Finaliza el sínodo romano.

Se termina el Sínodo que reunió en Roma a 262 obispos y cardenales. Debatieron acerca de la llamada Nueva Evangelización en este mundo globalizado, apremiante, acelerado y confuso en que vivimos.
Las conclusiones las trabajará el papa Benedicto para enviar, en poco tiempo más, una carta apostólica que oriente a las comunidades católicas en el gordo mundo.
Pero como en las intervenciones sinodales se habló con bastante libertad pero con mucho temor en abrir campo a propuestas verdaderamente innovadoras, quizá no será un texto que ayude a la iglesia a dialogar de frente con el mundo del siglo XXI.
No sé si los pastores y la organización eclesial está atrasada en 200 años, como señaló el cardenal Martini; pero ciertamente se está llegando tarde a muchas situaciones. Dar un vistazo a los discursos de los obispos en el sínodo es recibir la impresión de una institución antigua que quiere revestirse con galas de joyería de plástico. Algo así como una señora mayor que sale a la calle con minifalda y una rosa roja en la cabellera: un esperpento.
Lo que se tiene que cambiar es el fondo, además de las formas. La iglesia sencilla, igualitaria, solidaria con las necesidades del mundo marginado, expoliado, maltratado, una iglesia que vive la misericordia, que enlaza sus manos con las manos de los que trabajan porque otro mundo es posible, sean o no sean creyentes…una iglesia que escucha, propone, dialoga y se pone en su rol de servidora de la humanidad, eso será muy difícil que aparezca en las conclusiones finales. Lo dice José Manuel Vidal, comentarista de la cosa religiosa: “en ninguno de ellas se recogerán las propuestas más novedosas que se lanzaron en el aula sinodal. Unas, por ser demasiado atrevidas. Otras, por no contar con el suficiente consenso. Y otras, porque no pasaron el filtro de la comisión encargada de redactar las propuestas dirigidas al Papa”.
Sin embargo, el texto final proclamará muy buenas intenciones. Lo anticipa el Diario oficial del Vaticano: “ crear una simpatía real con el ser humano oprimido por las muchas dificultades del actual momento histórico; recalcar la cercanía de la Iglesia a toda clase de sufrimiento humano, comprometerse en la defensa de la libertad no sólo religiosa, y en la superación de la pobreza e injusticia, enfermedad y trabajo precario, conflictos, migraciones, atentados contra la dignidad y la vida humana. Una Iglesia que reconoce las debilidades de los fieles y de sus ministros, que desea ser amiga de los jóvenes, de la razón y de la ciencia, en escucha de los buscadores de verdad incluso no creyentes, en diálogo con las demás religiones y comprometida a recomponer el tejido con las demás Iglesias y confesiones cristianas como contribución a la paz y a la superación definitiva de la violencia”.
No podría ser de otro modo si se quiere ser fiel a la persona y el mensaje de Jesús.
Pero hay temas que empiezan a masticarse, y aún que no se convierten en alimento eclesial: la incorporación de la mujer como protagonista y no como espectadora en el aparataje eclesial; la libertad opcional entre el matrimonio o la soltería para el clero católico de rito latino; el reconocimiento del derecho de cada persona a decidir su acercamiento a los sacramentos sin tener que pedir permiso a los curas; la reforma del sistema parroquial casi en su totalidad; el respeto y el diálogo con las minorías segregadas por su condición de sexo,creencias, razas, opciones políticas y culturales; la elección de obispos por parte de las propias comunidades eclesiales; la defensa a ultranza de los derechos de los marginados que buscan su lugar en la mesa ciudadana; el uso inteligente de las nuevas tecnologías para cumplir el mandato evangélico: “lo que les he dicho en privado, grítenlo desde las terrazas”.
Proponer, como hizo el grupo sinodal de lengua italiana, que las mujeres puedan acceder al ministerio del lectorado (¡leer la Palabra en las liturgias!) es llegar tartamudeando a una tertulia de gente locuaz y charlatana.
Decir, como dijo el arzobispo de Basilea, respecto a la situación de los divorciados, que “Tal vez la Iglesia debería estudiar un nuevo trato hacia ellos. Hay que tomar en serio este problema”, es decir muy poco.
Afirmar, como señaló el obispo uruguayo de Canelones, que la Nueva Evangelización dependía de poner primero el sacramento de la confirmación antes de la primera comunión…es estar en la luna.
Mucho más aterrizado estuvo el patriarca de los greco-melquitas quien pidió sencillez de lenguaje para que se pudiera entenber el mensaje. Dijo que Los musulmanes concentran todo en un enunciado con dos afirmaciones: “no hay otro Dios sino Alá, y Mahoma es el enviado de Dios”. Y basta. ¿Para qué màs elucubraciones? Por su parte los judíos expresan la sustancia de su fe con dos expresiones: “¡Yo soy tu Dios! No hay Dios fuera de mí. ¡Amarás a Dios con todo tu corazón y al prójimo como a ti mismo!”. Y añadió el patriarca: “Nuestra hermosa fe cristiana es demasiado complicada”.
Parece que nadie le hizo caso. Porque se ha declarado ahora el año de la Fe y la oración propuesta como inspiradora y motivante para todo el mundo es…¡el credo nicenoconstatinopolitano! Aquí lo añado porque dice verdades de fe muy grandes, pero
que carece de la simplicidad evangélica, según dijo Jesús: “digan no cuando es no y sí cuando es sí. Todas las demás palabras son fruto del maligno”.

Creo en un solo Dios,
Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra,
de todo lo visible y lo invisible.

Creo en un solo Señor, Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre
antes de todos los siglos:
Dios de Dios,
Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado,
de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho;
que por nosotros, los hombres,
y por nuestra salvación bajó del cielo,
y por obra del Espíritu Santo
se encarnó de María, la Virgen,
y se hizo hombre;
y por nuestra causa fue crucificado
en tiempos de Poncio Pilato;
padeció y fue sepultado,
y resucitó al tercer día, según las Escrituras,
y subió al cielo,
y está sentado a la derecha del Padre;
y de nuevo vendrá con gloria
para juzgar a vivos y muertos,
y su reino no tendrá fin.

Creo en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo recibe
una misma adoración y gloria,
y que habló por los profetas.

Creo en la Iglesia, que es una, santa,
católica y apostólica.

Confieso que hay un solo Bautismo
para el perdón de los pecados.

Espero la Resurrección de los muertos
y la vida del mundo futuro.

Amén.

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