cristianos hemos dejado de “molestar”; ya no somos un ejemplo llamativo de amor ante la sociedad. No somos los representantes de la doctrina más asombrosa que oyó la humanidad. Quizás si volviéramos a encarnar su mensaje, los historiadores, pensadores, filósofos, periodistas, vuelvan a sentirse atraídos por el carpintero de Nazaret”.

 

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¡Se nos viene el Halloween!

Andan por ahí varias cristianas (os) que se ponen nerviosos al acercarse la noche de Halloween. Creen que es algo maligno y existen llamados a “purificar” ese acontecimiento, celebrando “noches de luz”, “noches santas”, noches en que los niños salen a las calles vestidos de blanco.

Creo que nos falta a los cristianos un mayor y mejor sentido de la fiesta.

Halloween no deja de ser un juego (para algunos bastante tonto) y hay que tomarlo como tal. Es fiesta de disfraces, aprovechando la ocasión en que las iglesias llaman a recordar a los difuntos.

A la noche de Halloween hay que sumarse para tomar con humor el hecho incuestionable de pertenecer a un mundo perecible. Mejor dicho, transformable. Porque la vida no se apaga nunca sino que va asumiendo nuevas situaciones.

Halloween no es un atentado a la fe cristiana, como creen algunos devotas y devotos. Es un pequeño circo que ocupa representaciones que la misma iglesia ha difundido: el recuerdo cultual de los fallecidos, las “almas” que andan en busca de ubicación, el misterio del más allá…

Quien toma en serio esta fiesta de disfraces no tiene sentido del humor. Quien la toma como un juego, está en lo cierto. Quien la ignora, hace bien porque una calabaza hueca y calada a modo de rostro humano, a la que se le coloca una vela para dar impresión de vida, no tiene más destino a partir del 3 de noviembre, que la bolsa donde se recogen las cosas inútiles y las basuras.

Esa noche de Halloween, póngase crema blanca en la cara, póngase una capa negra, píntese de violeta las cejas y los ojos, y salga a saludar a los vecinos diciendo “dulce o travesura”. Si le dan unos caramelos, disfrútelos y agradezca el gesto de personas que han entendido que se trata de una broma sana. Si le dan un portazo o le tiran agua o no le abren la puerta…piense que se trata de gente amargada que no sabe reírse de sí misma ni de las tonterías de nuestra cultura occidental-cristiana.

 

 

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Otra más: una prohibición bien insólita.

Como si no hubiera asuntos verdaderamente importantes en este pícaro, redondo y atribulado mundo, una oficina del Vaticano ha promulgado un documento (“Instrucción Ad resurgendum cum Christo”) en el que da normas acerca de la conservación de las cenizas de los cuerpos que son cremados. En lo concreto, prohíbe que las pequeñas ánforas que guardan las cenizas de parientes, amigos o personas que pasaron por la cremación, sean conservadas en las casas familiares. Pero pueden ser conservadas en templos y lugares de culto.

Desde luego, esta propuesta tiene fuerte tinte de negocio. De hecho, son numerosos los templos que han creado “cinerarios”, y hay compañías comerciales que se han apoderado del negocio y ofrecen este servicio a las parroquias, compartiendo con ellas los beneficios.

La preocupación eclesial debiera estar atenta a cómo mejorar la calidad de vida de las personas vivas, en lugar de estar estableciendo lugares apropiados para los difuntos.

El consultor de la Congregación de la Doctrina de la Fe, el español Ángel Rodríguez Luño (Opus Dei) ha señalado que “la Iglesia no ve razones doctrinales para evitar esta práctica, ya que la cremación del cadáver no toca el alma y no impide a la omnipotencia divina resucitar el cuerpo”. Es decir, se trata de una declaración de alguien que se cree asesor del mismísimo Dios, para asuntos de eternidad.

Es lamentable que se impongan normativas insólitas, por emplear un término vago que no dice gran cosa. El tema recuerda las llamadas “luchas teológicas” de fines del siglo XIX cuando se discutía la ley de cementerios en el país. Fueron tiempos recios en que el gobierno liberal modernizaba la nación y la jerarquía católica respondía con excomuniones a las que nadie hacía caso.

El documento de ahora dice fundamentarse en razones de respeto a la persona que fue en vida quien ahora está convertido en cenizas. Pero es un argumento tan feble que no resiste el menor golpe. Señala que no es idea cristiana “la conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos”. Pero ese documento no explica ni da razones para los trozos de cuerpo humano que andan en relicarios y son paseados para jolgorio devoto de la feligresía católica, o son venerados en sendos estuches, cofres, joyeros o tecas, en los templos. Hace poco tiempo se anunciaban tubitos con sangre del papa Juan Pablo II, como antes se hacían procesiones con el brazo de santa Teresa de Avila.

