Un galimatías: ¿SE POSEE O SE UTILIZA?

A mediados de enero 2017, la comunidad mapuche Mallekoche se ha instalado en un predio de Collipulli que en los papeles oficiales pertenece a la Orden Franciscana.

Los frailes de la Orden Seráfica han solicitado desalojo policial del terreno.

Los mapuche consideran que así están recuperando tierras que el Estado chileno les arrebató con engaños, alcohol y tropa armada, hace poco más de ciento veinte años.

Los franciscanos afirman que el sitio les pertenece. Extraña situación, porque la Orden religiosa fue iniciada por Francisco de Asís con una normativa clara de no poseer bienes en propiedad.

Sin embargo, las elucubraciones silogísticas y las ambiciones han dado cabida al reclamo.

Dicen que existe una diferenciación jurídica entre poseer y utilizar. Los franciscanos no poseen sino que utilizan. Así se ha dibujado el cuadro en que sin tener posesión, han ido acumulando bienes, casas, tierras, instrumentos…

Hoy día, se ha decretado “protección policial” para esos predios ya que el fiscal regional de La Araucanía considera un “delito flagrante” el hecho que los mapuche estén instalando unas veinte viviendas primarias junto al convento franciscano de San Leonardo, en Collipulli.

Los hijos de Francisco de Asís, que compartió su vida hasta con los lobos, no pueden compartir un terreno con los habitantes originales que empiezan a recuperar lo que les ha pertenecido desde que el mundo es mundo.

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¿Galgos o podencos?

Leo ciertas preocupaciones eclesiásticas que aparecen en la prensa y me acuerdo de los versos de Tomás de Iriarte, que finalizan así:

“Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo”.

 

Digo esto porque las informaciones emanadas de las curias oficiales (Vaticano, obispados, movimientos, congregaciones…) muchas veces descuidan lo importante y destacan minucias.

Estamos en una hora del mundo en que la iglesia debiera ser una voz profética y tener actitudes comprometidas con las grandes causas humanas:

  • con el tema de las migraciones en que miles y miles de desplazados por diversas causas andan buscando pan, techo y abrigo en este mundo.
  • Con el tema de la justicia en las relaciones internacionales y en las relaciones de los gobiernos de los estados y las bases ciudadanas.
  • Con el tema del compromiso de lucha por la dignidad de una mayoría (el mundo femenino) que aún no se posiciona del todo en la mesa de los pueblos, y de las minorías que buscan un espacio de reconocimiento social y eclesial: los indígenas, la diversidad sexual, la cultura juvenil, la reivindicación de las masas proletarias.
  • Con el tema de la ecología y de los atropellos a la naturaleza depredada por intereses de la gran industria: los mares, los bosques, las aguas, el aire, el hábitat natural de pueblos que están condenados a desaparecer por el avance de una modernidad dañina, violenta y abusadora.

 

No voy a repetir aquí lo que en forma más completa ha denunciado el papa Francisco en sus últimos documentos, asuntos que por lo demás han venido siendo denunciados por organizaciones ambientales y de defensa de la justicia, la paz y la creación. Generalmente coincide aquí el interés cristiano con los postulados defendidos por entidades no cristianas. Hay aquí un frente común que no debe ser desaprovechado para un análisis, un diálogo y una colaboración entre todos los que anhelan y creen que otro mundo es posible.

 

Y cuando se cree que todas las fuerzas están dirigidas a estos temas fundamentales para valorar la vida del planeta y de las gentes, resulta que la mayoría de las entidades eclesiales están discutiendo si son galgos o son podencos los que corren por el camino.

  • Que si pueden o no pueden acercarse a la eucaristía los divorciados;
  • que si pueden o no pueden ejercer el ministerio los curas que han contraído matrimonio;
  • que si las mujeres pueden o no pueden ejercer como diaconisas;
  • que si la edad de los niños para recibir la comunión debe ser desde los ocho, los diez o los doce años;
  • que si las charlas de preparación al bautismo deben ser tres o cuatro;
  • que si los cantos de los coros coinciden con la celebración litúrgica;
  • que si las homilías deben ser cortas o más extensas para poder catequizar; aunque a este respecto habrá que decir que la homilía es una cosa y la catequesis es otra. Además que ya se sabe que las homilías tienen tres tipos de conducta en la feligresía: los primeros cinco minutos se escuchan ideas; los siguientes cinco se escuchas palabras; los cinco siguientes se escuchan solamente ruidos…

 

¡Qué manera de perder la gran ocasión que se da domingo a domingo, para una comunicación dialogante de la Palabra bíblica que inspire una animación para los compromisos sociales, y una celebración fraterna en donde los abrazos son a veces más importantes que los rezos!

