Curas ¿cansados o casados? (tercera parte).

 

En el relato anterior (segunda parte) dije que era una lástima que el tema de la escasez de vocaciones sacerdotales se viera como un “enorme problema”.

Más que problema me parece que es una oportunidad que el Espíritu ofrece para que seamos creativos, audaces, visionarios. Es la oportunidad para que se ponga el tema sobre la mesa de las discusiones, los diálogos, los acuerdos, las decisiones.

Pero será una oportunidad desperdiciada si se toma como la búsqueda de fortalecer lo que actualmente existe. Poner “rodrigones” (así se llaman esos postes que afirman una muralla en peligro de desplomarse) es tarea inútil. Lo que se requiere en un cambio sideral al actual estado de cosas.

La tentativa que patrocina el papa Francisco (que no el Vaticano, que me parece es incapaz de cambiar un àpice del sistema) es solucionar el problema de la escasez ordenando de presbíteros (curas) a varones adultos, de vida controlada en el marco de las leyes civiles y canónicas; que tengan el reconocimiento de sus comunidades; que hayan participado en tiempos de preparación; que tengan la aprobación de sus familias (al menos de la esposa); que entren dentro de la categoría de “viri probati”, como se llama en latín a esos varones “probados” (en edad, en conocimientos, en liderazgo, en piedad y en espíritu de servicio). No me parece. Esto sería uno de los “rodrigones”. El asunto es más de fondo.

La opción permitiría a los hombres que ya están casados a ser ordenados como sacerdotes. Pero a los solteros si entran a formar parte del clero no se les permitiría casarse. Tampoco me parece.

Nadie puede explicar con razonamientos esta postura negativa de las leyes canónicas de la iglesia frente al matrimonio o la vida en pareja. Solamente se invocan decretos de tiempos pasados. Se trata de una postura que las autoridades eclesiásticas, a regañadientes, tienen que reconocer que el clero de la tradición oriental puede ser casado y que los pastores de algunas iglesias de la Reforma, tras su ingreso a la iglesia católica, mantienen su condición matrimonial.

¿De qué vertiente sin agua limpia, nos ha llegado este lodo que mira al sexo como invento del diablo y no como creación de Dios?

Pero de esto hablaremos en el tema siguiente, si es que los lectores tienen paciencia y bondad para leer, dialogar y compartir estos temas. (Continuará).

 

Curas ¿cansados o casados? (cuarta parte).

El tema de los diáconos.

 

Con esa propuesta acerca de los “viri probati” que comenté en el relato anterior (trcera parte), los que quedan fuera de la cancha son los diáconos. En realidad, en la organización eclesial, no representan algo interesante, además que ellos mismos se entienden dentro de un esquema, a mi juicio, erróneo.

Hablando así a la volea, me parece que los diáconos son unos curas fracasados. No pueden ejercer algunas actividades reservadas al presbítero, les gusta figurar en el altar pero quedando, para su desconsuelo, en un lugar secundario. En la misa, pueden leer el evangelio, pueden decir “este es el sacramento de la fe” después de la consagración del pan y del vino, y están autorizados para decir a la asamblea “pueden darse el saludo de paz”. ¡Bien poca cosa!

No son presbíteros (curas). Pero tampoco son “laicos” en el sentido ordinario de esta palabra. ¿Qué son? No se sabe. Para mí que están desubicados dentro del armario clerical.

Las responsabilidades que les asigna el Código de Derecho Canónico (nn. 757, 835, 910, 943 y 1087) las pueden asumir cualquier animador de comunidad cristiana: Esas responsabilidades son: administrar el bautismo (pero hay ministros de bautismo), distribuir la Eucaristía (pero hay ministros de la eucaristía), llevar el viático a los moribundos (pero hay delegados y delegadas que realizan este servicio), asistir y bendecir el matrimonio (pero hay ministros y delegados autorizados para esto), leer la Sagrada Escritura a los fieles (pero hay lectores bíblicos), presidir el culto y la oración de los fieles (solamente si falta el cura), servir en el ministerio de la palabra al pueblo de Dios (pero ya existen los animadores comunitarios), administrar los sacramentales como pueden ser el agua bendita, la bendición de casas, imágenes y objetos y por último presidir el rito fúnebre y la sepultura, asuntos que puede realizar cualquier cristiano en razón de su sacerdocio bautismal.

Ciertamente pueden ser varones casados. Pero si enviudan…¡no pueden contraer nuevo matrimonio! Ese complejo sexual que dicta en la iglesia estas normas facistas demorará todavía un tiempo antes de ser superado.

 

En la antigua y sana tradición de la iglesia, los diáconos eran los que atendían, organizaban y se responsabilizaban de los temas contingentes de la comunidad: atender la distribución de las ofrendas para los pobres, cuidar de la atención fraternal de los integrantes de la comunidad, llevar consuelo y compañía a las personas solas, necesitadas, aproblemadas…

 

Hoy día todas esas respuestas pastorales las dan personas, equipos y grupos surgidos en la misma comunidad.

Creo que el diácono ha quedado absolutamente desfasado en este tiempo.

Y cuando surgen voces pidiendo que se re-establezcan las “diaconisas”, podemos preguntarnos ¿para qué?

Porque todo lo que podrían realizar ya lo están haciendo numerosas mujeres que dedican tiempo, cariño, esfuerzo y femineidad a una iglesia que tiene todavía cabeza de varón pero que tiene cuerpo de mujer.

¿Qué opina usted de esta situación? Porque si quiere tomarse en serio a usted mismo, infórmese, dialogue, defienda sus criterios y opiniones, conozca otros razonamientos y participe en el debate. Usted no puede mirar la vida social ni la vida eclesial como el gato mira el televisor: ve figuras que se mueven pero no entiende algo de lo que pasa.

 

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¿Curas cansados o casados? segunda parte.

 

A la formación clerical en los seminarios, como señalamos en la primera parte, se añade la ley del celibato.

En los orígenes la razón del celibato se establece en referencia a lo sagrado. En ese pensamiento puritano y casi herético, siendo el clérigo reservado para las funciones sagradas no podría contaminarse con actos sexuales. Esta fue la razón primitiva, y ella permanece hasta hoy, aunque hayan sido agregadas otras motivaciones, como el tema económico y administrativo. Pero La base era la oposición entre sexo y sagrado.

De esta manera la separación entre clérigo y laico es mayor todavía. Pues el celibato separa de manera simbólica muy fuerte. Separa de todas las mujeres y separa de los hombres casados. Para muchos pueblos la entrada en el mundo de los adultos es el matrimonio. Sin el matrimonio el sacerdote permanece fuera del mundo. Es lo que se pretendía fortalecer.

Además de eso, el celibato da a los sacerdotes un sentimiento de superioridad moral notable. Debido a que son célibes, los curas se sienten más “santos”, más heroicos, moralmente superiores, lo que les atribuye una autoridad moral para definir los valores morales en todos los asuntos. El celibato es como la barrera que separa a los santos de los pecadores. Si el cura se reconoce pecador, es como señal de humildad, es una prueba más de su superioridad moral. No es el caso de los laicos, que son pecadores por esencia…según esa mentalidad errónea.

De ahí la convicción en el mundo popular que el matrimonio es sinónimo de pecado. Por esto los sacerdotes no se casan, cree el pueblo simple. En cuanto a los laicos, ya que son pecadores, por definición, el matrimonio es permitido, pero no deja de ser pecado también, un pecado tolerado. Esta convicción todavía puede encontrarse en el mundo popular.

Todo esto concuerda plenamente con el modelo de sacerdocio que se pretendió inculcar en el siglo XVII.

Sin embargo, una vez que nacen dudas respecto a la relevancia histórica de este modelo, todo comienza a ser cuestionado. De ahí que el sentimiento de pérdida de identidad del sacerdote se ha convertido en un problema permanente en la Iglesia de hoy.

Desde luego estas posturas prohibitivas no tienen base bíblica. Se sabe que algunos de los apóstoles eran casados. De Jesús no se dice algo al respecto, por lo que pudo o no pudo haber contraído matrimonio. Por deducciones que se pueden sacar de los relatos evangélicos, parece que Jesús tuvo una vida muy libre, muy suya, muy independiente. Los relatos apócrifos hablan de actitudes amorosas de Jesús hacia algunas mujeres. Pero todo eso no tiene importancia en la historia oficial de la redención. De todos modos lo que se sabe de Cristo, por relato de algunos de sus seguidores, se refiere a los tres últimos años de su vida. De los treinta o cuarenta años anteriores, no se dice palabra. Solamente se anota que Jesús niño, “crecía en edad , en sabiduría y en gracia, delante de Dios y de la gente”.

Por todo esto, en este tiempo en que el papa Francisco ha expresado que se puede abrir el sacerdocio a varones casados, no debe considerarse un escándalo.

Lo preocupante de este asunto es que el tema se pone sobre la mesa, no por doctrina, sino por necesidad. En entrevista con el periódico alemán Die Zeit, el Papa dijo que la falta de sacerdotes era un “enorme problema” para la Iglesia católica.

