LA BARCA DE PEDRO 3. El argentino.

FRANCISCO, EL HOMBRE QUE LLEGO DEL SUR

1.LA SORPRESA.

En el anochecer de Roma, el 13 de marzo de 2013, caían aún las últimas gotas de una lluvia que anticipaba la primavera. La multitud reunida en la plaza de San Pedro hablaba, cantaba, esperaba. Así había estado desde la mañana de ese miércoles cuando una gaviota había insistido en posarse sobre la pequeña campana que coronaba la chimenea de la capilla. Por allí debía salir el humo que anunciaría la gran noticia al mundo. La visión esa ave marinera era comentario obligado entre los peregrinos. Lo que no sabían era que la gaviota era de la familia conocida como Larus argentatus.

 

Por fin el humo blanco tiñó la noche romana y cubrió la redondez del mundo. Un cardenal de voz un tanto débil y figura temblorosa salió al balcón, y un silencio de bosque se anidó por un instante en la plaza. Detrás de él los medios de comunicación mostraban al mundo los cortinajes solemnes, los ventanales gigantes, las vestiduras de seda de los cardenales que lo acompañaban.

En lengua latina, la voz dijo un nombre.

Y las campanas iniciaron la danza de sonidos que anunció el gozo de tener un nuevo obispo de Roma: Jorge Mario Bergoglio, cardenal arzobispo de Buenos Aires, un hombre llegado desde la otra punta del mundo.

 

  1. EL HOMBRE

 

Muchas veces los que asumen cargos eclesiásticos quedan tapados bajo vestiduras de tipo real y sacerdotal de la vieja usanza. Tanta sotana con botones morados, tanto roquete bordado, tanta esclavina volante, tanta muceta colorida, tanta estola, bonete, solideo, birrete, mitra y demás distintivos de autoridad, podrían hacer pensar que el báculo o cayado que también llevan los obispos en sus manos es más para apoyarse y sostener tanto peso de indumentaria que un símbolo de pastor.

Por eso llamó la atención que el hombre de blanco que apareció en el balcón de la Plaza de San Pedro vistiera solamente una sotana simple cruzada por un pectoral plateado.

Fue la segunda señal de que el Papa iba a servir a la iglesia con su estilo particular ajeno a la ampulosidad. Decimos que fue la segunda señal, porque la primera había sido minutos antes al elegir el nombre. Pidió ser llamado Francisco, como aquel rebelde de Asís que dejó los lujos de su casa y se internó desnudo en el bosque con unos cuantos amigos y amigas deseosos de vivir sin oropeles, sin poderes, sin estruendos ni trompetería, para hacerse amigo hasta de los lobos.

 

Desde el comienzo de su nueva responsabilidad el cardenal de Buenos Aires “rayó la cancha”, un término deportivo que señala los espacios por dónde y cómo deben moverse los que entran a pisar el césped del estadio. La frase no le es desconocida; por algo Bergoglio figura desde el año 2008 como el socio número 88.235 del club San Lorenzo de Almagro de la capital argentina y, por lo tanto, las canchas y el deporte no le son ajenos.

 

Es bueno que bajo la indumentaria recargada de la liturgia católica veamos al hombre real que quiso dedicar su vida al anuncio del evangelio liberador de Jesús.

 

Cuando se escribe acerca de un obispo para resaltar sus condiciones de guía y santificador de la comunidad, se cae habitualmente en un espiritualismo que diluye a la persona concreta que aquí queremos rescatar.

 

Que un cura, un obispo, un Papa, prediquen los temas religiosos, atiendan las liturgias, hagan oración, celebren los sacramentos y animen a la comunidad a buscar a Dios en las realidades de esta vida, parece tan normal que, sin darnos cuenta, los vamos colocando en un pedestal más arriba que el común de los cristianos. Se supone que debe ser así. Ellos empiezan a participar entonces, en el imaginario social, dentro de un clima celestial que los aleja del quehacer diario, los separa de este mundo real y termina convirtiéndolos en seres casi extraterrestres.

Por eso, cuando hace cien años alguien observó que el papa Pío X (hoy día canonizado y declarado santo) liaba un cigarrillo y lo fumaba con gusto, y se escandalizó.

-¿Cómo Su Santidad, que es Papa, puede caer en ese vicio?- aseguran que le preguntó un cardenal.

-Esto de fumar no es vicio -dijo Pío X-. Si lo fuera, ciertamente que usted lo tendría.

 

Hoy día, con el paso del tiempo, ya hay más comprensión y apertura mental. Por eso es bueno saber que, además de la preocupación y la vivencia de tipo religioso, el papa Bergoglio es un hombre a quien, además          del fútbol, le encanta escuchar la obertura “Leonora Número tres” de Beethoven en la versión de Furtwëngler, pero también a Carlos Gardel, a Julio Sosa y a la orquesta D’Arienzo, porque, como él mismo ha dicho a la periodista Francesca Ambrogetti, “el tango me sale de adentro,      aunque para bailar prefería la milonga”, y reconoce que su película favorita es “La fiesta de Babette”. En pintura prefiere a Chagall, el artista ruso del surrealismo que en 1917 se unió activamente a la revolución bolchevique y que debió vivir lejos de su patria cuando los odios racistas se apoderaron de Europa.

 

  • LA FAMILIA.

 

Desde sus comienzos como presbítero jesuita, hasta sus días como cardenal arzobispo de Buenos Aires, su presentación normal al saludar a alguien constaba de cuatro palabras: “soy Jorge Bergoglio, cura”

Pudiera ser que caminara vestido con una sotana o, como lo hacía la mayoría    de las veces, llevando un traje oscuro de ciudadano corriente. Pero su timbre y su    marca, la que le ha llenado la vida, es el hecho de ser cura.

 

Jorge Mario Bergoglio nació en el barrio de Flores, en Buenos Aires.

Pero sus ancestros paternos están en el noreste de Italia, en la provincia italiana de Asti, región del Piamonte, precisamente en el pueblo de Portacomaro. También la familia de su madre es del norte de Italia, un pueblito pintoresco frente al mar: santa Giulia de Lavagna.

 

Eran los años en que Argentina abría los brazos para recibir a gente que emigraba desde Europa a causa de la situación política amenazante para la paz, y también por la carestía de la vida.

Para tantos españoles, centroeuropeos, israelitas e italianos, América se convirtió en la patria grande que les daría la oportunidad de empezar de nuevo. Y en este continente de la esperanza, Argentina era el país ideal por sus leyes protectoras, las anchuras de las tierras y la mentalidad abierta para hacer compartir la patria con los que llegaban.

 

Mario José Bergoglio, desde Portacomaro, y la familia de María Regina Sívori, desde santa Giulia de Lavagna, arribaron a Buenos Aires como inmigrantes. Pocos años después, en 1934, ambos se conocieron en actividades en una parroquia salesiana, y ya no se separaron más. Fueron cinco los hijos que nacieron en esa familia donde el padre ejercía como contador y empleado ferroviario, y la madre era una cariñosa ama de casa.

 

El primer hijo, nacido el 17 de diciembre de 1936, fue bautizado en la Navidad de ese año como Jorge Mario. Setenta y seis años después, él mismo buscaría un nombre nuevo: Francisco.

 

En sus recuerdos, el Papa señala que además de sus padres, una gran influencia en su formación y crecimiento fue la personalidad de su abuela. De ella aprendió el piamontés, el manejo de la cocina, el gusto por la ópera, el sentido de unidad familiar que caracteriza a la clásica familia italiana.

 

Al reconocer a las personas que marcaron su formación para la vida, figura en forma destacada Ester Ballestrino, la jefa que tuvo al trabajar en un laboratorio al graduarse como técnico químico. Ella era una mujer paraguaya, comunista, quien años más tarde debió padecer la violencia de la dictadura militar, siendo secuestrada y asesinada. Para el papa Francisco ella fue una mujer extraordinaria que le enseñó la seriedad en el trabajo, el cumplimiento del deber hasta en sus detalles.

 

Al cumplir veintiún años, Jorge Mario tomó la decisión de su vida: ingresar como religioso a la Compañía de Jesús, iniciando sus estudios para el sacerdocio. Eligió esa vertiente religiosa porque le llamó la atención el carácter misionero, la vida en comunidad y la disciplina para el ordenamiento del tiempo, las actividades, la vida personal y pastoral de la Compañía de Jesús.

 

  1. SU EXPERIENCIA CHILENA.

 

Los primeros años de formación los tuvo en Chile, en una localidad que por ese año de 1957 estaba nuevamente cambiando de nombre: al comienzo de su historia se llamó Peucodañe (Nido de peuco o aguilucho), después Estancia de Santa Cruz, más tarde Marruecos, y finalmente Padre Hurtado, en homenaje al jesuita que levantó allí la gran casa-seminario para su congregación y que dedicó su vida a las obras sociales y a la renovación de la fe. Hoy es venerado como ejemplo de cristiano: san Alberto Hurtado.