 

Y mientras el mundo social en el que vivimos los creyentes en Cristo liberador, se pone áspero para los pobres, se pone cruel para con los desplazados, se pone amenazante para los que se salen del sistema…¡muchas comunidades de fe siguen discutiendo si los otros son galgos o son podencos!

Hay que leer de nuevo la fábula de Tomás de Iriarte, que en nuestro caso…no es tanto fábula como certeza:

Por entre unas matas,
seguido de perros,
no diré corría,
volaba un conejo.
De su madriguera
salió un compañero
y le dijo: «Tente,
amigo, ¿qué es esto?»
«¿Qué ha de ser?», responde;
«sin aliento llego…;
dos pícaros galgos
me vienen siguiendo».
«Sí», replica el otro,
«por allí los veo,
pero no son galgos».
«¿Pues qué son?» «Podencos
«¿Qué? ¿podencos dices?
Sí, como mi abuelo.
Galgos y muy galgos;
bien vistos los tengo.»
«Son podencos, vaya,
que no entiendes de eso.»
«Son galgos, te digo.»
«Digo que podencos
En esta disputa
llegando los perros,
pillan descuidados
a mis dos conejos.
Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.

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LA FECHA DE LA NAVIDAD.

Miguel de Cervantes inventó al Quijote; Daniel Defoe inventó a Robinson Crusoe; Arthur Conan Doyle inventó a Sherlock Holmes. Juan Rulfo inventó a Pedro Páramo. ¿Fue también Jesús de Nazaret, un invento de sus primeros seguidores? Porque su presencia histórica está definida por creencias religiosas.
Todo lo que sabemos de él proviene de lo que han contado sus discípulos, interesados en darlo a conocer. ¿Tiene Jesús de Nazaret existencia real o es un mito religioso?
Hay al menos un dato “neutro”, es decir de un historiador que no era cristiano y que le reconoce existencia: Flavio Josefo. Su testimonio se vuelve importante a la hora de clarificar el asunto.
Al Jesús verdadero hay que rescatarlo a través de las fuentes que están demasiado teñidas por la adhesión de sus discípulos y seguidores. Los datos que entregan los evangelios son relatos para animar la fe de las comunidades, no son crónicas históricas ni investigaciones de eruditos.
De los cuatro evangelistas solamente dos (Mateo y Lucas) hacen referencia al nacimiento de Jesús. Y en ambos se trata de una construcción catequética armada para animar la fe de las primeras comunidades.
Ningún cronista fue testigo de ese hecho. Pero se armó todo un escenario para hacer coincidir el cumplimiento de antiguas profecías: María, que es el nombre de una joven doncella, tiene un bebé al que su esposo José le pondrá el nombre de Emmanuel (“Dios con nosotros”) y que a través de su padre entronca con la dinastía del rey David.
Los relatos bíblicos presentan una serie de datos, a veces contradictorios.
Uno de estos datos es la escena del nacimiento. La devoción popular ha construido la pesebrera, un nacimiento en solitario, un anuncio alegre de ángeles, unos reyes que peregrinan desde el oriente, unos pastores y unos corderos que aportan la visión bucólica, una estrella que brila más que las otras…Y la liturgia de la iglesia le ha puesto una fecha: 25 de diciembre.
Pero Jesús ¿nació ese día? Desde luego que no. No se sabe la fecha exacta. Incluso, dada la cronología de nuestra cultura occidental, puede ser que Jesús haya nacido…¡seis o siete años antes de Cristo! El actual calendario tuvo una serie de tropiezos cuando el papa Gregorio XIII sustituyó el antiguo calendario Juliano en 1582. En esa ocasión, de un solo plumazo le quitó diez días al año y el mundo pasó del jueves 4 de octubre al viernes 15 de octubre.
Al acomodar las fechas litúrgicas, la navidad quedó establecida: se puso la fecha del 25 de diciembre ya que era la fecha de la celebración de una fiesta folklórica del imperio romano: “el día del Sol Invicto”. Se trataba de una celebración pagna que el emperador Aureliano había traído desde el Oriente.
Para los cristianos fue celebrar a Jesús como el nuevo sol invencible que derrotaba todas las tinieblas del mundo.
Desde luego esa fecha se daba de bofetadas con los datos del evangelio. A mitad de diciembre no podía haber pastores que guardaban rebaños a la intemperie (lucas 2,8) ni tampoco peregrinos que alojaran en pesebreras.
Los estudiosos aseguran que Jesús no pudo nacer en pleno invierno de Palestina.
Total, la fecha no viene a tener importancia, sino el hecho de haber nacido Jesús, El Cristo.
Han pasado más de dos mil años. Hoy día, en nuestra cristiana sociedad occidental, su nacimiento tampoco tiene importancia. La salvación no viene desde Belén, sino de China, la orientación de la sociedad mundial no viene de Nazaret sino de Washington, el futuro no está en las luchas de liberación sino en las tecnologías.
Los comercios se engalanan con luces de farándula, las familias arman pinos de plástico, la gente corre desesperada para adquirir ofertas que la endeuda por meses y meses.
La gente se abraza en las calles y se envían saludos por la navidad. Se bebe champán en las casas burguesas y vino tinto o cerveza en las proletarias.
¡Qué bueno que llegó la navidad! Papá Noel desciende con su bolsa de engañiflas, su risa de oso, su traje color de la coca-cola. Todos esperamos algún regalo.
Mientras tanto, el gran regalo que ha hecho Dios a la humanidad, Jesús el liberador, es acunado en los brazos de una mujer del pueblo, cuidado por un carpintero, olvidado entre tanta faramalla comercial.
Entonces uno toma el evangelio de Juan y lee: “Vino a los que eran suyos, y los suyos no lo recibieron”.