Ahí se toca el tema de fondo. ¿Por qué es un “enorme problema” en una tradición religiosa que afirma que todos sus integrantes, al ser bautizados en el nombre de la Trinidad, son también “sacerdotes”? Me parece que la respuesta es: porque un grupo especial, el clero, se ha apropiado de todo el escenario en lo que se refiere a la comunicación con lo trascendente. Y mientras más crece el clericalismo, más se reduce el sacerdocio universal de los bautizados.

Pero de este asunto hablaremos en la tercera parte. (Continuará).

 

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Curas ¿cansados o casados? (primera parte).

Vuelve a aparecer en las informaciones relacionadas con la iglesia católica, el tema del sacerdocio para varones casados.
Cada cierto tiempo se instala el asunto en las discusiones eclesiales y después todo queda en lo mismo, para ser retomado de nuevo y de nuevo olvidado hasta mejor ocasión. Este estado de cosas podría permanecer hasta el final de los tiempos.
¿Por qué costará tanto mirar el problema sin prejuicios, dialogar sin imposiciones, acordar soluciones sin escándalos?
Parece que esto tiene su origen en la separación entre lo sagrado y lo profano: una división artificial si se considera que todo lo profano tiene una dimensión sagrada en cuanto pertenece a la esfera del ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios. Y también todo lo sagrado tiene un aterrizaje en lo humano, en lo terreno, en lo temporal y tangible. Solamente así puede sacralizar. Solamente así puede humanizar.
Pero, desde hace cientos de años, el servicio sacerdotal a la comunidad cristiana quedó usurpado por el clero.
Anoto aquí lo expresado por el teólogo Joseph Comblin, a quien tuve como profesor en la facultad de teología, cuando fue expulsado por la dictadura brasileña y antes de que fuera expulsado por la dictadura chilena.
Decía Comblin que fue creciendo la separación entre el clero y el pueblo. Se multiplicaron los signos visibles de la separación: ropa diferente, casa aislada, no participación de los curas en el trabajo manual, en el comercio, en las actividades profanas. El cura se reservaba exclusivamente para actividades sagradas. Usaba un lenguaje propio.
El cura no puede aparecer en los lugares públicos de encuentro de personas: teatros, estadios, circos, lugares de diversión, playas y cines. No puede ver espectáculos profanos. Su conversación debe ser muy reservada. En la propia iglesia todo muestra la separación: Hay un espacio reservado para el cura y otro para el pueblo, y nadie puede pasar la frontera, a no ser por absoluta necesidad, por ejemplo, el sacristán o las encargadas de la limpieza. El confesionario, que aún permanece en muchos templos, es un modelo de esta separación. El confesor y el penitente ni siquiera pueden mirarse y reconocerse. La distancia es total. No es diálogo entre las personas, sino diálogo entre pecado y absolución. El pecado entra por un lado y la absolución sale por el otro.
¿Cuál es la razón de ser de tal separación? Si consultamos los libros de espiritualidad sacerdotal del siglo XVII no hay duda: se trata de la separación entre lo sagrado y lo profano, exactamente lo que Jesús vino a suprimir. El cura es el hombre de lo sagrado: su dominio es el mundo sagrado, el edificio del templo, el lugar de administración de los sacramentos. Su mundo es poblado de objetos sagrados: el material de los sacramentos, las imágenes, los libros sagrados. Su trabajo es el sacrificio. La misa es vista en la línea de los sacrificios del Antiguo Testamento. El cura es aquel cuyo trabajo consiste en celebrar la misa.
Lo que él hace son misas. De hecho su sacerdocio consiste es esto: mantener las funciones sagradas. El resto es facultativo, y puede ser peligroso. No lo constituye como sacerdote.
Estas actividades sacerdotales son totalmente inaccesibles a los laicos. Ellas marcan una separación radical. Son dos modos de vida totalmente separados, pues entre lo profano y lo sagrado no hay comunicación.
Durante tres siglos se construyó un edificio destinado a consolidar y garantizar el aislamiento del sacerdote, que era el ideal que debía ser preservado de cualquier manera. Había la teología del sacramento del Orden. Metafísicamente sacerdote y laico eran dos realidades diferentes. En su ser metafísico el sacerdote era diferente del laico. Esta separación metafísica debía tener sus aplicaciones en la práctica.
La preparación para el sacerdocio tenía por finalidad separar al sacerdote del mundo exterior. El candidato al sacerdocio aprendía la filosofía y la teología escolásticas, que eran incomprensibles para las personas de afuera, y lo tornaban incapaz de entender los pensamientos de los otros. Los estudios levantaban una barrera que impedía cualquier comunicación. El cura no podía dialogar, él debía sólo enunciar la verdad de la cual era depositario, suponiendo que los otros entendiesen. Así fueron los misioneros de la Colonia: enseñaban en portugués o castellano a los indios que no los podían entender, para explicarles que debían someterse a los soldados del rey que era el Gran Maestro de la Orden de Cristo y tenia delegación del Papa para imponerles sus órdenes.
Los seminarios eran hechos para aislar. Eran como un monasterio autosuficiente. Los alumnos no tenían necesidad de salir. Tenían todo en la casa. Estaban bien protegidos contra cualquier contacto mundano que los pudiese contaminar. (Continuará).

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¡Llegó la cuaresma!

El carnaval y la Cuaresma.

 

Una idea infantil muy repetida al comienzo del año escolar es: ¿por qué no se cambian las cosas en este mundo para que sean tres meses de escuela y nueve meses de vacaciones? La torta de la vida debería estar mejor repartida.

Así también a más de algún cristiano se le ocurrirá pensar: ¿ Por qué no habrán cuarenta días de carnaval y solamente tres días de “cuaresma”?

Pero hay que enfrentar la vida así como se presenta: el hecho es que el carnaval es breve y empezamos el tiempo de cuaresma, siempre largo.

Sin embargo no se terminan los disfraces. En carnaval brillan las máscaras, los trajes espléndidos de las escuelas de samba, las diminutas estrellitas bañadas en polvo de oro que apenas cubren los tres puntos esenciales de la eterna belleza mujeril. En carnaval los disfraces nos fabrican otra personalidad y detrás de los antifaces y las plumas escondemos nuestra realidad.

Pero termina el carnaval y para vivir la cuaresma solamente nos cambiamos los disfraces. En el fondo la cosa sigue igual, pero con menos bulla y menos risas. Se pintan con ceniza las cabezas, se visten de color morado los oficiantes de cultos, algunas personas redescubren el rosario, se hacen llamados a la penitencia, hay gente todavía preocupada de comer pescados y mariscos…

Y detrás de tanto disfraz carnavalesco o litúrgico, estamos nosotros, seres humanos a los que Dios invita a la vida en todas sus dimensiones, y que pretendemos inútilmente engañarlo con disfraces de circo. Menos mal que El ve el corazón y no las apariencias. Quizá hasta le cause risa el vernos empeñados como niños en esconder nuestro verdadero rostro -nuestra realidad- para aparentar otras caras: yo soy Arlequín, yo soy Cleopatra, yo soy el rey Momo, yo soy una bataclana, yo soy un monseñor, yo soy un penitente, yo soy un general…

-Yo sé lo que son- dirá Dios.- Yo conozco tu desnudez tapada con tanto trapo colorido. Yo te quiero así como eres, aún vestido de payaso, y te sigo invitando a celebrar la vida. Mírate al espejo y ámate como Yo te amo, así como eres, sin ponerte los coloretes de la farándula social o religiosa.

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EL ANACRONICO REINADO DE DIOS.

En nuestro lenguaje cristiano estamos usando todavía eso del “reinado de Dios” gracias a la inercia de pensar, a la rutina de repetir y a la creencia generalizada de que todos somos súbditos de poderes superiores que dominan el universo.

Ese reinado de Dios se ubica en otra esfera, en otra dimensión, y nuestra historia está configurada a modo de corte real, como era en otros tiempos. Nuestro mundo pareciera depender de ese otro mundo que nos imaginamos debe ser parecido al nuestro: gobernado por un Patrón divino, lleno de poder, con una corte de servidores, lo que en el modo cristiano se traduce por santos y ángeles. Este Señor Todopoderoso dicta leyes y prescripciones, y con su mirada que todo lo ve, cuida que sus ordenanzas se cumplan. De lo contrario, puede indignarse y castigar.

La mala catequesis, las malas predicaciones y una doctrina que se expresa con categorías más viejas que el hilo negro, han derivado en creencias más cercanas a la herejía que al mensaje de Jesús de Nazaret.

La fe popular acepta sin chistar un mundo superior que está colocado «sobre» el nuestro, por eso se lo llama sobrenatural y también cielo, Ese ser todopoderoso recibe con agrado los ruegos, las oraciones, las plegarias- mientras más humildes, mejor- para poder sonreír y conceder favores. También recibe con agrado sacrificios y dones. Si se enoja, puede ser terrible en su ira. El espera que las creaturas haciendo buenas obras, puedan merecer recompensas celestiales.