 

A ese enorme edificio de cemento con capacidad para más de cien religiosos, llegó Jorge Bergoglio para iniciar sus estudios de jesuita y allí, junto con su crecimiento espiritual y el aprendizaje de ciencias clásicas, conoció dos realidades que habían estado ausentes en su vida hasta entonces: el frío en los inviernos y la situación de pobreza del mundo popular campesino en el valle central de Chile.

Respecto al frío, el jesuíta Fernando Montes comenta:

 

”La calefacción no se encendía. Solamente en atención a los seminaristas que venían de Argentina y Uruguay fue que nos dieron agua caliente dos o tres veces en la semana”.

 

Y en relación al mundo de la pobreza, el mismo Bergoglio escribía en carta a su hermana, el 5 de mayo de 1960, desde Chile:

 

“Te voy a contar algo: Yo doy clases de religión en una escuela a tercer y cuarto grado. Los chicos y las chicas son muy pobres; algunos hasta vienen descalzos al colegio…Muchas veces no tienen nada que comer, y en invierno sienten el frío en toda su crudeza. Tú no sabes lo que es eso, pues nunca te faltó comida, y cuando sientes frío te acercas a una estufa…Te digo esto para que pienses… Cuando estás contenta, hay muchos niños que están llorando. Cuando te sientas a la mesa, muchos no tienen más que un pedazo de pan para comer, y cuando llueve y hace frío, muchos están viviendo en cuevas de lata, y a veces no tienen con qué cubrirse… Los otros días me decía una viejita: ‘Padrecito, si yo pudiera conseguir una frazada (manta), ¡qué bien me vendría! Porque de noche siento mucho frío’. Y lo peor de todo es que no conocen a Jesús. No lo conocen porque no hay quién se lo enseñe. ¿Comprendes ahora por qué te digo que hacen falta muchos santos?“.

        

Esa realidad sufriente del pueblo lo marcó a fuego. Allí, en esa casa seminario que había levantado un hombre como Alberto Hurtado, apóstol de la solidaridad, el joven Jorge Bergoglio aprendió para siempre la dimensión social de la fe cristiana. Pudo resumir su credo, muchos años después siendo ya arzobispo de Buenos Aires, en sus conversaciones llenas de unción y de experiencia con su amigo el rabino israelita Abraham Skorka:

 

“En los dos mandamientos, amarás a tu Dios con todo el corazón y el segundo, amarás al prójimo como a ti mismo, Jesús nos dice que está toda la ley. De aquí que la concepción liberal de lo religioso en el templo, y eliminarlo fuera de él, no cierra. Hay acciones que habitualmente se hacen en el templo, como la adoración a Dios, la alabanza, el culto. Pero hay otras que se hacen afuera, como la dimensión social que tiene la religión. Empieza en un encuentro comunitario con Dios, que está cercano y camina con su pueblo y se va desarrollando a lo largo de la vida con pautas éticas, religiosas, de fraternidad. Ahí hay algo que guía el comportamiento con los demás: la justicia. Creo que el que adora a Dios tiene, en esa experiencia, un mandato de justicia para con sus hermanos. Es una justicia sumamente creativa, porque inventa cosas: educación, promoción social, cuidado, alivio. Por eso el hombre religioso íntegro es llamado hombre justo, lleva la justicia a los demás. En ese aspecto, la justicia del religioso o la religiosa crea cultura…Juan Pablo II tenía una frase muy arriesgada: una fe que no se hace cultura no es una verdadera fe”.

 

 

  1. EL JESUITA.

 

El 13 de diciembre de 1969, a los 33 años de edad, Jorge Mario       Bergoglio     fue ordenado presbítero en la Compañía de Jesús.

En los dos años siguientes continuó en España su formación como jesuita, y a su regreso a la patria fue designado profesor de teología en el colegio máximo de San Miguel.

 

En 1973, el 31 de julio, día en que la iglesia recuerda como santo a Ignacio de Loyola, Bergoglio fue elegido superior provincial para los jesuitas de Argentina. Debió así, muy joven, iniciar el servicio pastoral de ser guía, acompañante animador, de sus hermanos.

 

Eran años muy recios. Desde 1966 imperaba en la nación la llamada “revolución argentina” dirigida por los mandos militares que habían derribado al presidente constitucional Arturo Illía.

 

En 1973 la situación se hacía ya insostenible para la dictadura, y los alzamientos populares apresuraron la caída del sistema: los militares llamaron a elección permitiendo intervenir al partido peronista, pero vetando la candidatura de Juan Domingo Perón, entonces     exiliado en España.

 

Realizada la votación resultó elegido presidente el peronista Héctor Cámpora, quien al poco tiempo renunció a la presidencia y llamó a nueva elección en la que Perón pudo ser candidato. Triunfó, efectivamente, con el 62% de los votos. Sin embargo, al año siguiente, 1974, el general fallecía dejando la presidencia de la nación a su esposa, Isabel Martínez. Dos años más tarde un nuevo golpe militar         reponía a las fuerzas armadas en el poder de la nación. Empezó entonces el “Proceso de reorganización del Estado”, que duró hasta 1983 y dejó la marca violenta y deleznable de la persecución con    resultados de robo, desaparición y asesinato de miles de ciudadanos considerados opositores al régimen.

Además, los que suprimiendo a los adversarios, creían salvar a la patria del peligro siempre amenazante para ellos y las causas que defendían, actuaban bajo una consigna mítica ante la que muchos obispos quedaron estupefactos: “Argentina es católica y militar”.

 

  1. TIEMPOS DE DICTADURA MILITAR.

 

Bergoglio, como superior provincial de los jesuítas en Argentina entre 1973 y 1979, debió afrontar una serie de situaciones dramáticas.

Entre ellas el secuestro de dos de sus hermanos jesuitas, quienes fueron torturados y dejados en libertad después de varios meses.

Hay cuestionamientos acerca de la actitud de Bergoglio en esos años de matonaje institucional. Pero ciertamente es sobrehumano pedir a cualquier autoridad que ante situaciones incontrolables, imprevistas,     desconocidas y en clima de terror, actúe con la sapiencia, serenidad,     ordenamiento y capacidad de respuesta como si se tratara de eventos normales.

 

Lo que dibuja con más precisión la actuación del provincial jesuita    en esos años es lo que ha dicho el premio Nobel de la paz Adolfo Pérez Esquivel:

 

”En la dictadura argentina hubo obispos que fueron cómplices,        pero Bergoglio no. Se le cuestiona porque no hizo todo lo necesario    para sacar de prisión a dos jesuitas, pero también sé que hubo obispos    que quizá con exceso de prudencia hicieron gestiones silenciosas para   liberar a los perseguidos. No considero que Jorge Bergoglio haya sido       cómplice de la dictadura, pero creo que le faltó coraje para acompañar          nuestra lucha por los derechos humanos en los momentos más          difíciles”.

 

Por su parte, el diplomático estadounidense Tex Harris, quien          trabajó en esos años amargos en la embajada de su país en Argentina, declaró ante una consulta en este tema:

 

” En ese tiempo la gente tenía miedo, el gobierno estaba        matando gente. Nadie sabía quién era el blanco. Había un problema de información. Al principio la gente no se daba cuenta de la magnitud de lo que los militares estaban haciendo…El sistema que adoptaron los militares argentinos durante la guerra sucia fue igual al de la guerra de Argelia. Los comandantes le dieron a los grupos operativos mucha autonomía; entonces si uno llamaba a un general intercediendo por alguna persona, no siempre sabía lo que había pasado, no había legajos, no había un comando central…Bergoglio no fue un héroe, pero tampoco un cómplice”.

 

Una versión muy fidedigna sobre los acontecimientos de esos años es la que entregó en una entrevista el superior provincial jesuita         de Colombia, Alvaro Restrepo, quien conoció a los dos jesuitas que habían sido encarcelados y torturados durante la dictadura: Orlando      Yorio y Franz Jalics:

 

“Con Orlando me encontré tiempo después en Montevideo. Fui a      visitarlo personalmente un día. Había salido ya de la Compañía, pero siguió de cura diocesano. Jalics se quedó un poco más en Argentina, antes de radicarse en Alemania, y un día fue a verme. Me dijo: ‘Con Jorge Mario no tengo sino gratitud’. Con Orlando las cosas quedaron       así, con su salida de la Compañía”.