¿No será Jesús el gran ausente en las celebraciones de navidad en el mundo cristiano?

¿No nos pasará como a los pastores que cuidaban rebaños en la noche de Belén, que al verse iluminados tuvieron miedo? Es extraño que el primer anuncio de la liberación sea: “No tengan miedo”.

¿Nos da miedo la luz? ¿Nos da miedo la libertad? Porque la luz nos hace descubrir lo que se esconde en las oscuridades de nuestra vida personal y social. La libertad nos hace capaces de discernir y de elegir, y en esta sociedad del consumo, ya estamos acostumbrados a recibir mensajes que son como órdenes: ¡Haga esto! ¡Compre aquí! ¡No piense más!

Que al menos para nosotros la navidad sea liberación. Contra un cristiano libre nada podrán las propagandas. Para un cristiano sumiso, todas las mentiras del mundo lo tendrán como esclavo.

Elijamos bien. Feliz Navidad.

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NAVIDAD DESCREMADA.

Nuestra modernidad tecnológica (mucho de tecno y poco de lógica) ha inventado lo que parecía imposible: cerveza sin alcohol, café sin cafeína, fotografías sin papel, telefonía sin cableado…Navidad sin Jesús.

Se cumple así a lo largo de la historia lo señalado en el evangelio: “no había sitio para él” en la sociedad de su tiempo. Ni de ahora.

Las primeras comunidades cristianas celebraban el nacimiento de Cristo y guardaban con fervor la memoria de un niño proletario, hijo de María y de José, una pareja obrera de una localidad marginal de un territorio apartado de los centros de poder del imperio romano. Un niño que, al crecer, tomaría la bandera de redención que anunciaba Juan el bautizador del río Jordán: el rompimiento de las cadenas empezaría dentro de cada corazón y se manifiestaría en obras de vida para la humanidad.

Ese nacimiento cambió la historia de gran parte del mundo. Con el paso del tiempo ese acontecimiento ha ido perdiendo su vigor y conserva solamente parte de su encanto.

Hoy día se celebra una navidad descremada. No viene de Belén, viene de China o de USA. El niño ya no es tal sino un viejo gordo, barbón que lleva una bolsa enorme de “regalos” (en realidad no regala nada sino que vende), que se viste con los colores de la coca-cola, que ha desplazado del pesebre al niño y se ha instalado allí con toda su oferta de mercadería.

La navidad nos introduce en un clima de locura. Pero no es por el nacimiento de Jesús, sino por la parafernalia propia de la sociedad comercial y por la debilidad de las iglesias cristianas para defender lo que era suyo y que se prostituyó socialmente.

En muchos hogares de occidente se mantiene aún el diminuto pesebre hecho con monitos traídos desde China. No puede faltar tampoco el pino adornado de luces y pequeños obsequios y, en el hemisferio sur, con motitas de algodón para simular la nieve.

Evidentemente todo es falso: no existe tal nieve en el relato bíblico, sino que, al contrario, indica que era tiempo de verano en Israel; no existe la bondad idílica de unos pastores ya que los pastores eran considerados unos tipos agresivos, ladrones y aprovechadores en esos tiempos ásperos. No existen ni el burro y el buey ya que fueron inventados por san Francisco de Asís en el siglo XIII.