Varios amigos y amigas me pregunta acerca de qué lado estoy en mi vocación y servicio al pueblo de Dios en mi condición de cura católico. Les respondo que nunca me he sentido más contento con esta vocación, precisamente porque me permite tener cierta tribuna para desmitificar idolatrías. Yo quiero a mi iglesia joven, dinámica, alegre, servicial, celebrativa de la vida, defensora de la dignidad de todos los hijos de Dios, comprometida con la liberación de todas las cadenas que impiden el crecimiento vital.

Ver a mi iglesia enredada en asuntos menores, en discusiones bizantinas, en problemática de sacristía, me duele y me lleva a plantear mi posición con la finalidad de ayudar a purificar la fe.

Creo estar viviendo un tiempo de gracia muy especial para la comunidad cristiana. Y hay que aprovecharlo. Para ello vayamos a lo fundamental, que es proclamar y vivir y comunicar la misericordia de Dios, y dejar las cenizas de nuestros seres queridos allí donde nos queden más cerca del corazón.

 

 

 

 

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Toda una mujer

 

Antonia Brenner murió el 17 de octubre, hace ya tres años.

Los encarcelados en la carcel-peninteciería de Tijuana, siguen llamándola “mamá”.

Nacida entre los algodones de la opulencia, allá por Beverly Hills, creció en el ambiente de los astros de cine. Inserta en ese mundo de oropeles, se casó a los 18 años, se divorció, casó nuevamente y se divorció por segunda vez, y tuvo ocho hijos de sus dos esposos.     Un día, accediendo a un compromiso que cumplió de malas ganas, visitó la cárcel de la Mesa, en Tijuana. Lo que vio allí le alborotó el corazón. Cada vez que pudo volvió a la penitenciaría para llevar algo de consuelo, alivio, compañía, sustento y medicinas a las mujeres y a los varones encarcelados.

Cuando sus hijos crecieron, Antonia vendió o repartió sus propiedades y logró que el Alcaide de la prisión le diera una celda como alojamiento. Así se quedó a vivir al interior de la penitenciaría,     viviendo al mismo nivel que los reclusos.

Invitó a sus amistades a interesarse por las necesidades de los encarcelados, y de modo especial invitó a mujeres mayores de 45 años a organizarse para servir a los menos afortunados.

Treinta y dos años estuvo Antonia viviendo al interior de la cárcel de Tijuana. Su grupo de amigas tomó el nombre de Siervas Eudistas de la Undécima Hora, un título que recordaba que nadie por edad ni condición quedaba excluido del llamado a ser prójimo de los caídos.

Toda su casa fue una celda de 3 metros cuadrados en la sección femenina de la penitenciaría, viviendo como las internas. Cada mañana formaba fila junto a las reclusas y gritaba su nombre respondiendo a las ordenanzas.

Los traficantes de droga, los ladrones, los asesinos, los violadores, gente que estaban marcados por la sociedad como violentos y peligrosos, fueron sus amigos. Ellos recibían el consuelo, le contaban sus tragedias, le pedían que estuviera junto a ellos en las horas más duras.

En este tiempo en que la sociedad se ve remecida por el grito de justicia que exige respeto, dignidad, consideración y reconocimiento a la mujer en cuanto tal, por ser persona humana, imagen y semejanza de la maternidad de Dios que es creador de vida, vale la pena rescatar el testimonio de Antonia Brenner.

Como hija de Beverly Hill, crecida en un ambiente de farándula y de la fantasía del cine, ciertamente que también ella se desnudó y lo hizo para siempre: se quitó los vestidos de seda, los adornos de joyería, la indumentaria de bataclana, y quedó ante los ojos de Dios y del mundo, tal como era: una persona que entendió que el que no vive para servir, no sirve para vivir.

 

 

 

 

 

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SAN JUAN GABRIEL BROCHERO.

El 16 de octubre fue declarado “santo” , es decir “cristiano ejemplar” el cura Brochero. Un santo de estos tiempos, un cura de la sierra cordobesa, en Argentina. Un cura serrano que fumaba, decía palabras de grueso calibre cuando su mula Malacara se plantaba en el camino sin querer dar un paso más.

José Gabriel Brochero, murió un día víctima de la terrible enfermedad de la lepra, que había contraído atendiendo enfermos en las serranías. Fue un apóstol de los retiros de conversión como eran los ejercicios espirituales. Para ello construyó con sus propias manos una casa apropiada que levantó para “joder al diablo”, como afirmaba en sus sermones. Y lo logró. Miles de campesinos y personas de los pueblos de traslasierra fortificaron su fe a través de ese medio de evaluación personal y programación de vida que son los ejercicios espirituales.

Argentina inscribe con él su segundo ciudadano reconocido oficialmente por la iglesia como modelo de vida cristiana. Gracias a él todo bautizado puede estar seguro de lograr la santidad al tener un corazón solidario y caritativo, un corazón que ama a Dios y lo demuestra amando a los hermanos. Si fuma, o dice groserías, o juega a las cartas, o se bebe un trago con los paisanos…no tiene importancia. Lo que tiene importancia es la caridad.