El pensador jesuita (¡no podría ser de otro modo!) Leaners escribe en uno de sus textos:

-“A diferencia del Judaísmo y el Islam, religiones que se remontan hasta Abraham, el Cristianismo enseña que hace unos 2000 años, Jesús de Nazaret, revestido con poder y sabiduría divinos, Dios en forma humana, bajó de aquel otro mundo hasta nuestro planeta para volver al cielo después de su muerte y resurrección. Antes de su Ascensión a los cielos, instaló un vicario al que hizo partícipe de su poder total. Este poder se ha ido traspasando de vicario en vicario. Cada uno de estos sucesores inviste a los diversos miembros de la jerarquía eclesiástica en sus grados descendentes, con lo cual estos jefes subordinados quedan habilitados en derecho para dar órdenes. Gracias a su vinculación con el Dios Hombre, cada uno de los vicarios de Jesucristo se mantiene en estrecho contacto con ese mundo de Dios que todo lo sabe. Esa es la garantía con que cuenta la jerarquía de la iglesia para conocer, mejor que el pueblo fiel, lo que es verdadero, lo que es falso y lo que exige ese mundo de arriba. Esto significa, que la jerarquía eclesiástica cuenta con una autoridad divina y, por tanto, infalible, de magisterio”.

¡Demasido fácil esa explicación que denuncia Leaners, y, por eso mismo, demasiado burda!.

A estas alturas de la historia humana hay que decir que el tal reinado de Dios es una ficción. Dios no reina porque no es poder sino amor. Y el amor no se impone sino que se agradece, se vive y se comparte.

Lamentablemente en muchos de los textos de la liturgia y en la catequesis y las celebraciones de la fe, se le siguen atribuyendo a Dios unas categorías que hacen de él una caricatura. Cuando lo representemos como madre, estaremos en el camino correcto.

 

En nuestro lenguaje cristiano estamos usando todavía eso del “reinado de Dios” gracias a la inercia de pensar, a la rutina de repetir y a la creencia generalizada de que todos somos súbditos de poderes superiores que dominan el universo.

Ese reinado de Dios se ubica en otra esfera, en otra dimensión, y nuestra historia está configurada a modo de corte real, como era en otros tiempos. Nuestro mundo pareciera depender de ese otro mundo que nos imaginamos debe ser parecido al nuestro: gobernado por un Patrón divino, lleno de poder, con una corte de servidores, lo que en el modo cristiano se traduce por santos y ángeles. Este Señor Todopoderoso dicta leyes y prescripciones, y con su mirada que todo lo ve, cuida que sus ordenanzas se cumplan. De lo contrario, puede indignarse y castigar.

La mala catequesis, las malas predicaciones y una doctrina que se expresa con categorías más viejas que el hilo negro, han derivado en creencias más cercanas a la herejía que al mensaje de Jesús de Nazaret.

La fe popular acepta sin chistar un mundo superior que está colocado «sobre» el nuestro, por eso se lo llama sobrenatural y también cielo, Ese ser todopoderoso recibe con agrado los ruegos, las oraciones, las plegarias- mientras más humildes, mejor- para poder sonreír y conceder favores. También recibe con agrado sacrificios y dones. Si se enoja, puede ser terrible en su ira. El espera que las creaturas haciendo buenas obras, puedan merecer recompensas celestiales.

El pensador jesuita (¡no podría ser de otro modo!) Leaners escribe en uno de sus textos:

-“A diferencia del Judaísmo y el Islam, religiones que se remontan hasta Abraham, el Cristianismo enseña que hace unos 2000 años, Jesús de Nazaret, revestido con poder y sabiduría divinos, Dios en forma humana, bajó de aquel otro mundo hasta nuestro planeta para volver al cielo después de su muerte y resurrección. Antes de su Ascensión a los cielos, instaló un vicario al que hizo partícipe de su poder total. Este poder se ha ido traspasando de vicario en vicario. Cada uno de estos sucesores inviste a los diversos miembros de la jerarquía eclesiástica en sus grados descendentes, con lo cual estos jefes subordinados quedan habilitados en derecho para dar órdenes. Gracias a su vinculación con el Dios Hombre, cada uno de los vicarios de Jesucristo se mantiene en estrecho contacto con ese mundo de Dios que todo lo sabe. Esa es la garantía con que cuenta la jerarquía de la iglesia para conocer, mejor que el pueblo fiel, lo que es verdadero, lo que es falso y lo que exige ese mundo de arriba. Esto significa, que la jerarquía eclesiástica cuenta con una autoridad divina y, por tanto, infalible, de magisterio”.

¡Demasido fácil esa explicación que denuncia Leaners, y, por eso mismo, demasiado burda!.

A estas alturas de la historia humana hay que decir que el tal reinado de Dios es una ficción. Dios no reina porque no es poder sino amor. Y el amor no se impone sino que se agradece, se vive y se comparte.

Lamentablemente en muchos de los textos de la liturgia y en la catequesis y las celebraciones de la fe, se le siguen atribuyendo a Dios unas categorías que hacen de él una caricatura. Cuando lo representemos como madre, estaremos en el camino correcto.

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LA BARCA DE PEDRO 3. El argentino.

FRANCISCO, EL HOMBRE QUE LLEGO DEL SUR

1.LA SORPRESA.

En el anochecer de Roma, el 13 de marzo de 2013, caían aún las últimas gotas de una lluvia que anticipaba la primavera. La multitud reunida en la plaza de San Pedro hablaba, cantaba, esperaba. Así había estado desde la mañana de ese miércoles cuando una gaviota había insistido en posarse sobre la pequeña campana que coronaba la chimenea de la capilla. Por allí debía salir el humo que anunciaría la gran noticia al mundo. La visión esa ave marinera era comentario obligado entre los peregrinos. Lo que no sabían era que la gaviota era de la familia conocida como Larus argentatus.

 

Por fin el humo blanco tiñó la noche romana y cubrió la redondez del mundo. Un cardenal de voz un tanto débil y figura temblorosa salió al balcón, y un silencio de bosque se anidó por un instante en la plaza. Detrás de él los medios de comunicación mostraban al mundo los cortinajes solemnes, los ventanales gigantes, las vestiduras de seda de los cardenales que lo acompañaban.

En lengua latina, la voz dijo un nombre.

Y las campanas iniciaron la danza de sonidos que anunció el gozo de tener un nuevo obispo de Roma: Jorge Mario Bergoglio, cardenal arzobispo de Buenos Aires, un hombre llegado desde la otra punta del mundo.

 

  1. EL HOMBRE

 

Muchas veces los que asumen cargos eclesiásticos quedan tapados bajo vestiduras de tipo real y sacerdotal de la vieja usanza. Tanta sotana con botones morados, tanto roquete bordado, tanta esclavina volante, tanta muceta colorida, tanta estola, bonete, solideo, birrete, mitra y demás distintivos de autoridad, podrían hacer pensar que el báculo o cayado que también llevan los obispos en sus manos es más para apoyarse y sostener tanto peso de indumentaria que un símbolo de pastor.

Por eso llamó la atención que el hombre de blanco que apareció en el balcón de la Plaza de San Pedro vistiera solamente una sotana simple cruzada por un pectoral plateado.

Fue la segunda señal de que el Papa iba a servir a la iglesia con su estilo particular ajeno a la ampulosidad. Decimos que fue la segunda señal, porque la primera había sido minutos antes al elegir el nombre. Pidió ser llamado Francisco, como aquel rebelde de Asís que dejó los lujos de su casa y se internó desnudo en el bosque con unos cuantos amigos y amigas deseosos de vivir sin oropeles, sin poderes, sin estruendos ni trompetería, para hacerse amigo hasta de los lobos.

 

Desde el comienzo de su nueva responsabilidad el cardenal de Buenos Aires “rayó la cancha”, un término deportivo que señala los espacios por dónde y cómo deben moverse los que entran a pisar el césped del estadio. La frase no le es desconocida; por algo Bergoglio figura desde el año 2008 como el socio número 88.235 del club San Lorenzo de Almagro de la capital argentina y, por lo tanto, las canchas y el deporte no le son ajenos.

 

Es bueno que bajo la indumentaria recargada de la liturgia católica veamos al hombre real que quiso dedicar su vida al anuncio del evangelio liberador de Jesús.

 

Cuando se escribe acerca de un obispo para resaltar sus condiciones de guía y santificador de la comunidad, se cae habitualmente en un espiritualismo que diluye a la persona concreta que aquí queremos rescatar.

 

Que un cura, un obispo, un Papa, prediquen los temas religiosos, atiendan las liturgias, hagan oración, celebren los sacramentos y animen a la comunidad a buscar a Dios en las realidades de esta vida, parece tan normal que, sin darnos cuenta, los vamos colocando en un pedestal más arriba que el común de los cristianos. Se supone que debe ser así. Ellos empiezan a participar entonces, en el imaginario social, dentro de un clima celestial que los aleja del quehacer diario, los separa de este mundo real y termina convirtiéndolos en seres casi extraterrestres.

Por eso, cuando hace cien años alguien observó que el papa Pío X (hoy día canonizado y declarado santo) liaba un cigarrillo y lo fumaba con gusto, y se escandalizó.