Lo que sí existe para los creyentes cristianos es el hecho de que Dios se manifestó en la humanidad de Jesús, y que su persona y su mensaje son indicadores que el rompimiento de las cadenas que nos impiden ser humanos, es posible.

Pero ahora se trata de una festividad más comercial que religiosa. Una navidad sin Jesús pero con abundancia de pan de pascua y con ansiedad de compras y ventas de artículos que dejan a las familias eudeudadas por meses y años.

En templos y capillas habrá más gente que habitualmente, porque muchos alejados sienten que al menos una vez al año hay que acercarse a los cultos que conocieron cuando pequeños y abandonaron cuando crecieron.

Al anochecer se celebrará la misa del gallo. Yo creo que se llama así porque ahí aparecen “los gallos” que no van nunca al templo.

Pero, en fin; descremada y todo es una fecha festiva que nos recuerda lo mejor de nosotros mismos y nos ofrece la oportunidad de abrazarnos: con la familia, con el vecindario, con las amistades. No olvidemos de abrazarnos a nosotros mismos. Se trata de perdonarnos y de nacer de nuevo. Se trata de una terapia que la liturgia nos ofrece una vez al año. Ojalá la aprovechemos.

 

 

 

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La liturgia de la muerte

Parodiando a Vicente Fernández cuanto canta “Volver, volver, volver…” las cenizas del Comandante van a recorrer la Isla, desde La Habana a Sierra Maestra. Será en medio de un homenaje popular. Será en medio del aprecio de los que le agradecen en su propia patria, y del desprecio de lo que lo culpan de su exilio, en Miami y otras partes del mundo.

Lamento esa exposición masiva de lo que queda de un hombre, un verdadero hombre, metido ahora dentro de una botella.

En los discursos se ha repetido el deseo de que descanse en paz. Pero esto se desmiente con esta peregrinación teñida de espectáculo, de admiración y de beatería atea. Se trata de un rito religioso inoculado en las arterias del fanatismo.

Es lo mismo que ha pasado con el brazo de Teresa de Avila, con parte del cráneo de Clara de Asís, con un tubito con sangre de Juan Pablo II, con una mano de Don Bosco…

De mujeres y varones que han hecho historia, que han construido ciudadanía, que han sido estímulos para sus comunidades, debe quedar la voz, el ejemplo, las indicaciones para el camino. Debe quedar el paradigma que ha dejado un mundo mejor de aquel que encontraron; porque le aportaron dignidad, solidaridad, libertad, alegría, servicio en todas sus necesidades.

Todo lo demás va a la tumba. O al mar o las montañas.

Y mientras aquí en este redondo mundo perdemos el tiempo discutiendo sobre su legado, Dios, madre y padre en cuanto creador, los abraza y los corona con la vida que no termina.

 

 

 

 

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Se busca arzobispo para ciudad importante.

Catorce años y algunos meses es el promedio de tiempo que los doce arzobispos que recuerda la historia han servido la sede arzobispal de Santiago de Chile.

Es interesante conocer ciertas cifras que quedan para las estadísticas: han sido 175 años (1840-2015), que comienzan con el nombramiento de Manuel Vicuña Larraín, cura del clero de Santiago. De ese mismo origen fueron los sucesores por cien años: Rafael Valentín Valdivieso, Mariano Casanova, Juan Ignacio González, Crescente Errázuriz y José Horacio Campillo. Todos ellos asumieron como arzobispos directamente desde la base, sin haber tenido cargo episcopal anteriormente, aparte de Juan Ignacio González que fue por poco tiempo obispo auxiliar en la capital de Chile. Todos ellos pertenecientes a familias de la burguesía. Todos ellos formados en el seminario pontificio conciliar. Todos ellos con una marca personal que aportaron a la tarea pastoral: Valdivieso, Casanova y Crescente Errázuriz, como hombres de pluma afilada que ocupaban como cimitarra en las luchas apologéticas; Vicuña, González y Campillo como pastores ocupados más de consolar que de pontificar.

Esta línea tuvo un cambio con la llegada de José María Caro al arzobispado, en 1939. Había pertenecido también al clero de Santiago, pero desde hacía muchos años estaba lejos de la capital, pastoreando comunidades en el norte. De hecho fue el primer arzobispo trasladado desde otra sede, en este caso desde La Serena. Con él comienza la serie de cardenales chilenos. Rompió también la génesis burguesa pues pertenecía a una sencilla familia campesina aunque ligada al partido conservador.

