Solución al tema vocacional.

Como se está tratando el tema de la “nueva evangelización” en el mundo de hoy y de mañana, me atrevo a meter la cuchara en esa olla con el objetivo de revolver los fideos, ponerles un poco de sal, de picante y unas gotas de aceite de oliva y darle un poco de sabor al menjunje que se cocina en Roma.
Los monseñores han planteado allí, con bastante fuerza, que la Nueva Evangelización se debe dar mediante el respaldo a las comunidades de base, la atención a la familia, el cuidado de la formación en seminarios y la renovación espiritual del clero. Dan mucha importancia al mantenimiento (y mejoramiento) de la institución parroquial. Pero en la parroquia manda el párroco. Se continúa colocando como eje central de la propagación del mensaje de Jesús de Nazaret al clero católico, con cuellito blanco incluido y cruz en la solapa. Es decir, que se note bien que se trata de personajes especiales que tienen tareas importantes: nada menos que guiar, conducir, gobernar, a los creyentes. En esa lógica de la organización eclesial está primero y más alto todo el mundo clerical y más abajo está el pueblo que es un espectador pero no un protagonista en materia religiosa. Esta barbaridad de grueso calibre es un pecado histórico que, lamentablemente, es recibido, aceptado y vivido sin sentido crítico por las bases cristianas.
Desde luego una estantería así, sostenida solamente por los clérigos, va a requerir cada vez más muchísimos pastores, porque las “ovejas” se multiplican a lo largo y ancho del mundo. ¿De dónde sacar tanto cura para atender a feligresías cada vez más numerosas?
Bueno, mientras no cambie el esquema (lo que requerirá un cambio coperniquiano en la doctrina teológica y en su reglamentación canónica), hay que encontrar solución al intríngulis. Pero anoche soñé que existen miles de pastores para el pueblo de Dios. Y no era una pesadilla. Mas bien un sueño tranquilo, agradable y reparador. Soñé que no hay más pastores atendiendo y sirviendo a las comunidades humanas porque no queremos. Así de simple. Como el asunto es delicado me parecía que habría que proceder con cierto orden. Veamos.
1. Primeramente, habrá que hacer salir a atender la pastoral directa de los pueblos más abandonados y alejados
• A toda la Curia romana. Porque si el Consejo Pontificio para la Familia, que es una de las más “laicas” de la Curia, y tiene 7 monseñores…hay que suponer que los 9 Dicasterios, los 3 Tribunales, los 11 Consejos Pontificios, las 3 Oficinas Vaticanas, las 7 Comisiones Pontificias y las 5 Academias Pontificias, tendrán asignados muchísimos más. Así podríamos llegar a unos 500 cardenales, obispos y curas que desempeñan funciones que podrían realizar, acaso mejor, los laicos. Y ellos, a trabajar.
• A esto hay que agregar las casas de formación o seminarios; solamente en el Seminario romano de la ciudad hay 200 a punto de recibirse de curas (y en Roma hay una pila de seminarios de este tipo); entonces se puede pensar en otros 500 que están estudiando, o siendo choferes de los cardenales, o sacristanes de muchos templos, o vendedores de medallitas en librerías, o simplemente vegetando en la llamada Ciudad Eterna, que siempre atrae y encandila.
• Sumemos también a los 178 nuncios y al menos 178 secretarios de nunciaturas. Total: 356.
• A esto hay que añadir los equipos de gobiernos generales de las congregaciones religiosas masculinas y así habría que añadir por lo menos otros 300.
• O sea, se puede calcular, con tendencia a la baja, en unos 1.600 sacerdotes (desde cardenales a sacristanes) que podrían repartirse por el mundo para anunciar el evangelio entre los pueblos que están más necesitados de esperanza.
2. Lo segundo sería ordenar de sacerdotes a los 40.000 diáconos permanentes que existen hoy, según el Anuario Pontificio 2012.
3. Y si hay santa osadía para una revolución en el esquema tradicional, habría que abrir el campo para la ordenación sacerdotal de mujeres, ya que no existe razón alguna para su exclusión, aparte del machismo clásico de las religiones actuales. También en la nuestra, que es guiada por ancianos célibes que son duros de pelar.
4. También habría que recuperar a los sacerdotes que han dejado el ministerio, generalmente por contraer matrimonio. Quizá más de la mitad de ellos siguen añorando su servicio sacerdotal y volverían de buena gana a asumir esa labor, con el apoyo de su esposa y sus hijos. Tampoco se ve razón seria para impedir la ordenación sacerdotal a las personas casadas. En el sínodo de obispos que se realiza en estos momentos en Roma, un obispo de rito oriental (que reconoce y acepta a los sacerdotes casados) señaló que los muchos podrían colaborar en la iglesia latina (la nuestra) pero no son aceptados por su condición de vida matrimonial.

Es decir, y no me alargo más en este tema, habría tantos pastores para atender al pueblo de Dios que el problema actual quedaría superado totalmente.
Esto si se quisiera. Pero va a pasar mucha agua todavía bajo el puente para que se dé solución al problema, simplemente porque no se quiere. What a pity! Como dicen los ingleses. Ahí me desperté.

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