-¿Cómo Su Santidad, que es Papa, puede caer en ese vicio?- aseguran que le preguntó un cardenal.

-Esto de fumar no es vicio -dijo Pío X-. Si lo fuera, ciertamente que usted lo tendría.

 

Hoy día, con el paso del tiempo, ya hay más comprensión y apertura mental. Por eso es bueno saber que, además de la preocupación y la vivencia de tipo religioso, el papa Bergoglio es un hombre a quien, además          del fútbol, le encanta escuchar la obertura “Leonora Número tres” de Beethoven en la versión de Furtwëngler, pero también a Carlos Gardel, a Julio Sosa y a la orquesta D’Arienzo, porque, como él mismo ha dicho a la periodista Francesca Ambrogetti, “el tango me sale de adentro,      aunque para bailar prefería la milonga”, y reconoce que su película favorita es “La fiesta de Babette”. En pintura prefiere a Chagall, el artista ruso del surrealismo que en 1917 se unió activamente a la revolución bolchevique y que debió vivir lejos de su patria cuando los odios racistas se apoderaron de Europa.

 

  • LA FAMILIA.

 

Desde sus comienzos como presbítero jesuita, hasta sus días como cardenal arzobispo de Buenos Aires, su presentación normal al saludar a alguien constaba de cuatro palabras: “soy Jorge Bergoglio, cura”

Pudiera ser que caminara vestido con una sotana o, como lo hacía la mayoría    de las veces, llevando un traje oscuro de ciudadano corriente. Pero su timbre y su    marca, la que le ha llenado la vida, es el hecho de ser cura.

 

Jorge Mario Bergoglio nació en el barrio de Flores, en Buenos Aires.

Pero sus ancestros paternos están en el noreste de Italia, en la provincia italiana de Asti, región del Piamonte, precisamente en el pueblo de Portacomaro. También la familia de su madre es del norte de Italia, un pueblito pintoresco frente al mar: santa Giulia de Lavagna.

 

Eran los años en que Argentina abría los brazos para recibir a gente que emigraba desde Europa a causa de la situación política amenazante para la paz, y también por la carestía de la vida.

Para tantos españoles, centroeuropeos, israelitas e italianos, América se convirtió en la patria grande que les daría la oportunidad de empezar de nuevo. Y en este continente de la esperanza, Argentina era el país ideal por sus leyes protectoras, las anchuras de las tierras y la mentalidad abierta para hacer compartir la patria con los que llegaban.

 

Mario José Bergoglio, desde Portacomaro, y la familia de María Regina Sívori, desde santa Giulia de Lavagna, arribaron a Buenos Aires como inmigrantes. Pocos años después, en 1934, ambos se conocieron en actividades en una parroquia salesiana, y ya no se separaron más. Fueron cinco los hijos que nacieron en esa familia donde el padre ejercía como contador y empleado ferroviario, y la madre era una cariñosa ama de casa.

 

El primer hijo, nacido el 17 de diciembre de 1936, fue bautizado en la Navidad de ese año como Jorge Mario. Setenta y seis años después, él mismo buscaría un nombre nuevo: Francisco.

 

En sus recuerdos, el Papa señala que además de sus padres, una gran influencia en su formación y crecimiento fue la personalidad de su abuela. De ella aprendió el piamontés, el manejo de la cocina, el gusto por la ópera, el sentido de unidad familiar que caracteriza a la clásica familia italiana.

 

Al reconocer a las personas que marcaron su formación para la vida, figura en forma destacada Ester Ballestrino, la jefa que tuvo al trabajar en un laboratorio al graduarse como técnico químico. Ella era una mujer paraguaya, comunista, quien años más tarde debió padecer la violencia de la dictadura militar, siendo secuestrada y asesinada. Para el papa Francisco ella fue una mujer extraordinaria que le enseñó la seriedad en el trabajo, el cumplimiento del deber hasta en sus detalles.

 

Al cumplir veintiún años, Jorge Mario tomó la decisión de su vida: ingresar como religioso a la Compañía de Jesús, iniciando sus estudios para el sacerdocio. Eligió esa vertiente religiosa porque le llamó la atención el carácter misionero, la vida en comunidad y la disciplina para el ordenamiento del tiempo, las actividades, la vida personal y pastoral de la Compañía de Jesús.

 

  1. SU EXPERIENCIA CHILENA.

 

Los primeros años de formación los tuvo en Chile, en una localidad que por ese año de 1957 estaba nuevamente cambiando de nombre: al comienzo de su historia se llamó Peucodañe (Nido de peuco o aguilucho), después Estancia de Santa Cruz, más tarde Marruecos, y finalmente Padre Hurtado, en homenaje al jesuita que levantó allí la gran casa-seminario para su congregación y que dedicó su vida a las obras sociales y a la renovación de la fe. Hoy es venerado como ejemplo de cristiano: san Alberto Hurtado.

 

A ese enorme edificio de cemento con capacidad para más de cien religiosos, llegó Jorge Bergoglio para iniciar sus estudios de jesuita y allí, junto con su crecimiento espiritual y el aprendizaje de ciencias clásicas, conoció dos realidades que habían estado ausentes en su vida hasta entonces: el frío en los inviernos y la situación de pobreza del mundo popular campesino en el valle central de Chile.

Respecto al frío, el jesuíta Fernando Montes comenta:

 

”La calefacción no se encendía. Solamente en atención a los seminaristas que venían de Argentina y Uruguay fue que nos dieron agua caliente dos o tres veces en la semana”.

 

Y en relación al mundo de la pobreza, el mismo Bergoglio escribía en carta a su hermana, el 5 de mayo de 1960, desde Chile:

 

“Te voy a contar algo: Yo doy clases de religión en una escuela a tercer y cuarto grado. Los chicos y las chicas son muy pobres; algunos hasta vienen descalzos al colegio…Muchas veces no tienen nada que comer, y en invierno sienten el frío en toda su crudeza. Tú no sabes lo que es eso, pues nunca te faltó comida, y cuando sientes frío te acercas a una estufa…Te digo esto para que pienses… Cuando estás contenta, hay muchos niños que están llorando. Cuando te sientas a la mesa, muchos no tienen más que un pedazo de pan para comer, y cuando llueve y hace frío, muchos están viviendo en cuevas de lata, y a veces no tienen con qué cubrirse… Los otros días me decía una viejita: ‘Padrecito, si yo pudiera conseguir una frazada (manta), ¡qué bien me vendría! Porque de noche siento mucho frío’. Y lo peor de todo es que no conocen a Jesús. No lo conocen porque no hay quién se lo enseñe. ¿Comprendes ahora por qué te digo que hacen falta muchos santos?“.

        

Esa realidad sufriente del pueblo lo marcó a fuego. Allí, en esa casa seminario que había levantado un hombre como Alberto Hurtado, apóstol de la solidaridad, el joven Jorge Bergoglio aprendió para siempre la dimensión social de la fe cristiana. Pudo resumir su credo, muchos años después siendo ya arzobispo de Buenos Aires, en sus conversaciones llenas de unción y de experiencia con su amigo el rabino israelita Abraham Skorka:

 

“En los dos mandamientos, amarás a tu Dios con todo el corazón y el segundo, amarás al prójimo como a ti mismo, Jesús nos dice que está toda la ley. De aquí que la concepción liberal de lo religioso en el templo, y eliminarlo fuera de él, no cierra. Hay acciones que habitualmente se hacen en el templo, como la adoración a Dios, la alabanza, el culto. Pero hay otras que se hacen afuera, como la dimensión social que tiene la religión. Empieza en un encuentro comunitario con Dios, que está cercano y camina con su pueblo y se va desarrollando a lo largo de la vida con pautas éticas, religiosas, de fraternidad. Ahí hay algo que guía el comportamiento con los demás: la justicia. Creo que el que adora a Dios tiene, en esa experiencia, un mandato de justicia para con sus hermanos. Es una justicia sumamente creativa, porque inventa cosas: educación, promoción social, cuidado, alivio. Por eso el hombre religioso íntegro es llamado hombre justo, lleva la justicia a los demás. En ese aspecto, la justicia del religioso o la religiosa crea cultura…Juan Pablo II tenía una frase muy arriesgada: una fe que no se hace cultura no es una verdadera fe”.

 

 

  1. EL JESUITA.

 

El 13 de diciembre de 1969, a los 33 años de edad, Jorge Mario       Bergoglio     fue ordenado presbítero en la Compañía de Jesús.

En los dos años siguientes continuó en España su formación como jesuita, y a su regreso a la patria fue designado profesor de teología en el colegio máximo de San Miguel.

 

En 1973, el 31 de julio, día en que la iglesia recuerda como santo a Ignacio de Loyola, Bergoglio fue elegido superior provincial para los jesuitas de Argentina. Debió así, muy joven, iniciar el servicio pastoral de ser guía, acompañante animador, de sus hermanos.

 

Eran años muy recios. Desde 1966 imperaba en la nación la llamada “revolución argentina” dirigida por los mandos militares que habían derribado al presidente constitucional Arturo Illía.