Tras la elección de Bergoglio como Papa, Jalics envió una carta al   superior general de la Compañía. Respecto a ella, Alvaro Restrepo señala en la entrevista:

 

”Voy a traducir del italiano, a su vez traducida del alemán, como      me llegó: “Viví en Buenos Aires a partir de 1957. En 1974, movido por el íntimo deseo de vivir el Evangelio y de estar atento a la tragedia de         los pobres, con el permiso del arzobispo y del entonces provincial          Jorge Mario Bergoglio, y junto con otro confratello (Orlando), fuimos a        habitar en una favela, en un barrio miserable de la ciudad. En la   situación de entonces, o sea, de guerra civil, fueron muertos por la   junta militar, en el espacio de unos diez años, cerca de 10.000 personas: Guerrilleros de izquierda y civiles inocentes. A causa de          informaciones falsas y tendenciosas, nuestra situación fue interpretada     mal, aun dentro de la vertiente intereclesial. En aquel tiempo habíamos tomado contacto con uno de nuestros colaboradores laicos porque   entró a hacer parte de la guerrilla. Nueve meses después, cuando fue   arrestado ese señor, interrogado por los militares, tuvieron      conocimiento de nosotros. En la hipótesis de que hubiésemos tenido algo que ver con la guerrilla, fuimos arrestados. Después de un        interrogatorio de cinco días el oficial que había dirigido el interrogatorio    nos dijo que nos iba a liberar. En sus palabras: “Padre, porque ustedes          de ninguna manera son culpables. Ya les buscaré el modo de que   vuelvan a trabajar por los pobres”. A pesar del apoyo de esa afirmación          de algún modo incomprensible, fuimos sin embargo mantenidos en cárcel cinco meses, encadenados y con los ojos vendados. Después       de ser liberados, no estoy en grado de hacer ninguna declaración en         contra del arzobispo Bergoglio. Abandoné Argentina. Después de años   tuve la oportunidad de hablar con él sobre lo que había sucedido. Hemos celebrado públicamente juntos la misa y nos hemos abrazado. No queda nada que tenga que ser reconciliado. Y por lo que a mí      respecta, lo considero como un incidente absolutamente cerrado. Le         deseo al papa Francisco abundancia de bendición en su ministerio”.

 

Casi ocho meses después de la elección papal, Francisco y Franz Jalics, se abrazaron, en Roma, como los hermanos que siempre fueron.

 

 

En las entrevistas realizadas por Francesca Ambrogetti y Sergio      Rubin para escribir sobre Bergoglio el libro titulado “El jesuita”, salieron   a la luz otras actuaciones del arzobispo en favor y amparo de gente perseguida por la dictadura. No sólo recibía en el Colegio       Máximo de San Miguel, en Buenos Aires, a líderes sociales o jóvenes en rebeldía, con la excusa de que iban a practicar los ejercicios   espirituales ignacianos, sino que llegó a entregar su propia cédula de        identidad para que un perseguido por los militares, y que era        físicamente parecido a él, saliera del país vestido de cura, por la frontera hacia Paraguay.

 

En 1979, tras su servicio como superior provincial, Jorge Mario         Bergoglio asumió nuevamente su cátedra de teología por algunos años.

 

En 1992 fue nombrado como uno de los obispos auxiliares      de Buenos Aires recibiendo la consagración episcopal el día 20 de          mayo. Seis años más tarde, al fallecer el cardenal Quarracino, el    jesuíta fue nombrado por el papa Juan Pablo II arzobispo de Buenos      Aires y primado de Argentina. Contaba con 61 años de edad.

 

VII. EL ARZOBISPO.

 

De inmediato se notó otro estilo de conducción pastoral .El nuevo    arzobispo salió a la calle y se mezcló con la gente y sus problemas, con sus esperanzas y sus vivencias. Desde luego dejó el vehículo asignado al arzobispo, hizo armar un departamento sencillo para habitar al lado de       la catedral, no contrató secretarias ni cocinera; usó casi siempre la vestimenta con chaqueta y pantalón oscuro, la camisa con cuello   clerical y no cambió los zapatones que le permitían pisar las callecitas de Buenos Aires desde el cemento de la Avenida 9 de Julio hasta las         callejas embarradas de las villas donde habitan los pobres.

Austero, cordial, cercano, sencillo, son términos que empezaron a   identificarlo. Pero también agudo en su pensamiento y análisis, seguro    y firme en lo que él mismo llama “la herencia” cuando se refiere a los         aspectos centrales de la doctrina católica, directo en su discurso oficial.

Los curas párrocos de la ciudad notaron muy pronto que su arzobispo estaba al lado: podía llegar en cualquier momento y los acompañaba especialmente cuando tenían alguna dificultad. Si estaban enfermos, Bergoglio se portaba con ellos como un enfermero.

En los barrios empobrecidos, los “curas villeros” se sintieron alentados por su pastor.

Un misionero claretiano, actualmente obispo de San Carlos de Bariloche, que lo conoció en esos años, Juan José     Chaparro, dejó así su testimonio:

 

”Lo hemos visto caminar por las villas, junto a sus curas, como        cuando caminó acompañando los restos del P. Daniel De la Sierra, que del cementerio de Flores era trasladado a la capilla de su comunidad        por una multitud inmensa, o acompañando a la gente en las plazas,      en momentos de misión popular, animando a los misioneros a salir de las Iglesias para ganar la calle…o cuando llamaba a alguien que lo había estado buscando, sorprendiéndote con su voz y cercanía…”

 

Su voz pausada en la conversación, en las tardes de mate con alguna familia humilde, en el diálogo a corazón abierto con los amigos, sólo cambiaba para hacerse ventarrón cuando desde el altar de la catedral o desde los micrófonos en las festividades religiosas tenía verdades que decir.

 

Especialmente, la fecha del 25 de mayo de cada año se trasformó en la ocasión para que las autoridades de la nación y el pueblo en general escucharan la voz del arzobispo. Es el día de la celebración de         la independencia en el país y Bergoglio aprovechó siempre la oportunidad que le brindaba la ocasión.

 

En un estilo directo, sin oropeles       oratorios, pero con un pensamiento bien expresado y tremendamente lúcido, el arzobispo pudo animar en la esperanza de días mejores; los        temas de justicia social, de organización popular, de defensa de los valores y principios         éticos desde una visión cristiana; son textos que no     tienen desperdicio. Su crítica a un sistema que mantenía privilegios para los partidarios del gobierno y era sordo a las demandas de los opositores, era lapidaria.

 

El 25 de mayo del año 2000, desde el altar de la catedral de Buenos Aires, pidió refundar el vínculo social entre los argentinos:

 

Un vínculo que acerque la dolorosa brecha entre los que tienen      más y los que tienen menos. Que acerque a los jóvenes que no encuentran su propio proyecto social. Un vínculo que nos reavive el       amor a una niñez con frecuencia despreciada y empobrecida. Que nos alarme frente a cada persona que pierde su trabajo. Que nos haga     solidarios e integradores para con los inmigrantes desposeídos y de buena voluntad, que llegan y deben seguir llegando. Un vínculo que nos haga especialmente cuidadosos de los ancianos que han          desgastado su vida por nosotros y hoy merecen celebrar y recuperar sus puestos de sabios y maestros transmitiéndonos esperanza.

¡Refundar con esperanza nuestros vínculos sociales!: esto no es     un frío postulado eticista y racionalista. No se trata de una nueva utopía         irrealizable ni mucho menos de un pragmatismo desafectado y expoliador.

Animémonos a tocar: a tocar al marginado del sistema, viendo en    él a hombres y mujeres que son mucho más que votantes potenciales. En el marco de las Instituciones republicanas demos poder y apoyo a aquellas organizaciones comunitarias que estrechan las        manos y hacen participar, que privilegian la intimidad, la fraternidad, la       lealtad a los principios y objetivos como una nueva “productividad”. Así los jóvenes recuperarán horizontes concretos, descubrirán los futuros posibles, dejando de lado enunciados vacíos, que ahondan las propias vaciedades.

Cedamos el protagonismo a la comunidad, apoyando y sosteniendo a quienes se organizan en pos de sus fines. Así se          quebrarán las barreras de la incomunicación que, paradójicamente, existe en este mundo supercomunicado”.    

 

Dos años más tarde, en la misma fecha patria, decía:

”En esta tierra bendita, nuestras culpas parecen haber achatado      nuestras miradas. Un triste pacto interior se ha fraguado en el corazón de muchos de los destinados a defender nuestros intereses, con consecuencias estremecedoras: la culpa de sus trampas acucia con su herida y, en vez de pedir la cura, persisten y se refugian en la          acumulación de poder, en el reforzamiento de los hilos de una telaraña    que impide ver la realidad cada vez más dolorosa. Así el sufrimiento          ajeno y la destrucción que provocan tales juegos de los adictos al    poder y a las riquezas resultan, para ellos mismos, apenas piezas de un tablero, números, estadísticas y variables de una oficina de         planeamiento. A medida que tal destrucción crece, se buscan argumentos para justificar y demandar más sacrificios escudándose en la repetida frase “no queda otra salida”, pretexto que sirve para   narcotizar sus conciencias. Tal chatura espiritual y ética no sobreviviría     sin el refuerzo de aquellos que padecen otra vieja enfermedad del    corazón: la incapacidad de sentir culpa. Los ambiciosos escaladores, que tras sus diplomas internacionales y su lenguaje técnico, por lo demás tan fácilmente intercambiable, disfrazan sus saberes precarios y          su casi inexistente humanidad”.