El sucesor fue un golpe a la cátedra: un salesiano que hacía un par de años ejercía como obispo de Valparaíso: don Raúl Silva Henríquez, el primer religioso arzobispo de Santiago. Al finalizar su período, el sucesor llegó nuevamente desde La Serena: don Juan Francisco Fresno Larraín. El siguiente vino igualmente desde el norte, esta vez Antofagasta, el religioso mercedario Carlos Oviedo Cavada. A su renuncia por enfermedad, se designó desde Roma, donde había trabajado varios años después de haber vivido en Alemania un largo período, a don Francisco Javier Errázuriz, perteneciente al Instituto de Schoënsttat. En Roma había conocido a don Ricardo Ezzati, con quien trabajó en dicasterios vaticanos y con quien lo unió una amistad segura. Ezzati, religioso salesiano, fue el delfín por quien se jugó Errázuriz promoviéndolo al obispado de Valdivia, y a quien pidió unos años después ser su auxiliar en Santiago. No es habitual en las carreras eclesiásticas que el obispo de una sede, pase a ser obispo auxiliar de otra sede, lo que indica el grado de confianza y de cercanía entre ambos prelados. Con este nombramiento quedó a la espera de un ascenso mejor y así fue que pasó a ser arzobispo de Concepción. Al finalizar Errázuriz su período, vio como resultado de sus movidas que Ezzati era su sucesor en Santiago.

Así el origen inmediato de los doce arzobispos se puede resumir en: seis surgidos del clero secular de Santiago. Dos trasladados desde La Serena, dos desde Valparaíso, uno desde Antofagasta y uno desde Concepción. De todos ellos, solamente cuatro pertenecientes a institutos religiosos.

En enero de 2017 debe presentar su renuncia a causa de la edad, el actual arzobispo Ricardo Ezzati. Ciertas voces rumorean a Fernando Chomalí, del clero secular de Santiago y actual arzobispo de Concepción como el sucesor natural. Se trata de un hombre de buena edad (59), ingeniero civil, con doctorado en teología, master en bioética, buen comunicador, con capacidades de conductor y habitual en las páginas de El Mercurio.

Pero no hay que olvidar que con un Nuncio enigmático como Ivo Scapolo todo puede pasar. Hay obispos que han escalado posiciones y tienen padrinos, algunos dentro de la esfera de relaciones del presbítero chileno Ramón Bravo quien se maneja en Roma como en su Andacollo natal. Su poder de influencias es notorio y enlaza a unos cuantos cardenales influyentes en la curia romana, especialmente a los del círculo de Sodano y Bertone. Se supone que en esta etapa de Francisco ha perdido un tanto de protagonismo.

En la lógica prudencial de la normalidad los arzobispos estarían en primera línea para asumir la mitra santiaguina. Pero el de Antofagasta, Pablo Lizama, quien hubiera sido un buen pastor para la capital ya presentó su renuncia por motivos de edad, y el de Puerto Montt, Cristian Caro, ya es septuagenario. Queda el de La Serena, René Rebolledo, quien lleva solamente tres años como arzobispo de esa iglesia. En esa lógica Chomalí tendría el camino despejado.

Pero…siempre hay un pero. Las movidas del nuncio apostólico son impredecibles. Así como en Copiapó, cuando el clero de allí esperaba que uno de los suyos asumiera la conducción de la iglesia atacameña, llegó como pastor un español, además religioso y de remate ya septuagenario. O como en Osorno, donde aún se mantiene en la cuerda floja el obispo Juan Barros quien ya ha pasado sin dejar marca por tres obispados y que es cuestionado por su pertenencia al grupo de El Bosque, fiel al cura Karadima, icono de la delincuencia clerical en el país.

El nuncio Scapolo, como su apellido lo indica, no se casa con nadie. Teje sus hilos y va sacando de la manga sus propuestas que no son cuestionadas por Roma. Tiene experiencia diplomática, tanto por ser “hijo” de Angelo Sodano como por su tarea de Nuncio en Bolivia, en Ruanda y sus cinco años en Chile.

En estos cinco años ha realizado un trabajo silencioso pero que ha repercutido en la estantería eclesial del país ya que en ese relativo corto tiempo ha promovido seis nuevos obispos (Aós, Atisha, Blanco, Concha, Ramos y Galo Fernández) y ha cambiado de sede a otros seis (Rebolledo, Silva, Vera, Vargas, Contreras Villarroel y Juan Barros).

El resultado de todo esto es que cualquier cosa puede suceder en el arzobispado de Santiago de Chile a partir de enero de 2017.