 

En 1973 la situación se hacía ya insostenible para la dictadura, y los alzamientos populares apresuraron la caída del sistema: los militares llamaron a elección permitiendo intervenir al partido peronista, pero vetando la candidatura de Juan Domingo Perón, entonces     exiliado en España.

 

Realizada la votación resultó elegido presidente el peronista Héctor Cámpora, quien al poco tiempo renunció a la presidencia y llamó a nueva elección en la que Perón pudo ser candidato. Triunfó, efectivamente, con el 62% de los votos. Sin embargo, al año siguiente, 1974, el general fallecía dejando la presidencia de la nación a su esposa, Isabel Martínez. Dos años más tarde un nuevo golpe militar         reponía a las fuerzas armadas en el poder de la nación. Empezó entonces el “Proceso de reorganización del Estado”, que duró hasta 1983 y dejó la marca violenta y deleznable de la persecución con    resultados de robo, desaparición y asesinato de miles de ciudadanos considerados opositores al régimen.

Además, los que suprimiendo a los adversarios, creían salvar a la patria del peligro siempre amenazante para ellos y las causas que defendían, actuaban bajo una consigna mítica ante la que muchos obispos quedaron estupefactos: “Argentina es católica y militar”.

 

  1. TIEMPOS DE DICTADURA MILITAR.

 

Bergoglio, como superior provincial de los jesuítas en Argentina entre 1973 y 1979, debió afrontar una serie de situaciones dramáticas.

Entre ellas el secuestro de dos de sus hermanos jesuitas, quienes fueron torturados y dejados en libertad después de varios meses.

Hay cuestionamientos acerca de la actitud de Bergoglio en esos años de matonaje institucional. Pero ciertamente es sobrehumano pedir a cualquier autoridad que ante situaciones incontrolables, imprevistas,     desconocidas y en clima de terror, actúe con la sapiencia, serenidad,     ordenamiento y capacidad de respuesta como si se tratara de eventos normales.

 

Lo que dibuja con más precisión la actuación del provincial jesuita    en esos años es lo que ha dicho el premio Nobel de la paz Adolfo Pérez Esquivel:

 

”En la dictadura argentina hubo obispos que fueron cómplices,        pero Bergoglio no. Se le cuestiona porque no hizo todo lo necesario    para sacar de prisión a dos jesuitas, pero también sé que hubo obispos    que quizá con exceso de prudencia hicieron gestiones silenciosas para   liberar a los perseguidos. No considero que Jorge Bergoglio haya sido       cómplice de la dictadura, pero creo que le faltó coraje para acompañar          nuestra lucha por los derechos humanos en los momentos más          difíciles”.

 

Por su parte, el diplomático estadounidense Tex Harris, quien          trabajó en esos años amargos en la embajada de su país en Argentina, declaró ante una consulta en este tema:

 

” En ese tiempo la gente tenía miedo, el gobierno estaba        matando gente. Nadie sabía quién era el blanco. Había un problema de información. Al principio la gente no se daba cuenta de la magnitud de lo que los militares estaban haciendo…El sistema que adoptaron los militares argentinos durante la guerra sucia fue igual al de la guerra de Argelia. Los comandantes le dieron a los grupos operativos mucha autonomía; entonces si uno llamaba a un general intercediendo por alguna persona, no siempre sabía lo que había pasado, no había legajos, no había un comando central…Bergoglio no fue un héroe, pero tampoco un cómplice”.

 

Una versión muy fidedigna sobre los acontecimientos de esos años es la que entregó en una entrevista el superior provincial jesuita         de Colombia, Alvaro Restrepo, quien conoció a los dos jesuitas que habían sido encarcelados y torturados durante la dictadura: Orlando      Yorio y Franz Jalics:

 

“Con Orlando me encontré tiempo después en Montevideo. Fui a      visitarlo personalmente un día. Había salido ya de la Compañía, pero siguió de cura diocesano. Jalics se quedó un poco más en Argentina, antes de radicarse en Alemania, y un día fue a verme. Me dijo: ‘Con Jorge Mario no tengo sino gratitud’. Con Orlando las cosas quedaron       así, con su salida de la Compañía”.

Tras la elección de Bergoglio como Papa, Jalics envió una carta al   superior general de la Compañía. Respecto a ella, Alvaro Restrepo señala en la entrevista:

 

”Voy a traducir del italiano, a su vez traducida del alemán, como      me llegó: “Viví en Buenos Aires a partir de 1957. En 1974, movido por el íntimo deseo de vivir el Evangelio y de estar atento a la tragedia de         los pobres, con el permiso del arzobispo y del entonces provincial          Jorge Mario Bergoglio, y junto con otro confratello (Orlando), fuimos a        habitar en una favela, en un barrio miserable de la ciudad. En la   situación de entonces, o sea, de guerra civil, fueron muertos por la   junta militar, en el espacio de unos diez años, cerca de 10.000 personas: Guerrilleros de izquierda y civiles inocentes. A causa de          informaciones falsas y tendenciosas, nuestra situación fue interpretada     mal, aun dentro de la vertiente intereclesial. En aquel tiempo habíamos tomado contacto con uno de nuestros colaboradores laicos porque   entró a hacer parte de la guerrilla. Nueve meses después, cuando fue   arrestado ese señor, interrogado por los militares, tuvieron      conocimiento de nosotros. En la hipótesis de que hubiésemos tenido algo que ver con la guerrilla, fuimos arrestados. Después de un        interrogatorio de cinco días el oficial que había dirigido el interrogatorio    nos dijo que nos iba a liberar. En sus palabras: “Padre, porque ustedes          de ninguna manera son culpables. Ya les buscaré el modo de que   vuelvan a trabajar por los pobres”. A pesar del apoyo de esa afirmación          de algún modo incomprensible, fuimos sin embargo mantenidos en cárcel cinco meses, encadenados y con los ojos vendados. Después       de ser liberados, no estoy en grado de hacer ninguna declaración en         contra del arzobispo Bergoglio. Abandoné Argentina. Después de años   tuve la oportunidad de hablar con él sobre lo que había sucedido. Hemos celebrado públicamente juntos la misa y nos hemos abrazado. No queda nada que tenga que ser reconciliado. Y por lo que a mí      respecta, lo considero como un incidente absolutamente cerrado. Le         deseo al papa Francisco abundancia de bendición en su ministerio”.

 

Casi ocho meses después de la elección papal, Francisco y Franz Jalics, se abrazaron, en Roma, como los hermanos que siempre fueron.

 

 

En las entrevistas realizadas por Francesca Ambrogetti y Sergio      Rubin para escribir sobre Bergoglio el libro titulado “El jesuita”, salieron   a la luz otras actuaciones del arzobispo en favor y amparo de gente perseguida por la dictadura. No sólo recibía en el Colegio       Máximo de San Miguel, en Buenos Aires, a líderes sociales o jóvenes en rebeldía, con la excusa de que iban a practicar los ejercicios   espirituales ignacianos, sino que llegó a entregar su propia cédula de        identidad para que un perseguido por los militares, y que era        físicamente parecido a él, saliera del país vestido de cura, por la frontera hacia Paraguay.

 

En 1979, tras su servicio como superior provincial, Jorge Mario         Bergoglio asumió nuevamente su cátedra de teología por algunos años.

 

En 1992 fue nombrado como uno de los obispos auxiliares      de Buenos Aires recibiendo la consagración episcopal el día 20 de          mayo. Seis años más tarde, al fallecer el cardenal Quarracino, el    jesuíta fue nombrado por el papa Juan Pablo II arzobispo de Buenos      Aires y primado de Argentina. Contaba con 61 años de edad.

 

VII. EL ARZOBISPO.

 

De inmediato se notó otro estilo de conducción pastoral .El nuevo    arzobispo salió a la calle y se mezcló con la gente y sus problemas, con sus esperanzas y sus vivencias. Desde luego dejó el vehículo asignado al arzobispo, hizo armar un departamento sencillo para habitar al lado de       la catedral, no contrató secretarias ni cocinera; usó casi siempre la vestimenta con chaqueta y pantalón oscuro, la camisa con cuello   clerical y no cambió los zapatones que le permitían pisar las callecitas de Buenos Aires desde el cemento de la Avenida 9 de Julio hasta las         callejas embarradas de las villas donde habitan los pobres.

Austero, cordial, cercano, sencillo, son términos que empezaron a   identificarlo. Pero también agudo en su pensamiento y análisis, seguro    y firme en lo que él mismo llama “la herencia” cuando se refiere a los         aspectos centrales de la doctrina católica, directo en su discurso oficial.

Los curas párrocos de la ciudad notaron muy pronto que su arzobispo estaba al lado: podía llegar en cualquier momento y los acompañaba especialmente cuando tenían alguna dificultad. Si estaban enfermos, Bergoglio se portaba con ellos como un enfermero.

En los barrios empobrecidos, los “curas villeros” se sintieron alentados por su pastor.