La tolerancia de las autoridades de la nación que debían asistir por oficio a la catedral de Buenos Aires, llegó a un límite. Al escuchar    el constante cuestionamiento ético de labios del arzobispo, optaron por una       itinerancia muy especial: cada 25 de mayo en los últimos años, las      autoridades nacionales se han ido a participar en otras catedrales, con     otros obispos que tienen un discurso menos agresivo para sus oídos.

En el imaginario popular pronto se hizo presente la figura de dos poderes que no tenían el mismo lenguaje.

El arzobispo, creado cardenal en el año 2001, siguió con su tarea    pastoral diciendo lo que juzgaba necesario decir, abriendo cauces a una evangelización que sacara de los templos el mensaje cristiano para hacerlo llegar a los alejados.

Ciertamente que todo lo anotado hasta aquí respecto a la labor de Bergoglio al frente del arzobispado de Buenos Aires puede parecer demasiado laudatorio. ¿No tuvo el cardenal-arzobispo aspectos     negativos en su gestión de pastor? Me atrevo a decir que sí. No sería una persona humana si no hubiera experimentado dudas, hubiera equivocado alguna respuesta, hubiera desencantado a alguien por una palabra, una decisión o un gesto que pudo tener distintas    interpretaciones. Pero en la balanza de su servicio episcopal sin duda que los elementos positivos han sido mayoritariamente reconocidos y las equivocaciones han debido tener un peso tan menor que no dañan en absoluto su labor.

 

VIII. EL DESAFIO DE LAS SITUACIONES SOCIALES.

 

El tema de la experiencia religiosa aterrizada y asumida como respuesta de fe ante las situaciones humanas concretas necesitadas de luz, de apoyo y de justicia, se le fue haciendo a Bergoglio cada vez más acuciante. En sus homilías, como arzobispo de Buenos Aires, especialmente en las fechas patrias y en las celebraciones masivas de religiosidad popular, ha quedado plasmada su enseñanza y su vivencia de la misericordia de Dios que en su hijo Jesús pasó por el mundo haciendo el bien.

 

La figura del samaritano ha sido recurrente en la catequesis de Bergoglio. Representa la actitud del mismo Cristo que vino a salvar lo que estaba perdido, pero no sólo en vistas a una salvación extraterrena, una promesa de futuro celestial, sino a salvar de las situaciones inhumanas que dejan a la gente indefensa ante las injusticias del sistema político, económico y social. Así todo insulto, desprecio o abuso que golpea el rostro de un ser humano es al mismo tiempo un manotazo contra Dios, dador de todo bien. Toda perversión del orden natural de la vida se vuelve un camino de muerte.

 

Ante una situación violenta, como el asalto y ataque recibido por un viajero en el camino que lleva de Jerusalén a Jericó, por ejemplo, la actitud natural que nace del corazón humano es la de ayudar. Acercarse, consolar, levantar, sanar las heridas. El hecho de mirar hacia otro lado, dar un rodeo, evitar el compromiso, resulta una perversión nacida del egoísmo y el temor a perder las propias seguridades.

 

En la catedral de Buenos Aires decía el cardenal Bergoglio el 25 de mayo del año 2003:

-“ El relato del Buen Samaritano, digámoslo claramente, no desliza una enseñanza de ideales abstractos, ni se circunscribe a la funcionalidad de una moraleja ético–social. Sino que es la Palabra viva del Dios que se abaja y se aproxima hasta tocar nuestra fragilidad más cotidiana. Esa Palabra nos revela una característica esencial del hombre, tantas veces olvidada: que hemos sido hechos para la plenitud de ser; por tanto no podemos vivir indiferentes ante el dolor, no podemos dejar que nadie quede a un costado de la vida, marginado de su dignidad. Esto nos debe indignar”.

 

En su comentario al texto evangélico del Buen Samaritano, el cardenal invitó al pueblo y a las autoridades a tomar posición frente a la parábola presentada por Jesús; invitó a asumir cada uno de los personajes: o nos identificamos con los salteadores que violentan y dañan, o nos representa mejor el herido del camino porque recibimos el daño causado por un sistema creado y administrado para depredar la naturaleza y al prójimo; o somos de los que pasan por la vida sin querer ver el dolor de las víctimas; o, finalmente, nos podemos identificar con el samaritano que acude a socorrer al que está caído.

No hay escapatoria en esta exégesis aterrizada y directa del hoy papa Francisco. Nadie podrá decir que no ha entendido el mensaje que grita desde el evangelio.

 

  1. OBISPO DE ROMA.

Este es el hombre que salió un día de marzo de 2013 camino de      Roma para participar en la elección del nuevo obispo de Roma y que se despidió de la gente diciendo tres palabras: voy y vuelvo.

 

 

 

 

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LA BARCA DE PEDRO. CAPÍTULO 2. EL ALEMAN.

 

Se veía venir. La elección del cardenal Ratzinger para el pontificado romano no sorprendió al mundo. Ya estaba bien posicionado, tanto por su personalidad de hombre estudioso, su cargo en la curia vaticana, su quehacer en la enseñanza teológica, su perfil mas bien tímido y retraído en medio de una corte papal llena de ambiciosos.

Añadía a todo eso, la seguridad en la continuación de los criterios pastorales y doctrinales del papa polaco. Era hombre de su confianza plena y le guardó siempre lealtad.

Pero Ratzinger era más académico que pastor, era más hombre de escritorio que de masas, era más pensador que actor. Casi la antítesis de Juan Pablo II, en cuanto a las formas, no a los contenidos.

el 19 de abril de 2005, fue elegido en el cónclave de cardenales como su sucesor natural.

Remontando en la historia de su vida, aparecen hechos que le debieron significar una profunda contradicción que logró superar en un discernimiento guiado por la pura fe. Nada más lejano de un papa retraído, amable, que se distraía tocando serenatas en un piano, haciendo oración y leyendo filósofos, que militar en las filas hitlerianas a los catorce años, y ser parte de una unidad antiaérea en la segunda guerra mundial.

Vuelta la paz a su patria y a Europa, continuó sus estudios clericales hasta ser consagrado presbítero en 1951. Pocos años más tarde ya estaba instalado como profesor de seminarios y universidades (Bonn, Münster, Tübingen). Los jóvenes progresistas tenían en él un maestro. Entre ellos, el brasileño Leonardo Boff, su alumno en Tübingen.

Señalado como uno de los teólogos de mentalidad más abierta, asistió a las sesiones del Concilio Vaticano II celebrado entre los años 1963 y 1966.

Pero la mayoría de las propuestas y decisiones del Concilio quedaron obsoletas a dos años de su publicación: en 1968 cambió el mundo, tras el “mayo francés”, una revolución cultural que tuvo repercusión inmediata en el mundo entero. El Vaticano II había tratado de responder a los interrogantes que le planteaba la humanidad y a los dos años de su conclusión, el mundo le cambió todas las preguntas y el Concilio se quedó hablándole a las sombras.

Ante un cambio de tal magnitud, Ratzinger, designado después como obispo y cardenal a pesar de su relativa juventud, se convirtió en un guardián de la tradición que veía amenazada por una verdadera revolución. El peligro venía de parte del marxismo y del liberalismo, ambos ateos.

En 1978 , cuando se dio el año de los tres Papas (Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II), Ratzinger fue uno de los electores del cardenal polaco quien lo impresionó por la firmeza de sus convicciones tanto en moral como el doctrina teológica. Además ambos coincidían en su postura frente al marxismo ya que sus patrias habían sido invadidas tras la segunda guerra mundial por las tropas rusas.

El entendimiento entre ambos personeros eclesiales fue casi instantáneo. Antes de cumplir tres años en su cargo como sumo pontífice, Juan Pablo II llamó a Roma a Ratzinger y lo puso al frente de la poderosa Congregación para la Doctrina de la Fe, entidad sucesora de la desprestigiada y superada institución del Santo Oficio.

A esas alturas, ya Ratzinger había abandonado sus balanceos progresistas y se había instalado en el campo que patrocinaba el papa Wojtyla: un catolicismo cerrado, duro y agresivo. Desde ahí enfrentó la corriente de la Teología de la Liberación.

Hombre de estudio, el cardenal alemán estuvo en la preparación del Catecismo de la Iglesia católica, un texto que le encargó Juan Pablo II y en el que cifraba grandes expectativas para poder frenar los análisis y las propuestas más liberales en doctrina y en moral. Otro de los textos más demostrativos de la involución doctrinal que afectaba a Ratzinger fue la carta papal Dominus Iesus (año 2000) en donde expresa la vieja teoría axiomática: “Fuera de la iglesia, no hay salvación”.