Y mientras el sistema de elección de obispos sea un secretismo vaticano, el pueblo católico, mira, acepta sumiso y aplaudirá al pastor que le llegue sin hacer preguntas.

 

 

 

 

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Episcopado chileno: una de cal y varias de arena

Un obispo biblista, don Santiago Silva, un hombre de perfil bajo a pesar de haber sido secretario general del Episcopado latinoamericano y del Caribe hace pocos años, es el nuevo presidente de la Conferencia de Obispos católicos de Chile. Actualmente ejercía como obispo castrense, una responsabilidad que debió ocupar para sanear ese cargo cuyo antecesor fue el cuestionado obispo de Osorno, don Juan Barros Madrid.

Interesante la elección que han hecho los obispos en su última Asamblea plenaria.

En primer lugar, sorprende que un obispo a cargo del último peldaño del escalafón eclesial, como es el obispado castrense, haya sido nominado por sus pares como cabeza de la Conferencia episcopal. Con eso quedaron desbancados los viejos “animales eclesiales”, dicho en sentido figurado, (algo así como los “viejos animales políticos”) que aparecían como fijos: el cardenal Ezzati, los cinco arzobispos de las grandes sedes, y otros clérigos ascendentes que por figuración personal o por estar a cargo de posiciones importantes, aparecen de vez en cuando en la prensa.

Santiago Silva da confianza. Es hombre que no busca figuración, que sabe escuchar, que es buen organizador, que tiene sentido pastoral y una formación bíblica consistente. Que un obispo esté bien fundamentado en el campo bíblico es de por sí mucho más beneficioso y da garantías de ser buen pastor, por encima de otros que se fundamentan en el Código de Derecho Canónico.
La Vice presidencia quedó en manos del obispo de Melipilla, don Cristian Contreras Villarroel, un hombre más de escritorio que de calle, aunque su simpatía personal lo hace asequible a todos, especialmente a los que les gusta el fútbol.

En la Secretaría general ha quedado el obispo auxiliar de Santiago, don Fernando Ramos, ex rector del Seminario Pontificio, buen amigo de sus amigos, hombre que pasó muchos años en Roma y que vela por el cumplimiento de las normativas eclesiales.

Por su parte, el emergente obispo de San Bernardo, el Opus Dei don Juan Ignacio González, pasó a integrar el Comité Permanente, formado por el presidente, el vicepresidente, el secretario general, y por ahora el cardenal Ezzati, según establece el reglamento.

El Episcopado realiza sus funcionaes a través de Comisiones, siendo las más visibles: la Comisión pastoral y la Comisión doctrinal.

En la Comisión Pastoral para el período 2016-2019, figuran. René Rebolledo, arzobispo de La Serena; Héctor Vargas, obispo de Temuco; Bernardo Bastres, obispo de Punta Arenas; Pedro Ossandón, obispo auxiliar de Santiago y Fernando Chomali, arzobispo de Concepción.
En la Comisión doctrinal quedaron tres representantes del ala más tradicional de la iglesia: Felipe Bacarreza, obispo de Santa María de Los Ángeles, Cristián Caro, arzobispo de Puerto Montt, y Fernando Chomali, arzobispo de Concepción, quien aporta un poco de frescor a ese triunvirato hermético y ultra conservador.

 

Todos estos cambios aparecen en los momentos en que todos los obispos chilenos viajarán a Roma para la visita que deben hacer al obispo de Roma cada cierto tiempo.

Desde luego que en el país casi no existen obispos nominados por el papa Francisco y casi todos ellos son hechura de Benedicto XVI y mucho más de Juan Pablo II, que seguía las indicaciones del nefasto cardenal Angelo Sodano, quien se mantuvo por diez años como Nuncio apostólico en Chile, durante la dictadura.

Todos estos cambios indican también que hay poco donde elegir a la hora de las designaciones. Falta una renovación “from bottom”. Al menos hay que agradecer que han quedado fuera del escenario los obispos de Karadima (Talca, Linares, Los Angeles, Osorno) de los que muchos esperan que renuncien para dar un aire nuevo a una iglesia jerárquica que ha cometido demasiados errores.

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JESUS DE NAZARET: DESDE LA PENUMBRA DE LA HISTORIA.

Leo en un escrito que hay figuras tan expresivas en sus actuaciones, que sus historias de vida son reconocidas como ciertas. Teniendo apenas un barniz de cultura general se puede reconocer a don Quijote de la Mancha, a Robinson Crusoe, a Robin Hood, a La Quintrala, a Martín Fierro, a Pedro Páramo y a mil personajes más, como seres vivientes y actuantes, aunque nunca hayan superado su condición de sombra en los libros de literatura.