Un misionero claretiano, actualmente obispo de San Carlos de Bariloche, que lo conoció en esos años, Juan José     Chaparro, dejó así su testimonio:

 

”Lo hemos visto caminar por las villas, junto a sus curas, como        cuando caminó acompañando los restos del P. Daniel De la Sierra, que del cementerio de Flores era trasladado a la capilla de su comunidad        por una multitud inmensa, o acompañando a la gente en las plazas,      en momentos de misión popular, animando a los misioneros a salir de las Iglesias para ganar la calle…o cuando llamaba a alguien que lo había estado buscando, sorprendiéndote con su voz y cercanía…”

 

Su voz pausada en la conversación, en las tardes de mate con alguna familia humilde, en el diálogo a corazón abierto con los amigos, sólo cambiaba para hacerse ventarrón cuando desde el altar de la catedral o desde los micrófonos en las festividades religiosas tenía verdades que decir.

 

Especialmente, la fecha del 25 de mayo de cada año se trasformó en la ocasión para que las autoridades de la nación y el pueblo en general escucharan la voz del arzobispo. Es el día de la celebración de         la independencia en el país y Bergoglio aprovechó siempre la oportunidad que le brindaba la ocasión.

 

En un estilo directo, sin oropeles       oratorios, pero con un pensamiento bien expresado y tremendamente lúcido, el arzobispo pudo animar en la esperanza de días mejores; los        temas de justicia social, de organización popular, de defensa de los valores y principios         éticos desde una visión cristiana; son textos que no     tienen desperdicio. Su crítica a un sistema que mantenía privilegios para los partidarios del gobierno y era sordo a las demandas de los opositores, era lapidaria.

 

El 25 de mayo del año 2000, desde el altar de la catedral de Buenos Aires, pidió refundar el vínculo social entre los argentinos:

 

Un vínculo que acerque la dolorosa brecha entre los que tienen      más y los que tienen menos. Que acerque a los jóvenes que no encuentran su propio proyecto social. Un vínculo que nos reavive el       amor a una niñez con frecuencia despreciada y empobrecida. Que nos alarme frente a cada persona que pierde su trabajo. Que nos haga     solidarios e integradores para con los inmigrantes desposeídos y de buena voluntad, que llegan y deben seguir llegando. Un vínculo que nos haga especialmente cuidadosos de los ancianos que han          desgastado su vida por nosotros y hoy merecen celebrar y recuperar sus puestos de sabios y maestros transmitiéndonos esperanza.

¡Refundar con esperanza nuestros vínculos sociales!: esto no es     un frío postulado eticista y racionalista. No se trata de una nueva utopía         irrealizable ni mucho menos de un pragmatismo desafectado y expoliador.

Animémonos a tocar: a tocar al marginado del sistema, viendo en    él a hombres y mujeres que son mucho más que votantes potenciales. En el marco de las Instituciones republicanas demos poder y apoyo a aquellas organizaciones comunitarias que estrechan las        manos y hacen participar, que privilegian la intimidad, la fraternidad, la       lealtad a los principios y objetivos como una nueva “productividad”. Así los jóvenes recuperarán horizontes concretos, descubrirán los futuros posibles, dejando de lado enunciados vacíos, que ahondan las propias vaciedades.

Cedamos el protagonismo a la comunidad, apoyando y sosteniendo a quienes se organizan en pos de sus fines. Así se          quebrarán las barreras de la incomunicación que, paradójicamente, existe en este mundo supercomunicado”.    

 

Dos años más tarde, en la misma fecha patria, decía:

”En esta tierra bendita, nuestras culpas parecen haber achatado      nuestras miradas. Un triste pacto interior se ha fraguado en el corazón de muchos de los destinados a defender nuestros intereses, con consecuencias estremecedoras: la culpa de sus trampas acucia con su herida y, en vez de pedir la cura, persisten y se refugian en la          acumulación de poder, en el reforzamiento de los hilos de una telaraña    que impide ver la realidad cada vez más dolorosa. Así el sufrimiento          ajeno y la destrucción que provocan tales juegos de los adictos al    poder y a las riquezas resultan, para ellos mismos, apenas piezas de un tablero, números, estadísticas y variables de una oficina de         planeamiento. A medida que tal destrucción crece, se buscan argumentos para justificar y demandar más sacrificios escudándose en la repetida frase “no queda otra salida”, pretexto que sirve para   narcotizar sus conciencias. Tal chatura espiritual y ética no sobreviviría     sin el refuerzo de aquellos que padecen otra vieja enfermedad del    corazón: la incapacidad de sentir culpa. Los ambiciosos escaladores, que tras sus diplomas internacionales y su lenguaje técnico, por lo demás tan fácilmente intercambiable, disfrazan sus saberes precarios y          su casi inexistente humanidad”.

La tolerancia de las autoridades de la nación que debían asistir por oficio a la catedral de Buenos Aires, llegó a un límite. Al escuchar    el constante cuestionamiento ético de labios del arzobispo, optaron por una       itinerancia muy especial: cada 25 de mayo en los últimos años, las      autoridades nacionales se han ido a participar en otras catedrales, con     otros obispos que tienen un discurso menos agresivo para sus oídos.

En el imaginario popular pronto se hizo presente la figura de dos poderes que no tenían el mismo lenguaje.

El arzobispo, creado cardenal en el año 2001, siguió con su tarea    pastoral diciendo lo que juzgaba necesario decir, abriendo cauces a una evangelización que sacara de los templos el mensaje cristiano para hacerlo llegar a los alejados.

Ciertamente que todo lo anotado hasta aquí respecto a la labor de Bergoglio al frente del arzobispado de Buenos Aires puede parecer demasiado laudatorio. ¿No tuvo el cardenal-arzobispo aspectos     negativos en su gestión de pastor? Me atrevo a decir que sí. No sería una persona humana si no hubiera experimentado dudas, hubiera equivocado alguna respuesta, hubiera desencantado a alguien por una palabra, una decisión o un gesto que pudo tener distintas    interpretaciones. Pero en la balanza de su servicio episcopal sin duda que los elementos positivos han sido mayoritariamente reconocidos y las equivocaciones han debido tener un peso tan menor que no dañan en absoluto su labor.

 

VIII. EL DESAFIO DE LAS SITUACIONES SOCIALES.

 

El tema de la experiencia religiosa aterrizada y asumida como respuesta de fe ante las situaciones humanas concretas necesitadas de luz, de apoyo y de justicia, se le fue haciendo a Bergoglio cada vez más acuciante. En sus homilías, como arzobispo de Buenos Aires, especialmente en las fechas patrias y en las celebraciones masivas de religiosidad popular, ha quedado plasmada su enseñanza y su vivencia de la misericordia de Dios que en su hijo Jesús pasó por el mundo haciendo el bien.

 

La figura del samaritano ha sido recurrente en la catequesis de Bergoglio. Representa la actitud del mismo Cristo que vino a salvar lo que estaba perdido, pero no sólo en vistas a una salvación extraterrena, una promesa de futuro celestial, sino a salvar de las situaciones inhumanas que dejan a la gente indefensa ante las injusticias del sistema político, económico y social. Así todo insulto, desprecio o abuso que golpea el rostro de un ser humano es al mismo tiempo un manotazo contra Dios, dador de todo bien. Toda perversión del orden natural de la vida se vuelve un camino de muerte.

 

Ante una situación violenta, como el asalto y ataque recibido por un viajero en el camino que lleva de Jerusalén a Jericó, por ejemplo, la actitud natural que nace del corazón humano es la de ayudar. Acercarse, consolar, levantar, sanar las heridas. El hecho de mirar hacia otro lado, dar un rodeo, evitar el compromiso, resulta una perversión nacida del egoísmo y el temor a perder las propias seguridades.

 

En la catedral de Buenos Aires decía el cardenal Bergoglio el 25 de mayo del año 2003:

-“ El relato del Buen Samaritano, digámoslo claramente, no desliza una enseñanza de ideales abstractos, ni se circunscribe a la funcionalidad de una moraleja ético–social. Sino que es la Palabra viva del Dios que se abaja y se aproxima hasta tocar nuestra fragilidad más cotidiana. Esa Palabra nos revela una característica esencial del hombre, tantas veces olvidada: que hemos sido hechos para la plenitud de ser; por tanto no podemos vivir indiferentes ante el dolor, no podemos dejar que nadie quede a un costado de la vida, marginado de su dignidad. Esto nos debe indignar”.

 

En su comentario al texto evangélico del Buen Samaritano, el cardenal invitó al pueblo y a las autoridades a tomar posición frente a la parábola presentada por Jesús; invitó a asumir cada uno de los personajes: o nos identificamos con los salteadores que violentan y dañan, o nos representa mejor el herido del camino porque recibimos el daño causado por un sistema creado y administrado para depredar la naturaleza y al prójimo; o somos de los que pasan por la vida sin querer ver el dolor de las víctimas; o, finalmente, nos podemos identificar con el samaritano que acude a socorrer al que está caído.

No hay escapatoria en esta exégesis aterrizada y directa del hoy papa Francisco. Nadie podrá decir que no ha entendido el mensaje que grita desde el evangelio.

 

  1. OBISPO DE ROMA.

Este es el hombre que salió un día de marzo de 2013 camino de      Roma para participar en la elección del nuevo obispo de Roma y que se despidió de la gente diciendo tres palabras: voy y vuelvo.