Al momento de la elección del sucesor del papa polaco, Ratzinger tenía el título y cargo de Decano del colegio de cardenales. Los 115 cardenales reunidos en el cónclave debieron escucharlo en la homilía del funeral de Juan Pablo II como también en la misa al comienzo del cónclave. En ambas ocasiones, Ratzinger aprovechó la circunstancia para hacer un llamado fuerte para conservar fidelidad doctrinal y para denunciar el clima de relativismo social y eclesial.

Dos días duró el cónclave, tiempo considerado sumamente breve para una elección de esa envergadura. Con este dato se indica que ya contaba con los votos del ala conservadora y los de los eternos indecisos que esperan los resultados de las mayorías para sumarse sin mayores complicaciones.

Ratzinger fue elegido contando setenta y ocho años de edad, el 19 de abril de 2005.

Tomó el nombre de Benedicto XVI. Se presentó a la multitud reunida en la plaza de San Pedro, como “un humilde servidor de la viña del Señor”.

¿Fue el hombre más indicado para esa hora del mundo y de la iglesia? Quizá, no.

La manoseada fórmula que asegura que al obispo de Roma lo elige el Espíritu Santo, es un puro slogan. Ciertamente que los creyentes afirmamos que nada se esconde a los ojos de Dios. Pero Dios actúa a través de mediaciones humanas. Su Espíritu suscita, inspira, motiva, promueve, ocasiona… Pero respeta las decisiones humanas. Las respeta y a veces también las aguanta.

En mundo áspero en donde la globalización abarca lo positivo y lo negativo de las conductas; en donde la mujer sigue buscando su legítimo espacio y lugar en la mesa social y eclesial; en donde los desafíos vienen desde el campo de la libertad sexual; en donde la prepotencia de los poderosos los convierte en dueños de los pueblos; en que la crisis de los valores en los que coincidimos creyentes y no creyentes se agudiza; en donde la agresividad de posturas mentales religiosas se convierte en lucha; en el avance notable de sectas de todo tipo que promueven una religión descomprometida viviendo una especie de nirvana celestial que los aleja de los problemas reales; en donde la preocupación eclesial se vuelve ad intra discutiendo nimiedades como el celibato clerical y normas de liturgia; en donde no se busca respuesta inteligente a la falta de vocaciones para el pastoreo; en donde se discute el valor de la misma vida… un Papa con el carácter, el estilo y las singularidades de Benedicto XVI quedaba totalmente desorientado. Sus respuestas ya no podían interesar en la mesa de las discusiones.

El Papa, demostrando su inteligencia, se dio cuenta que estaba superado. El golpe de gracia lo dio la comprobación de la traición de algunos de sus colaboradores que sacaron documentos privados de su propio escritorio, y los hechos criminales que empezaron a salir a la luz pública protagonizados por clérigos pederastas que acumularon sobre la iglesia las maldiciones de todos los bien nacidos.

Metido en un mundillo de ambiciones, abusos y deshonestidades que ensuciaban el rostro salvador de Cristo, el papa Ratzinger anunció que a partir del 28 de febrero dejaba su cargo señalando que “para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio es necesario el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que en los últimos meses ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”.

Un gesto que lo ennoblece. Benedicto XVI fue un hombre que debió asumir responsabilidades que le cargaron sobre las espaldas, sin él desearlo, ni aceptarlo en los entresijos de su corazón.

Ahora ha vuelto a su oración, a sus libros y a su piano.

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LA BARCA DE PEDRO. CAPÍTULO 1.

 

La frase pronunciada por el papa Juan Pablo II era una invitación perentoria, una orden, un mandato: “Rema mar adentro”. Veía a la iglesia católica soportando estoica el oleaje que rompe contra la roca. Había necesidad de entrar en las aguas para evitar sus sacudidas y convertirlas en balanceos.

Desde que cesaron las persecuciones que buscaban eliminar en la historia del mundo, primeramente al pequeño rebaño de seguidores de Jesús y después a esos mismos seguidores convertidos en una mayoría con poder, dinero y ambiciones, la barca de Pedro ha buscado balanceos que le hagan amable la vivencia de su fe en el mensaje cristiano.

Pienso que no era ésa la intención del papa polaco. Para él, remar mar adentro, era aventurarse a enfrentar nuevos desafíos. Juan Pablo II era un conquistador que ansiaba nuevos espacios para hacerlos sumisos al evangelio. Pero, aunque la frase es decidora, el Papa no sabía mucho de marinería. Su patria, Polonia, no tiene costas, ni mares, ni aires salinos. Tiene tierra, que ha sido invadida, saqueada, asesinada por las grandes ambiciones de estados más poderosos. Su flor nacional, la Margarita, es hermosa, pero frágil; el aciano alemán y la manzanilla rusa la pueden ahogar con su florecimiento abundante y agresivo.

EL POLACO.

Cuando  Karol Józef Wojtyła fe elegido obispo de Roma en 1978, la sociedad mundial se sorprendió. Se trataba de un hombre relativamente joven para asumir el pontificado (58 años), alguien proveniente del este europeo que quebraba la línea italiana de más de cuatrocientos años; un ex actor de teatro, un ex combatiente de la segunda guerra mundial, un teólogo que no estaba en primer plano entre los intelectuales de la fe, un hombre deportista que gustaba del atletismo y la natación, un animador de multitudes. Un hombre de fe, desde luego. De esa fe pueblerina del país más católico del mundo, una fe robustecida por la persecución. Al unirse a una organización clandestina opuesta al nazismo, trabajó por causas humanitarias; y poco después, al padecer el sometimiento de su patria al oso moscovita decidió ingresar al seminario para prepararse como pastor de su pueblo. En 1946 recibió la consagración sacerdotal.

Combinando sus clases de ética en la Universidad de Lublin con la labor directamente pastoral en parroquias obreras, fue ganando un nombre que fue reconocido por el Vaticano: a los 38 años fue designado obispo auxiliar de Cracovia y poco después asumió como arzobispo de esa importante sede. A los 47 años fue creado cardenal de la iglesia.

Su elección como obispo de Roma y sumo pontífice de la iglesia católica fue una sorpresa mundial. El cardenal polaco no estaba entre los nombres que barajaban los opinólogos vaticanistas.

Pero desde sus primeras actuaciones Juan Pablo II evidenció por dónde correrían las aguas: un fuerte apoyo a las doctrinas tradicionales, una apertura en el tema social, un empeño en recobrar para la iglesia la primacía en los conceptos que rigen la ordenanza mental y cordial en la sociedad. Desde luego, la defensa cerrada de una moral clásica y una sospecha permanente a todo lo que se saliera del molde teológico conocido. Nada de aventuras, como la modernización de las instituciones eclesiásticas o la aprobación de la teología de la liberación.

Amante del espectáculo, el Papa consideraba a los pueblos congregados para aclamarlo en sus visitas por el mundo, como un auditorio natural que debería escuchar sus palabras y ponerlas en práctica.

Pero, como alguien señaló, las gentes gustaban de la música (el espectáculo) pero no escuchaban la letra (el discurso doctrinal). Después de las multitudinarias concentraciones no quedaba sino el recuerdo de algo clamoroso. Era indudable su carisma personal y su empatía social, pero también su rigidez cerebral y su pensamiento conservador.

Esto hizo que su conducción eclesial la fuera centralizando en sus manos. Roma, el Vaticano en este caso, fue cercenando las atribuciones de los obispos en sus iglesias particulares. Todos los obispos empezaron a mirar a Roma antes de tomar determinaciones, antes de hacer declaraciones, incluso antes de pensar.

El papa polaco indudablemente marcó con su estilo a toda la comunidad eclesial. Nadie puede negar su obsesión por servir a la causa del evangelio según él lo entendía: convirtiendo a la iglesia en maestra del mundo, alguien que enseñaba, que pontificaba y que señalaba la línea divisoria entre el bien y el mal.

Aferrado a esa convicción, Juan Pablo II envejeció y su última etapa fue un ejemplo de fidelidad a sus responsabilidades pastorales pero también un ejemplo de tozudez. Era evidente que ya no estaba en capacidad de dirigir y así los segundones, crecidos en su ambición, empezaron a suplirlo en la conducción. El cardenal Angel Sodano es el ejemplo más palmario de ese estado de cosas.

Karol Józef Wojtyła se apagó un día, por ley de la condición humana, y dejó tras sí una iglesia a la que no pudo devolverle su título autoproclamado de “experta en humanidad”, precisamente porque quiso hacerla experta en santidad. Pero la santidad supone una base humana sólida, robusta, granítica. Eso no lo logró. Incluso más: hoy día se discute a cerca de su poca capacidad de respuesta ante abusos, escándalos y actuaciones miserables de personeros de iglesia, situaciones que debió conocer y no sancionó, o que simplemente no advirtió, quedando así culpable de ingenuidad o de disimulo.