¿Puede ser también Jesús de Nazaret uno de esos personajes?

Porque casi todo lo que sabemos de él proviene de lo que han dicho sus seguidores. Y ellos no son, por lo mismo, imparciales en sus relatos.

Sin embargo, hay que valorar el adverbio “casi”. Porque hay también algunas referencias provenientes de fuentes independientes de la fe cristiana. Y ellas se convierten en firme documento que acredita la existencia real de Jesús.

 

Para su época, la vida de Jesús de Nazaret fue la de un judío marginal, en un territorio marginal del imperio romano, alguien que no tuvo figuración alguna ya que no tenía poder militar, ni poder sacerdotal, ni poder de dinero, ni poder de influencia.

Si leemos los evangelios estaremos tentados de creer que Jesús fue una figura espectacular, alguien que llamó la atención de todos hasta dejar fascinada a toda la sociedad israelita e incluso al imperio romano. Que fue tal su poder que el mismo emperador de Roma decretó su muerte como a un rival peligroso.

Pero no fue así. Ningún cronista ni historiador de esa época reparó en su persona. Solamente ha quedado un par de referencias de menor importancia que atestiguan de la existencia de Jesús.

* El historiador judío Flavio Josefo en un libro escrito hacia fines del siglo I, anota:

-“ “Por aquel tiempo apareció Jesús, un hombre sabio. Fue autor de hechos asombrosos, y maestro para quienes reciben con gusto la verdad. Atrajo a muchos judíos y griegos. Y cuando Pilatos, debido a una acusación hecha por nuestros dirigentes, lo condenó a la cruz, los que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo. Y hasta hoy los cristianos, llamados así por él, no han desaparecido”.

 

* La segunda mención que hace Flavio Josefo de Jesús, es una mera referencia al hablar del asesinato del apóstol Santiago.

 

Son citas muy pequeñas pero importantes ya que constituyen datos ajenos a la biblia, provenientes de un escritor pagano.

 

Los grandes cronistas del imperio romano no mencionan el caso Jesús de Nazaret. Esto entra dentro de la lógica. Como señala Ariel Alvarez en uno de sus comentarios “Lo asombroso hubiera sido que algún historiador de la época se hubiera interesado en él. Sería una casualidad increíble que los escritores de ese tiempo se sintieran atraídos por contar la ejecución de un carpintero palestino. Lo más natural del mundo hubiera sido que ningún contemporáneo lo recordara ni mencionara.

Sin embargo, y a pesar de ello, tenemos varias referencias de él. Más aún: hay más información sobre Jesús de Nazaret que sobre otros personajes de la historia cuya existencia nadie cuestiona. Por eso, su existencia constituye hoy un hecho histórico cierto e irrefutable.

Pero sus contemporáneos se interesaron poco en él. Sólo se habló de su persona cuando los cristianos comenzaron a ser una “molestia” para la sociedad. Cuando sus seguidores empezaron a hablar del amor al prójimo, del perdón a los enemigos, del servicio a los demás como actitud de vida, de no criticar, de defender a los más pobres. Recién entonces surgió el interés por conocer a esa extraña figura, que había dado origen a la doctrina más extraña y más sublime de la historia de la humanidad.

Hoy el interés por la figura de Jesús ha vuelto a ser escaso. Quizás porque los cristianos hemos dejado de “molestar”; ya no somos un ejemplo llamativo de amor ante la sociedad. No somos los representantes de la doctrina más asombrosa que oyó la humanidad. Quizás si volviéramos a encarnar su mensaje, los historiadores, pensadores, filósofos, periodistas, vuelvan a sentirse atraídos por el carpintero de Nazaret”.

 

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¡Se nos viene el Halloween!

Andan por ahí varias cristianas (os) que se ponen nerviosos al acercarse la noche de Halloween. Creen que es algo maligno y existen llamados a “purificar” ese acontecimiento, celebrando “noches de luz”, “noches santas”, noches en que los niños salen a las calles vestidos de blanco.

Creo que nos falta a los cristianos un mayor y mejor sentido de la fiesta.

Halloween no deja de ser un juego (para algunos bastante tonto) y hay que tomarlo como tal. Es fiesta de disfraces, aprovechando la ocasión en que las iglesias llaman a recordar a los difuntos.

A la noche de Halloween hay que sumarse para tomar con humor el hecho incuestionable de pertenecer a un mundo perecible. Mejor dicho, transformable. Porque la vida no se apaga nunca sino que va asumiendo nuevas situaciones.