 

 

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Otro latinoamericano en la cúpula eclesial.

Con la elección del venezolano Arturo Sosa como superior general de los Jesuitas se instala en la cúpula eclesial otro latinoamericano: el llamado “papa negro” (por la importancia de los jesuitas en la iglesia) se suma al “papa blanco” como es el obispo de Roma, el argentino Jorge Bergoglio.

Próximo a cumplir los 68 años, Arturo Sosa tiene un historial ligado a la docencia y la investigación, con un doctorado en ciencias políticas.

Sería redundante comentar la importancia de la Compañía de Jesús en la vida eclesial y también en la configuración social en el mundo occidental y aún más allá. Pero recordar algunos hitos en la historia aunque sea a modo de pincelazos, nos hace ver que estamos ante una organización con una estructura granítica que le ha hecho superar embates formidables.

En su historial, la institución creada por Ignacio de Loyola con el nombre de “Compañía de Jesús” ha habido de todo. Por algo un escritor ácido y conservador, Salvador Valdés, lanzó una vez un libro agresivo en contra de esa comunidad y que tituló: “La Compañía de Jesús, ¡ay, Jesús, qué compañía!”

Durante cuarenta años fueron perseguidos incluso por la jerarquía católica. El papa Clemente XIV, quien había sido alumno de colegios jesuitas antes de ingresar a la Orden Franciscana, puso la firma para la supresión de los jesuitas en todo el mundo. Era en al año 1773.

De inmediato, Francia y España, países que habían solicitado esa medida para apoderarse de los bienes y espacios que los hijos de san Ignacio habían adquirido con buenas y malas artes, le regalaron al Papa los territorios de Avignon, el condado venesino, y Benevento.

Refugiados al amparo de Catalina de Rusia, los jesuitas supieron esperar que pasara el aluvión. Tenían a su favor lo que el sociólogo Lowley señala como los cuatro pilares de su éxito como instituto religioso y como organización empresarial: 1) el conocimiento de sus valores, sus fortalezas y debilidades ante un objetivo claramente establecido. 2) El empleo del ingenio para superar el estancamiento y ubicarse en un mundo pluricultural siempre en cambio. 3) El saber mantener el liderazgo basado en los abrazos más que en las amenazas; es decir, manifestar una actitud de comprensión y de cercanía a personas y situaciones humanas. Y, finalmente, 4) establecer como norma de vida las aspiraciones incluso heroicas, sabiendo que el futuro no se espera sino que se construye.

Una organización así, con una filosofía práctica y aterrizada, llegó con la invasión europea a tierras de América, con cincuenta años de retraso respecto a las cuatro órdenes religiosas clásicas: mercedarios, dominicos, franciscanos y agustinos. Sin embargo, a los pocos años, ya tenían ganado buen prestigio, a la par de territorios, familias, influencias y haberes. Además superaban a las otras corporaciones religiosas en agilidad, organización e inventiva. Las misiones jesuíticas en Paraguay y parte del territorio del Chaco argentino, llegaron a ser un ejemplo de una estructura con elementos democráticos en una sociedad piramidal, arribista y burguesa en los tiempos coloniales.

Como ex profesor de la cátedra de Historia de las Ideas Políticas de Venezuela, el nuevo superior general de los jesuitas conoce, sin duda, todo ese pasado.

Si un jesuita italiano, Mateo Ricci, llegó a ser consejero privado del emperador de China hace cuatrocientos años no es de extrañar que otro haya sido gobernador-interventor del reino de Chile (Luis Valdivia), otro se haya autocalificado como “esclavo de los negros. Efectivamente Pedro Claver llegó desde España a Cartagena de Indias y puso su vida al servicio y defensa de aquellos de los que los teólogos de la época discutían si tendrían alma humana.

  • Ahora el nuevo superior general tiene que conducir a su instituto frente a nuevos desafíos. Y el aporte que puede entregar un latinoamericano para navegar en las aguas tumultuosas del siglo XXI debe ser un elemento muy positivo a la hora de visualizar la meta más allá del oleaje. La línea de conducción que impulse será de importancia fundamental: una orden religiosa con prestigio, poder, influencias y programa definido, tiene mucho que aportar en la defensa de los empobrecidos, en la dignidad de los marginados, en la fortificación del compromiso con las nobles causas humanas. Desde luego también con una doctrina religiosa que valide lo mejor de la buena tradición de la Compañía de Jesús: conocimiento de sí mismo, fidelidad a la iglesia, valoración del entendimiento, ubicación en la historia, oración que fundamenta la acción buscando siempre la mayor gloria de Dios. Y al decir de san Irineo, “la gloria de Dios consiste en que el ser humano tenga vida”.

 

 

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