 

 

 

 

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LA BARCA DE PEDRO. CAPÍTULO 2. EL ALEMAN.

 

Se veía venir. La elección del cardenal Ratzinger para el pontificado romano no sorprendió al mundo. Ya estaba bien posicionado, tanto por su personalidad de hombre estudioso, su cargo en la curia vaticana, su quehacer en la enseñanza teológica, su perfil mas bien tímido y retraído en medio de una corte papal llena de ambiciosos.

Añadía a todo eso, la seguridad en la continuación de los criterios pastorales y doctrinales del papa polaco. Era hombre de su confianza plena y le guardó siempre lealtad.

Pero Ratzinger era más académico que pastor, era más hombre de escritorio que de masas, era más pensador que actor. Casi la antítesis de Juan Pablo II, en cuanto a las formas, no a los contenidos.

el 19 de abril de 2005, fue elegido en el cónclave de cardenales como su sucesor natural.

Remontando en la historia de su vida, aparecen hechos que le debieron significar una profunda contradicción que logró superar en un discernimiento guiado por la pura fe. Nada más lejano de un papa retraído, amable, que se distraía tocando serenatas en un piano, haciendo oración y leyendo filósofos, que militar en las filas hitlerianas a los catorce años, y ser parte de una unidad antiaérea en la segunda guerra mundial.

Vuelta la paz a su patria y a Europa, continuó sus estudios clericales hasta ser consagrado presbítero en 1951. Pocos años más tarde ya estaba instalado como profesor de seminarios y universidades (Bonn, Münster, Tübingen). Los jóvenes progresistas tenían en él un maestro. Entre ellos, el brasileño Leonardo Boff, su alumno en Tübingen.

Señalado como uno de los teólogos de mentalidad más abierta, asistió a las sesiones del Concilio Vaticano II celebrado entre los años 1963 y 1966.

Pero la mayoría de las propuestas y decisiones del Concilio quedaron obsoletas a dos años de su publicación: en 1968 cambió el mundo, tras el “mayo francés”, una revolución cultural que tuvo repercusión inmediata en el mundo entero. El Vaticano II había tratado de responder a los interrogantes que le planteaba la humanidad y a los dos años de su conclusión, el mundo le cambió todas las preguntas y el Concilio se quedó hablándole a las sombras.

Ante un cambio de tal magnitud, Ratzinger, designado después como obispo y cardenal a pesar de su relativa juventud, se convirtió en un guardián de la tradición que veía amenazada por una verdadera revolución. El peligro venía de parte del marxismo y del liberalismo, ambos ateos.

En 1978 , cuando se dio el año de los tres Papas (Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II), Ratzinger fue uno de los electores del cardenal polaco quien lo impresionó por la firmeza de sus convicciones tanto en moral como el doctrina teológica. Además ambos coincidían en su postura frente al marxismo ya que sus patrias habían sido invadidas tras la segunda guerra mundial por las tropas rusas.

El entendimiento entre ambos personeros eclesiales fue casi instantáneo. Antes de cumplir tres años en su cargo como sumo pontífice, Juan Pablo II llamó a Roma a Ratzinger y lo puso al frente de la poderosa Congregación para la Doctrina de la Fe, entidad sucesora de la desprestigiada y superada institución del Santo Oficio.

A esas alturas, ya Ratzinger había abandonado sus balanceos progresistas y se había instalado en el campo que patrocinaba el papa Wojtyla: un catolicismo cerrado, duro y agresivo. Desde ahí enfrentó la corriente de la Teología de la Liberación.

Hombre de estudio, el cardenal alemán estuvo en la preparación del Catecismo de la Iglesia católica, un texto que le encargó Juan Pablo II y en el que cifraba grandes expectativas para poder frenar los análisis y las propuestas más liberales en doctrina y en moral. Otro de los textos más demostrativos de la involución doctrinal que afectaba a Ratzinger fue la carta papal Dominus Iesus (año 2000) en donde expresa la vieja teoría axiomática: “Fuera de la iglesia, no hay salvación”.

Al momento de la elección del sucesor del papa polaco, Ratzinger tenía el título y cargo de Decano del colegio de cardenales. Los 115 cardenales reunidos en el cónclave debieron escucharlo en la homilía del funeral de Juan Pablo II como también en la misa al comienzo del cónclave. En ambas ocasiones, Ratzinger aprovechó la circunstancia para hacer un llamado fuerte para conservar fidelidad doctrinal y para denunciar el clima de relativismo social y eclesial.

Dos días duró el cónclave, tiempo considerado sumamente breve para una elección de esa envergadura. Con este dato se indica que ya contaba con los votos del ala conservadora y los de los eternos indecisos que esperan los resultados de las mayorías para sumarse sin mayores complicaciones.

Ratzinger fue elegido contando setenta y ocho años de edad, el 19 de abril de 2005.

Tomó el nombre de Benedicto XVI. Se presentó a la multitud reunida en la plaza de San Pedro, como “un humilde servidor de la viña del Señor”.

¿Fue el hombre más indicado para esa hora del mundo y de la iglesia? Quizá, no.

La manoseada fórmula que asegura que al obispo de Roma lo elige el Espíritu Santo, es un puro slogan. Ciertamente que los creyentes afirmamos que nada se esconde a los ojos de Dios. Pero Dios actúa a través de mediaciones humanas. Su Espíritu suscita, inspira, motiva, promueve, ocasiona… Pero respeta las decisiones humanas. Las respeta y a veces también las aguanta.

En mundo áspero en donde la globalización abarca lo positivo y lo negativo de las conductas; en donde la mujer sigue buscando su legítimo espacio y lugar en la mesa social y eclesial; en donde los desafíos vienen desde el campo de la libertad sexual; en donde la prepotencia de los poderosos los convierte en dueños de los pueblos; en que la crisis de los valores en los que coincidimos creyentes y no creyentes se agudiza; en donde la agresividad de posturas mentales religiosas se convierte en lucha; en el avance notable de sectas de todo tipo que promueven una religión descomprometida viviendo una especie de nirvana celestial que los aleja de los problemas reales; en donde la preocupación eclesial se vuelve ad intra discutiendo nimiedades como el celibato clerical y normas de liturgia; en donde no se busca respuesta inteligente a la falta de vocaciones para el pastoreo; en donde se discute el valor de la misma vida… un Papa con el carácter, el estilo y las singularidades de Benedicto XVI quedaba totalmente desorientado. Sus respuestas ya no podían interesar en la mesa de las discusiones.

El Papa, demostrando su inteligencia, se dio cuenta que estaba superado. El golpe de gracia lo dio la comprobación de la traición de algunos de sus colaboradores que sacaron documentos privados de su propio escritorio, y los hechos criminales que empezaron a salir a la luz pública protagonizados por clérigos pederastas que acumularon sobre la iglesia las maldiciones de todos los bien nacidos.

Metido en un mundillo de ambiciones, abusos y deshonestidades que ensuciaban el rostro salvador de Cristo, el papa Ratzinger anunció que a partir del 28 de febrero dejaba su cargo señalando que “para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio es necesario el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que en los últimos meses ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”.

Un gesto que lo ennoblece. Benedicto XVI fue un hombre que debió asumir responsabilidades que le cargaron sobre las espaldas, sin él desearlo, ni aceptarlo en los entresijos de su corazón.

Ahora ha vuelto a su oración, a sus libros y a su piano.

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LA BARCA DE PEDRO. CAPÍTULO 1.

 

La frase pronunciada por el papa Juan Pablo II era una invitación perentoria, una orden, un mandato: “Rema mar adentro”. Veía a la iglesia católica soportando estoica el oleaje que rompe contra la roca. Había necesidad de entrar en las aguas para evitar sus sacudidas y convertirlas en balanceos.

Desde que cesaron las persecuciones que buscaban eliminar en la historia del mundo, primeramente al pequeño rebaño de seguidores de Jesús y después a esos mismos seguidores convertidos en una mayoría con poder, dinero y ambiciones, la barca de Pedro ha buscado balanceos que le hagan amable la vivencia de su fe en el mensaje cristiano.

Pienso que no era ésa la intención del papa polaco. Para él, remar mar adentro, era aventurarse a enfrentar nuevos desafíos. Juan Pablo II era un conquistador que ansiaba nuevos espacios para hacerlos sumisos al evangelio. Pero, aunque la frase es decidora, el Papa no sabía mucho de marinería. Su patria, Polonia, no tiene costas, ni mares, ni aires salinos. Tiene tierra, que ha sido invadida, saqueada, asesinada por las grandes ambiciones de estados más poderosos. Su flor nacional, la Margarita, es hermosa, pero frágil; el aciano alemán y la manzanilla rusa la pueden ahogar con su florecimiento abundante y agresivo.

EL POLACO.