Halloween no es un atentado a la fe cristiana, como creen algunos devotas y devotos. Es un pequeño circo que ocupa representaciones que la misma iglesia ha difundido: el recuerdo cultual de los fallecidos, las “almas” que andan en busca de ubicación, el misterio del más allá…

Quien toma en serio esta fiesta de disfraces no tiene sentido del humor. Quien la toma como un juego, está en lo cierto. Quien la ignora, hace bien porque una calabaza hueca y calada a modo de rostro humano, a la que se le coloca una vela para dar impresión de vida, no tiene más destino a partir del 3 de noviembre, que la bolsa donde se recogen las cosas inútiles y las basuras.

Esa noche de Halloween, póngase crema blanca en la cara, póngase una capa negra, píntese de violeta las cejas y los ojos, y salga a saludar a los vecinos diciendo “dulce o travesura”. Si le dan unos caramelos, disfrútelos y agradezca el gesto de personas que han entendido que se trata de una broma sana. Si le dan un portazo o le tiran agua o no le abren la puerta…piense que se trata de gente amargada que no sabe reírse de sí misma ni de las tonterías de nuestra cultura occidental-cristiana.

 

 

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Otra más: una prohibición bien insólita.

Como si no hubiera asuntos verdaderamente importantes en este pícaro, redondo y atribulado mundo, una oficina del Vaticano ha promulgado un documento (“Instrucción Ad resurgendum cum Christo”) en el que da normas acerca de la conservación de las cenizas de los cuerpos que son cremados. En lo concreto, prohíbe que las pequeñas ánforas que guardan las cenizas de parientes, amigos o personas que pasaron por la cremación, sean conservadas en las casas familiares. Pero pueden ser conservadas en templos y lugares de culto.

Desde luego, esta propuesta tiene fuerte tinte de negocio. De hecho, son numerosos los templos que han creado “cinerarios”, y hay compañías comerciales que se han apoderado del negocio y ofrecen este servicio a las parroquias, compartiendo con ellas los beneficios.

La preocupación eclesial debiera estar atenta a cómo mejorar la calidad de vida de las personas vivas, en lugar de estar estableciendo lugares apropiados para los difuntos.

El consultor de la Congregación de la Doctrina de la Fe, el español Ángel Rodríguez Luño (Opus Dei) ha señalado que “la Iglesia no ve razones doctrinales para evitar esta práctica, ya que la cremación del cadáver no toca el alma y no impide a la omnipotencia divina resucitar el cuerpo”. Es decir, se trata de una declaración de alguien que se cree asesor del mismísimo Dios, para asuntos de eternidad.

Es lamentable que se impongan normativas insólitas, por emplear un término vago que no dice gran cosa. El tema recuerda las llamadas “luchas teológicas” de fines del siglo XIX cuando se discutía la ley de cementerios en el país. Fueron tiempos recios en que el gobierno liberal modernizaba la nación y la jerarquía católica respondía con excomuniones a las que nadie hacía caso.

El documento de ahora dice fundamentarse en razones de respeto a la persona que fue en vida quien ahora está convertido en cenizas. Pero es un argumento tan feble que no resiste el menor golpe. Señala que no es idea cristiana “la conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos”. Pero ese documento no explica ni da razones para los trozos de cuerpo humano que andan en relicarios y son paseados para jolgorio devoto de la feligresía católica, o son venerados en sendos estuches, cofres, joyeros o tecas, en los templos. Hace poco tiempo se anunciaban tubitos con sangre del papa Juan Pablo II, como antes se hacían procesiones con el brazo de santa Teresa de Avila.

Varios amigos y amigas me pregunta acerca de qué lado estoy en mi vocación y servicio al pueblo de Dios en mi condición de cura católico. Les respondo que nunca me he sentido más contento con esta vocación, precisamente porque me permite tener cierta tribuna para desmitificar idolatrías. Yo quiero a mi iglesia joven, dinámica, alegre, servicial, celebrativa de la vida, defensora de la dignidad de todos los hijos de Dios, comprometida con la liberación de todas las cadenas que impiden el crecimiento vital.

Ver a mi iglesia enredada en asuntos menores, en discusiones bizantinas, en problemática de sacristía, me duele y me lleva a plantear mi posición con la finalidad de ayudar a purificar la fe.

Creo estar viviendo un tiempo de gracia muy especial para la comunidad cristiana. Y hay que aprovecharlo. Para ello vayamos a lo fundamental, que es proclamar y vivir y comunicar la misericordia de Dios, y dejar las cenizas de nuestros seres queridos allí donde nos queden más cerca del corazón.

 

 

 

 

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