Grande hombre el papa polaco. Grande en sus aciertos y en sus errores.

 

 

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las falencias de jesús

 

Trece años de cárcel, nueve de ellos en total aislamiento, derrumbaría hasta un gigante. Sin embargo, no logró quebrar a Francisco Javier Nguyen Van Thuan. En la prisión comprobó que el amor es creativo, y él amaba vivir, amaba su fe y amaba su patria. En esa situación, aunque tenía que cargar cadenas, conservó el corazón libre.

El cardenal vietnamita supo sacar bendición de aquello que para todo el mundo era maldición. Con unos alambres retorcidos se fabricó una figura de Cristo que le recordaba que él había padecido primero los manotazos de los hombres, se ganó la confianza de sus carceleros y pudo escribir tres libros aprovechando medios muy rudimentarios.

En uno de esos libros (“Testigos de esperanza”) reflexionó acerca de ciertos defectos que encontró en Jesús de Nazaret.

Esas falencias fueron: Jesús es un desmemoriado, no tiene idea de las matemáticas, no sabe emplear la lógica, no calcula los peligros y, finalmente, es un completo ignorante en las finanzas.

Jesús no tiene memoria.

Una sola prueba de esta aseveración: estando en la cruz, agonizando, escucha que uno de los ladrones que sufría el mismo suplicio, le pide que se acuerde él. Jesús se olvida de todas las picardías y robos de ese hombre y le asegura la vida eterna junto a él esa misma tarde.

Jesús no sabe matemáticas

En sus enseñanzas, Jesús empleaba el método de contar historias, poner ejemplos. Dijo un día que si un pastor tenía 100 ovejas y se le perdía una, dejaba en el redil las 99 y se iba en busca de la oveja perdida. Para él, una sola persona es equivalente a noventa y nueve. O sea, una ecuación que es rechazada de plano por todos los comerciantes del mundo.

Jesús no tiene lógica

También puso el ejemplo de una mujer que tenía diez monedas de mucho valor. Cuando se le extravió una, barrió toda la casa hasta encontrarla. Y cuando la tuvo de nuevo en su mano, invitó a todo el vecindario a hacer una fiesta. Una fiesta en la que gastaría mucho más que el valor de la moneda encontrada. Es decir, no hay lógica alguna en este ejemplo.

Jesús corre demasiados riesgos

Los seguidores de Jesús se han contagiado del marketing empresarial y de las planificaciones de los ejecutivos. Ellos piden asesores de planificación. Parroquias, congregaciones, comunidades, grupos pastorales…todos emplean horas y horas para proyectos, planes, objetivos, estrategias. Alguien dijo que al final de los tiempos, Jesús no encontraría a sus seguidores unidos, pero sí los encontraría reunidos… Jesús se lanzó no más con su propuesta del Reino de Dios. No hizo conciliaciones con los doctores de la ley, no buscó alianzas con los fariseos, no tuvo compromisos con los romanos. Lógicamente su proyecto fue un fracaso. Un líder que termine asesinado como un bandolero, entre dos ladrones, solo con su angustia, es un fracasado. El poder de Dios lo convirtió en un triunfador.

Jesús no entiende de finanzas ni de economía 

Si Jesús fuese el administrador de la empresa, de la comunidad, la ruina sería cuestión de días. ¿Como entender a un administrador que paga el mismo salario al que empieza el trabajo antes y al otro que sólo trabaja una hora? ¿Un descuido? ¿Jesús no sabe contar? …

¿Por qué Jesús tiene esas falencias? Porque es el Dios de la Misericordia y el Amor Encarnado. Dios Amor (cf. 1Jn 4,16). Por tanto, no es un amor racional, calculador, que condiciona, ni recuerda las ofensas recibidas. Sino un amor donación, servicio, misericordia, perdón, comprensión, acogida… ¿En qué medida? Infinita.

Las falencias de Jesús son el camino de la felicidad. Por eso, damos gracias a Dios. Para alegría y esperanza de la humanidad, esos defectos son incorregibles.

 

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Un galimatías: ¿SE POSEE O SE UTILIZA?

A mediados de enero 2017, la comunidad mapuche Mallekoche se ha instalado en un predio de Collipulli que en los papeles oficiales pertenece a la Orden Franciscana.

Los frailes de la Orden Seráfica han solicitado desalojo policial del terreno.

Los mapuche consideran que así están recuperando tierras que el Estado chileno les arrebató con engaños, alcohol y tropa armada, hace poco más de ciento veinte años.

Los franciscanos afirman que el sitio les pertenece. Extraña situación, porque la Orden religiosa fue iniciada por Francisco de Asís con una normativa clara de no poseer bienes en propiedad.

Sin embargo, las elucubraciones silogísticas y las ambiciones han dado cabida al reclamo.

Dicen que existe una diferenciación jurídica entre poseer y utilizar. Los franciscanos no poseen sino que utilizan. Así se ha dibujado el cuadro en que sin tener posesión, han ido acumulando bienes, casas, tierras, instrumentos…

Hoy día, se ha decretado “protección policial” para esos predios ya que el fiscal regional de La Araucanía considera un “delito flagrante” el hecho que los mapuche estén instalando unas veinte viviendas primarias junto al convento franciscano de San Leonardo, en Collipulli.

Los hijos de Francisco de Asís, que compartió su vida hasta con los lobos, no pueden compartir un terreno con los habitantes originales que empiezan a recuperar lo que les ha pertenecido desde que el mundo es mundo.

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¿Galgos o podencos?

Leo ciertas preocupaciones eclesiásticas que aparecen en la prensa y me acuerdo de los versos de Tomás de Iriarte, que finalizan así:

“Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo”.

 

Digo esto porque las informaciones emanadas de las curias oficiales (Vaticano, obispados, movimientos, congregaciones…) muchas veces descuidan lo importante y destacan minucias.

Estamos en una hora del mundo en que la iglesia debiera ser una voz profética y tener actitudes comprometidas con las grandes causas humanas:

  • con el tema de las migraciones en que miles y miles de desplazados por diversas causas andan buscando pan, techo y abrigo en este mundo.
  • Con el tema de la justicia en las relaciones internacionales y en las relaciones de los gobiernos de los estados y las bases ciudadanas.
  • Con el tema del compromiso de lucha por la dignidad de una mayoría (el mundo femenino) que aún no se posiciona del todo en la mesa de los pueblos, y de las minorías que buscan un espacio de reconocimiento social y eclesial: los indígenas, la diversidad sexual, la cultura juvenil, la reivindicación de las masas proletarias.
  • Con el tema de la ecología y de los atropellos a la naturaleza depredada por intereses de la gran industria: los mares, los bosques, las aguas, el aire, el hábitat natural de pueblos que están condenados a desaparecer por el avance de una modernidad dañina, violenta y abusadora.

 

No voy a repetir aquí lo que en forma más completa ha denunciado el papa Francisco en sus últimos documentos, asuntos que por lo demás han venido siendo denunciados por organizaciones ambientales y de defensa de la justicia, la paz y la creación. Generalmente coincide aquí el interés cristiano con los postulados defendidos por entidades no cristianas. Hay aquí un frente común que no debe ser desaprovechado para un análisis, un diálogo y una colaboración entre todos los que anhelan y creen que otro mundo es posible.

 

Y cuando se cree que todas las fuerzas están dirigidas a estos temas fundamentales para valorar la vida del planeta y de las gentes, resulta que la mayoría de las entidades eclesiales están discutiendo si son galgos o son podencos los que corren por el camino.

  • Que si pueden o no pueden acercarse a la eucaristía los divorciados;
  • que si pueden o no pueden ejercer el ministerio los curas que han contraído matrimonio;
  • que si las mujeres pueden o no pueden ejercer como diaconisas;
  • que si la edad de los niños para recibir la comunión debe ser desde los ocho, los diez o los doce años;
  • que si las charlas de preparación al bautismo deben ser tres o cuatro;
  • que si los cantos de los coros coinciden con la celebración litúrgica;
  • que si las homilías deben ser cortas o más extensas para poder catequizar; aunque a este respecto habrá que decir que la homilía es una cosa y la catequesis es otra. Además que ya se sabe que las homilías tienen tres tipos de conducta en la feligresía: los primeros cinco minutos se escuchan ideas; los siguientes cinco se escuchas palabras; los cinco siguientes se escuchan solamente ruidos…

 

¡Qué manera de perder la gran ocasión que se da domingo a domingo, para una comunicación dialogante de la Palabra bíblica que inspire una animación para los compromisos sociales, y una celebración fraterna en donde los abrazos son a veces más importantes que los rezos!

 

Y mientras el mundo social en el que vivimos los creyentes en Cristo liberador, se pone áspero para los pobres, se pone cruel para con los desplazados, se pone amenazante para los que se salen del sistema…¡muchas comunidades de fe siguen discutiendo si los otros son galgos o son podencos!