Cuando  Karol Józef Wojtyła fe elegido obispo de Roma en 1978, la sociedad mundial se sorprendió. Se trataba de un hombre relativamente joven para asumir el pontificado (58 años), alguien proveniente del este europeo que quebraba la línea italiana de más de cuatrocientos años; un ex actor de teatro, un ex combatiente de la segunda guerra mundial, un teólogo que no estaba en primer plano entre los intelectuales de la fe, un hombre deportista que gustaba del atletismo y la natación, un animador de multitudes. Un hombre de fe, desde luego. De esa fe pueblerina del país más católico del mundo, una fe robustecida por la persecución. Al unirse a una organización clandestina opuesta al nazismo, trabajó por causas humanitarias; y poco después, al padecer el sometimiento de su patria al oso moscovita decidió ingresar al seminario para prepararse como pastor de su pueblo. En 1946 recibió la consagración sacerdotal.

Combinando sus clases de ética en la Universidad de Lublin con la labor directamente pastoral en parroquias obreras, fue ganando un nombre que fue reconocido por el Vaticano: a los 38 años fue designado obispo auxiliar de Cracovia y poco después asumió como arzobispo de esa importante sede. A los 47 años fue creado cardenal de la iglesia.

Su elección como obispo de Roma y sumo pontífice de la iglesia católica fue una sorpresa mundial. El cardenal polaco no estaba entre los nombres que barajaban los opinólogos vaticanistas.

Pero desde sus primeras actuaciones Juan Pablo II evidenció por dónde correrían las aguas: un fuerte apoyo a las doctrinas tradicionales, una apertura en el tema social, un empeño en recobrar para la iglesia la primacía en los conceptos que rigen la ordenanza mental y cordial en la sociedad. Desde luego, la defensa cerrada de una moral clásica y una sospecha permanente a todo lo que se saliera del molde teológico conocido. Nada de aventuras, como la modernización de las instituciones eclesiásticas o la aprobación de la teología de la liberación.

Amante del espectáculo, el Papa consideraba a los pueblos congregados para aclamarlo en sus visitas por el mundo, como un auditorio natural que debería escuchar sus palabras y ponerlas en práctica.

Pero, como alguien señaló, las gentes gustaban de la música (el espectáculo) pero no escuchaban la letra (el discurso doctrinal). Después de las multitudinarias concentraciones no quedaba sino el recuerdo de algo clamoroso. Era indudable su carisma personal y su empatía social, pero también su rigidez cerebral y su pensamiento conservador.

Esto hizo que su conducción eclesial la fuera centralizando en sus manos. Roma, el Vaticano en este caso, fue cercenando las atribuciones de los obispos en sus iglesias particulares. Todos los obispos empezaron a mirar a Roma antes de tomar determinaciones, antes de hacer declaraciones, incluso antes de pensar.

El papa polaco indudablemente marcó con su estilo a toda la comunidad eclesial. Nadie puede negar su obsesión por servir a la causa del evangelio según él lo entendía: convirtiendo a la iglesia en maestra del mundo, alguien que enseñaba, que pontificaba y que señalaba la línea divisoria entre el bien y el mal.

Aferrado a esa convicción, Juan Pablo II envejeció y su última etapa fue un ejemplo de fidelidad a sus responsabilidades pastorales pero también un ejemplo de tozudez. Era evidente que ya no estaba en capacidad de dirigir y así los segundones, crecidos en su ambición, empezaron a suplirlo en la conducción. El cardenal Angel Sodano es el ejemplo más palmario de ese estado de cosas.

Karol Józef Wojtyła se apagó un día, por ley de la condición humana, y dejó tras sí una iglesia a la que no pudo devolverle su título autoproclamado de “experta en humanidad”, precisamente porque quiso hacerla experta en santidad. Pero la santidad supone una base humana sólida, robusta, granítica. Eso no lo logró. Incluso más: hoy día se discute a cerca de su poca capacidad de respuesta ante abusos, escándalos y actuaciones miserables de personeros de iglesia, situaciones que debió conocer y no sancionó, o que simplemente no advirtió, quedando así culpable de ingenuidad o de disimulo.

Grande hombre el papa polaco. Grande en sus aciertos y en sus errores.

 

 

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las falencias de jesús

 

Trece años de cárcel, nueve de ellos en total aislamiento, derrumbaría hasta un gigante. Sin embargo, no logró quebrar a Francisco Javier Nguyen Van Thuan. En la prisión comprobó que el amor es creativo, y él amaba vivir, amaba su fe y amaba su patria. En esa situación, aunque tenía que cargar cadenas, conservó el corazón libre.

El cardenal vietnamita supo sacar bendición de aquello que para todo el mundo era maldición. Con unos alambres retorcidos se fabricó una figura de Cristo que le recordaba que él había padecido primero los manotazos de los hombres, se ganó la confianza de sus carceleros y pudo escribir tres libros aprovechando medios muy rudimentarios.

En uno de esos libros (“Testigos de esperanza”) reflexionó acerca de ciertos defectos que encontró en Jesús de Nazaret.

Esas falencias fueron: Jesús es un desmemoriado, no tiene idea de las matemáticas, no sabe emplear la lógica, no calcula los peligros y, finalmente, es un completo ignorante en las finanzas.

Jesús no tiene memoria.

Una sola prueba de esta aseveración: estando en la cruz, agonizando, escucha que uno de los ladrones que sufría el mismo suplicio, le pide que se acuerde él. Jesús se olvida de todas las picardías y robos de ese hombre y le asegura la vida eterna junto a él esa misma tarde.

Jesús no sabe matemáticas

En sus enseñanzas, Jesús empleaba el método de contar historias, poner ejemplos. Dijo un día que si un pastor tenía 100 ovejas y se le perdía una, dejaba en el redil las 99 y se iba en busca de la oveja perdida. Para él, una sola persona es equivalente a noventa y nueve. O sea, una ecuación que es rechazada de plano por todos los comerciantes del mundo.

Jesús no tiene lógica

También puso el ejemplo de una mujer que tenía diez monedas de mucho valor. Cuando se le extravió una, barrió toda la casa hasta encontrarla. Y cuando la tuvo de nuevo en su mano, invitó a todo el vecindario a hacer una fiesta. Una fiesta en la que gastaría mucho más que el valor de la moneda encontrada. Es decir, no hay lógica alguna en este ejemplo.

Jesús corre demasiados riesgos

Los seguidores de Jesús se han contagiado del marketing empresarial y de las planificaciones de los ejecutivos. Ellos piden asesores de planificación. Parroquias, congregaciones, comunidades, grupos pastorales…todos emplean horas y horas para proyectos, planes, objetivos, estrategias. Alguien dijo que al final de los tiempos, Jesús no encontraría a sus seguidores unidos, pero sí los encontraría reunidos… Jesús se lanzó no más con su propuesta del Reino de Dios. No hizo conciliaciones con los doctores de la ley, no buscó alianzas con los fariseos, no tuvo compromisos con los romanos. Lógicamente su proyecto fue un fracaso. Un líder que termine asesinado como un bandolero, entre dos ladrones, solo con su angustia, es un fracasado. El poder de Dios lo convirtió en un triunfador.

Jesús no entiende de finanzas ni de economía 

Si Jesús fuese el administrador de la empresa, de la comunidad, la ruina sería cuestión de días. ¿Como entender a un administrador que paga el mismo salario al que empieza el trabajo antes y al otro que sólo trabaja una hora? ¿Un descuido? ¿Jesús no sabe contar? …

¿Por qué Jesús tiene esas falencias? Porque es el Dios de la Misericordia y el Amor Encarnado. Dios Amor (cf. 1Jn 4,16). Por tanto, no es un amor racional, calculador, que condiciona, ni recuerda las ofensas recibidas. Sino un amor donación, servicio, misericordia, perdón, comprensión, acogida… ¿En qué medida? Infinita.

Las falencias de Jesús son el camino de la felicidad. Por eso, damos gracias a Dios. Para alegría y esperanza de la humanidad, esos defectos son incorregibles.

 

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Un galimatías: ¿SE POSEE O SE UTILIZA?

A mediados de enero 2017, la comunidad mapuche Mallekoche se ha instalado en un predio de Collipulli que en los papeles oficiales pertenece a la Orden Franciscana.

Los frailes de la Orden Seráfica han solicitado desalojo policial del terreno.

Los mapuche consideran que así están recuperando tierras que el Estado chileno les arrebató con engaños, alcohol y tropa armada, hace poco más de ciento veinte años.

Los franciscanos afirman que el sitio les pertenece. Extraña situación, porque la Orden religiosa fue iniciada por Francisco de Asís con una normativa clara de no poseer bienes en propiedad.

Sin embargo, las elucubraciones silogísticas y las ambiciones han dado cabida al reclamo.

Dicen que existe una diferenciación jurídica entre poseer y utilizar. Los franciscanos no poseen sino que utilizan. Así se ha dibujado el cuadro en que sin tener posesión, han ido acumulando bienes, casas, tierras, instrumentos…

Hoy día, se ha decretado “protección policial” para esos predios ya que el fiscal regional de La Araucanía considera un “delito flagrante” el hecho que los mapuche estén instalando unas veinte viviendas primarias junto al convento franciscano de San Leonardo, en Collipulli.

Los hijos de Francisco de Asís, que compartió su vida hasta con los lobos, no pueden compartir un terreno con los habitantes originales que empiezan a recuperar lo que les ha pertenecido desde que el mundo es mundo.

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