Hay que leer de nuevo la fábula de Tomás de Iriarte, que en nuestro caso…no es tanto fábula como certeza:

Por entre unas matas,
seguido de perros,
no diré corría,
volaba un conejo.
De su madriguera
salió un compañero
y le dijo: «Tente,
amigo, ¿qué es esto?»
«¿Qué ha de ser?», responde;
«sin aliento llego…;
dos pícaros galgos
me vienen siguiendo».
«Sí», replica el otro,
«por allí los veo,
pero no son galgos».
«¿Pues qué son?» «Podencos
«¿Qué? ¿podencos dices?
Sí, como mi abuelo.
Galgos y muy galgos;
bien vistos los tengo.»
«Son podencos, vaya,
que no entiendes de eso.»
«Son galgos, te digo.»
«Digo que podencos
En esta disputa
llegando los perros,
pillan descuidados
a mis dos conejos.
Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.

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LA FECHA DE LA NAVIDAD.

Miguel de Cervantes inventó al Quijote; Daniel Defoe inventó a Robinson Crusoe; Arthur Conan Doyle inventó a Sherlock Holmes. Juan Rulfo inventó a Pedro Páramo. ¿Fue también Jesús de Nazaret, un invento de sus primeros seguidores? Porque su presencia histórica está definida por creencias religiosas.
Todo lo que sabemos de él proviene de lo que han contado sus discípulos, interesados en darlo a conocer. ¿Tiene Jesús de Nazaret existencia real o es un mito religioso?
Hay al menos un dato “neutro”, es decir de un historiador que no era cristiano y que le reconoce existencia: Flavio Josefo. Su testimonio se vuelve importante a la hora de clarificar el asunto.
Al Jesús verdadero hay que rescatarlo a través de las fuentes que están demasiado teñidas por la adhesión de sus discípulos y seguidores. Los datos que entregan los evangelios son relatos para animar la fe de las comunidades, no son crónicas históricas ni investigaciones de eruditos.
De los cuatro evangelistas solamente dos (Mateo y Lucas) hacen referencia al nacimiento de Jesús. Y en ambos se trata de una construcción catequética armada para animar la fe de las primeras comunidades.
Ningún cronista fue testigo de ese hecho. Pero se armó todo un escenario para hacer coincidir el cumplimiento de antiguas profecías: María, que es el nombre de una joven doncella, tiene un bebé al que su esposo José le pondrá el nombre de Emmanuel (“Dios con nosotros”) y que a través de su padre entronca con la dinastía del rey David.
Los relatos bíblicos presentan una serie de datos, a veces contradictorios.
Uno de estos datos es la escena del nacimiento. La devoción popular ha construido la pesebrera, un nacimiento en solitario, un anuncio alegre de ángeles, unos reyes que peregrinan desde el oriente, unos pastores y unos corderos que aportan la visión bucólica, una estrella que brila más que las otras…Y la liturgia de la iglesia le ha puesto una fecha: 25 de diciembre.
Pero Jesús ¿nació ese día? Desde luego que no. No se sabe la fecha exacta. Incluso, dada la cronología de nuestra cultura occidental, puede ser que Jesús haya nacido…¡seis o siete años antes de Cristo! El actual calendario tuvo una serie de tropiezos cuando el papa Gregorio XIII sustituyó el antiguo calendario Juliano en 1582. En esa ocasión, de un solo plumazo le quitó diez días al año y el mundo pasó del jueves 4 de octubre al viernes 15 de octubre.
Al acomodar las fechas litúrgicas, la navidad quedó establecida: se puso la fecha del 25 de diciembre ya que era la fecha de la celebración de una fiesta folklórica del imperio romano: “el día del Sol Invicto”. Se trataba de una celebración pagna que el emperador Aureliano había traído desde el Oriente.
Para los cristianos fue celebrar a Jesús como el nuevo sol invencible que derrotaba todas las tinieblas del mundo.
Desde luego esa fecha se daba de bofetadas con los datos del evangelio. A mitad de diciembre no podía haber pastores que guardaban rebaños a la intemperie (lucas 2,8) ni tampoco peregrinos que alojaran en pesebreras.
Los estudiosos aseguran que Jesús no pudo nacer en pleno invierno de Palestina.
Total, la fecha no viene a tener importancia, sino el hecho de haber nacido Jesús, El Cristo.
Han pasado más de dos mil años. Hoy día, en nuestra cristiana sociedad occidental, su nacimiento tampoco tiene importancia. La salvación no viene desde Belén, sino de China, la orientación de la sociedad mundial no viene de Nazaret sino de Washington, el futuro no está en las luchas de liberación sino en las tecnologías.
Los comercios se engalanan con luces de farándula, las familias arman pinos de plástico, la gente corre desesperada para adquirir ofertas que la endeuda por meses y meses.
La gente se abraza en las calles y se envían saludos por la navidad. Se bebe champán en las casas burguesas y vino tinto o cerveza en las proletarias.
¡Qué bueno que llegó la navidad! Papá Noel desciende con su bolsa de engañiflas, su risa de oso, su traje color de la coca-cola. Todos esperamos algún regalo.
Mientras tanto, el gran regalo que ha hecho Dios a la humanidad, Jesús el liberador, es acunado en los brazos de una mujer del pueblo, cuidado por un carpintero, olvidado entre tanta faramalla comercial.
Entonces uno toma el evangelio de Juan y lee: “Vino a los que eran suyos, y los suyos no lo recibieron”.

¿No será Jesús el gran ausente en las celebraciones de navidad en el mundo cristiano?

¿No nos pasará como a los pastores que cuidaban rebaños en la noche de Belén, que al verse iluminados tuvieron miedo? Es extraño que el primer anuncio de la liberación sea: “No tengan miedo”.

¿Nos da miedo la luz? ¿Nos da miedo la libertad? Porque la luz nos hace descubrir lo que se esconde en las oscuridades de nuestra vida personal y social. La libertad nos hace capaces de discernir y de elegir, y en esta sociedad del consumo, ya estamos acostumbrados a recibir mensajes que son como órdenes: ¡Haga esto! ¡Compre aquí! ¡No piense más!

Que al menos para nosotros la navidad sea liberación. Contra un cristiano libre nada podrán las propagandas. Para un cristiano sumiso, todas las mentiras del mundo lo tendrán como esclavo.

Elijamos bien. Feliz Navidad.

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NAVIDAD DESCREMADA.

Nuestra modernidad tecnológica (mucho de tecno y poco de lógica) ha inventado lo que parecía imposible: cerveza sin alcohol, café sin cafeína, fotografías sin papel, telefonía sin cableado…Navidad sin Jesús.

Se cumple así a lo largo de la historia lo señalado en el evangelio: “no había sitio para él” en la sociedad de su tiempo. Ni de ahora.

Las primeras comunidades cristianas celebraban el nacimiento de Cristo y guardaban con fervor la memoria de un niño proletario, hijo de María y de José, una pareja obrera de una localidad marginal de un territorio apartado de los centros de poder del imperio romano. Un niño que, al crecer, tomaría la bandera de redención que anunciaba Juan el bautizador del río Jordán: el rompimiento de las cadenas empezaría dentro de cada corazón y se manifiestaría en obras de vida para la humanidad.

Ese nacimiento cambió la historia de gran parte del mundo. Con el paso del tiempo ese acontecimiento ha ido perdiendo su vigor y conserva solamente parte de su encanto.

Hoy día se celebra una navidad descremada. No viene de Belén, viene de China o de USA. El niño ya no es tal sino un viejo gordo, barbón que lleva una bolsa enorme de “regalos” (en realidad no regala nada sino que vende), que se viste con los colores de la coca-cola, que ha desplazado del pesebre al niño y se ha instalado allí con toda su oferta de mercadería.

La navidad nos introduce en un clima de locura. Pero no es por el nacimiento de Jesús, sino por la parafernalia propia de la sociedad comercial y por la debilidad de las iglesias cristianas para defender lo que era suyo y que se prostituyó socialmente.

En muchos hogares de occidente se mantiene aún el diminuto pesebre hecho con monitos traídos desde China. No puede faltar tampoco el pino adornado de luces y pequeños obsequios y, en el hemisferio sur, con motitas de algodón para simular la nieve.

Evidentemente todo es falso: no existe tal nieve en el relato bíblico, sino que, al contrario, indica que era tiempo de verano en Israel; no existe la bondad idílica de unos pastores ya que los pastores eran considerados unos tipos agresivos, ladrones y aprovechadores en esos tiempos ásperos. No existen ni el burro y el buey ya que fueron inventados por san Francisco de Asís en el siglo XIII.

Lo que sí existe para los creyentes cristianos es el hecho de que Dios se manifestó en la humanidad de Jesús, y que su persona y su mensaje son indicadores que el rompimiento de las cadenas que nos impiden ser humanos, es posible.

Pero ahora se trata de una festividad más comercial que religiosa. Una navidad sin Jesús pero con abundancia de pan de pascua y con ansiedad de compras y ventas de artículos que dejan a las familias eudeudadas por meses y años.

En templos y capillas habrá más gente que habitualmente, porque muchos alejados sienten que al menos una vez al año hay que acercarse a los cultos que conocieron cuando pequeños y abandonaron cuando crecieron.

Al anochecer se celebrará la misa del gallo. Yo creo que se llama así porque ahí aparecen “los gallos” que no van nunca al templo.

Pero, en fin; descremada y todo es una fecha festiva que nos recuerda lo mejor de nosotros mismos y nos ofrece la oportunidad de abrazarnos: con la familia, con el vecindario, con las amistades. No olvidemos de abrazarnos a nosotros mismos. Se trata de perdonarnos y de nacer de nuevo. Se trata de una terapia que la liturgia nos ofrece una vez al año. Ojalá la aprovechemos.

 

 

 

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La liturgia de la muerte

Parodiando a Vicente Fernández cuanto canta “Volver, volver, volver…” las cenizas del Comandante van a recorrer la Isla, desde La Habana a Sierra Maestra. Será en medio de un homenaje popular. Será en medio del aprecio de los que le agradecen en su propia patria, y del desprecio de lo que lo culpan de su exilio, en Miami y otras partes del mundo.

Lamento esa exposición masiva de lo que queda de un hombre, un verdadero hombre, metido ahora dentro de una botella.

En los discursos se ha repetido el deseo de que descanse en paz. Pero esto se desmiente con esta peregrinación teñida de espectáculo, de admiración y de beatería atea. Se trata de un rito religioso inoculado en las arterias del fanatismo.

Es lo mismo que ha pasado con el brazo de Teresa de Avila, con parte del cráneo de Clara de Asís, con un tubito con sangre de Juan Pablo II, con una mano de Don Bosco…

De mujeres y varones que han hecho historia, que han construido ciudadanía, que han sido estímulos para sus comunidades, debe quedar la voz, el ejemplo, las indicaciones para el camino. Debe quedar el paradigma que ha dejado un mundo mejor de aquel que encontraron; porque le aportaron dignidad, solidaridad, libertad, alegría, servicio en todas sus necesidades.

Todo lo demás va a la tumba. O al mar o las montañas.

Y mientras aquí en este redondo mundo perdemos el tiempo discutiendo sobre su legado, Dios, madre y padre en cuanto creador, los abraza y los corona con la vida que no termina.

 

 

 

 

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Se busca arzobispo para ciudad importante.

Catorce años y algunos meses es el promedio de tiempo que los doce arzobispos que recuerda la historia han servido la sede arzobispal de Santiago de Chile.

Es interesante conocer ciertas cifras que quedan para las estadísticas: han sido 175 años (1840-2015), que comienzan con el nombramiento de Manuel Vicuña Larraín, cura del clero de Santiago. De ese mismo origen fueron los sucesores por cien años: Rafael Valentín Valdivieso, Mariano Casanova, Juan Ignacio González, Crescente Errázuriz y José Horacio Campillo. Todos ellos asumieron como arzobispos directamente desde la base, sin haber tenido cargo episcopal anteriormente, aparte de Juan Ignacio González que fue por poco tiempo obispo auxiliar en la capital de Chile. Todos ellos pertenecientes a familias de la burguesía. Todos ellos formados en el seminario pontificio conciliar. Todos ellos con una marca personal que aportaron a la tarea pastoral: Valdivieso, Casanova y Crescente Errázuriz, como hombres de pluma afilada que ocupaban como cimitarra en las luchas apologéticas; Vicuña, González y Campillo como pastores ocupados más de consolar que de pontificar.

Esta línea tuvo un cambio con la llegada de José María Caro al arzobispado, en 1939. Había pertenecido también al clero de Santiago, pero desde hacía muchos años estaba lejos de la capital, pastoreando comunidades en el norte. De hecho fue el primer arzobispo trasladado desde otra sede, en este caso desde La Serena. Con él comienza la serie de cardenales chilenos. Rompió también la génesis burguesa pues pertenecía a una sencilla familia campesina aunque ligada al partido conservador.

El sucesor fue un golpe a la cátedra: un salesiano que hacía un par de años ejercía como obispo de Valparaíso: don Raúl Silva Henríquez, el primer religioso arzobispo de Santiago. Al finalizar su período, el sucesor llegó nuevamente desde La Serena: don Juan Francisco Fresno Larraín. El siguiente vino igualmente desde el norte, esta vez Antofagasta, el religioso mercedario Carlos Oviedo Cavada. A su renuncia por enfermedad, se designó desde Roma, donde había trabajado varios años después de haber vivido en Alemania un largo período, a don Francisco Javier Errázuriz, perteneciente al Instituto de Schoënsttat. En Roma había conocido a don Ricardo Ezzati, con quien trabajó en dicasterios vaticanos y con quien lo unió una amistad segura. Ezzati, religioso salesiano, fue el delfín por quien se jugó Errázuriz promoviéndolo al obispado de Valdivia, y a quien pidió unos años después ser su auxiliar en Santiago. No es habitual en las carreras eclesiásticas que el obispo de una sede, pase a ser obispo auxiliar de otra sede, lo que indica el grado de confianza y de cercanía entre ambos prelados. Con este nombramiento quedó a la espera de un ascenso mejor y así fue que pasó a ser arzobispo de Concepción. Al finalizar Errázuriz su período, vio como resultado de sus movidas que Ezzati era su sucesor en Santiago.

Así el origen inmediato de los doce arzobispos se puede resumir en: seis surgidos del clero secular de Santiago. Dos trasladados desde La Serena, dos desde Valparaíso, uno desde Antofagasta y uno desde Concepción. De todos ellos, solamente cuatro pertenecientes a institutos religiosos.

En enero de 2017 debe presentar su renuncia a causa de la edad, el actual arzobispo Ricardo Ezzati. Ciertas voces rumorean a Fernando Chomalí, del clero secular de Santiago y actual arzobispo de Concepción como el sucesor natural. Se trata de un hombre de buena edad (59), ingeniero civil, con doctorado en teología, master en bioética, buen comunicador, con capacidades de conductor y habitual en las páginas de El Mercurio.

Pero no hay que olvidar que con un Nuncio enigmático como Ivo Scapolo todo puede pasar. Hay obispos que han escalado posiciones y tienen padrinos, algunos dentro de la esfera de relaciones del presbítero chileno Ramón Bravo quien se maneja en Roma como en su Andacollo natal. Su poder de influencias es notorio y enlaza a unos cuantos cardenales influyentes en la curia romana, especialmente a los del círculo de Sodano y Bertone. Se supone que en esta etapa de Francisco ha perdido un tanto de protagonismo.

En la lógica prudencial de la normalidad los arzobispos estarían en primera línea para asumir la mitra santiaguina. Pero el de Antofagasta, Pablo Lizama, quien hubiera sido un buen pastor para la capital ya presentó su renuncia por motivos de edad, y el de Puerto Montt, Cristian Caro, ya es septuagenario. Queda el de La Serena, René Rebolledo, quien lleva solamente tres años como arzobispo de esa iglesia. En esa lógica Chomalí tendría el camino despejado.

Pero…siempre hay un pero. Las movidas del nuncio apostólico son impredecibles. Así como en Copiapó, cuando el clero de allí esperaba que uno de los suyos asumiera la conducción de la iglesia atacameña, llegó como pastor un español, además religioso y de remate ya septuagenario. O como en Osorno, donde aún se mantiene en la cuerda floja el obispo Juan Barros quien ya ha pasado sin dejar marca por tres obispados y que es cuestionado por su pertenencia al grupo de El Bosque, fiel al cura Karadima, icono de la delincuencia clerical en el país.

El nuncio Scapolo, como su apellido lo indica, no se casa con nadie. Teje sus hilos y va sacando de la manga sus propuestas que no son cuestionadas por Roma. Tiene experiencia diplomática, tanto por ser “hijo” de Angelo Sodano como por su tarea de Nuncio en Bolivia, en Ruanda y sus cinco años en Chile.

En estos cinco años ha realizado un trabajo silencioso pero que ha repercutido en la estantería eclesial del país ya que en ese relativo corto tiempo ha promovido seis nuevos obispos (Aós, Atisha, Blanco, Concha, Ramos y Galo Fernández) y ha cambiado de sede a otros seis (Rebolledo, Silva, Vera, Vargas, Contreras Villarroel y Juan Barros).

El resultado de todo esto es que cualquier cosa puede suceder en el arzobispado de Santiago de Chile a partir de enero de 2017.

Y mientras el sistema de elección de obispos sea un secretismo vaticano, el pueblo católico, mira, acepta sumiso y aplaudirá al pastor que le llegue sin hacer preguntas.

 

 

 

 

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