UN TEMA PARA HOY: EL MATRIMONIO DE LOS CURAS.

Se han estado acumulando una serie de temas de gran interés social en estas semanas. Por un lado Michelle, por otro Francisco y como si no fuera suficiente se nos viene el mundial de pelotas.
Michelle ha puesto sobre la mesa de la discusión pública la despenalización en casos de aborto terapéutico y las tres reformas de su programa presidencial: la tributaria, la educacional y la constitucional. La que está sobre el tapete ahora es la educacional, que pretende terminar con el financiamiento compartido, con la selección de alumnos y con el lucro en la enseñanza, como medidas más emblemáticas.
Francisco, por su parte, ha señalado en la pizarra el tema del celibato sacerdotal y el acceso a la comunión sacramental de los divorciados.
Todas estas cuestiones necesitan del conocimiento, del diálogo, de la discusión de ideas y del protagonismo ciudadano. También de las comunidades cristianas. Si en el mundo laical las bases sociales han salido a las calles para expresarse, en el mundo religioso hay un llamado fuerte a “armar líos”, porque las bases católicas no pueden seguir siendo el kindergarten de un clero dictador.
¿Por donde empezar?
Esta vez será por el tema del celibato clerical. Ha causado cierto revuelo especialmente en la prensa farandulera que Francisco haya dicho que el asunto del celibato es una normativa posible de ser examinada. Algo más viejo que el hilo negro pero que cada vez aparece como novedad.
No parece que existió problema en este asunto hasta que 19 obispos españoles se reunieron en lo que se llama el Concilio de Elvira en el siglo IV. Allí acordaron 81 decretos que debían ser cumplidos en sus obispados. El decreto 33 estableció que el clero debería ser célibe.
Pero hay varias consideraciones que hacer. En primer lugar no se trató de un Concilio universal sino de una reunión de obispos cercanos a las tierras de Granada para organizar el servicio pastoral de esa zona. Por esos mismos años hubo una enorme cantidad de Concilios semejantes que buscaban lo mismo para sus comunidades territoriales.
Veamos: el Concilio de León (año 197) para condenar a los “cuartodecimanos” que insistían en no reconocer el día domingo como el día del Señor. El Concilio de Cartago (217) que prohibió a los clérigos ser tutores. El Concilio de Alejandría (231) que condenó a Orígenes por haberse castrado. El de Arabia (246) en contra de los que defendía que las almas se morían igual que los cuerpos. Los dos de Antioquía (364 y 369) en contra de Pablo de Samosata que decía que Cristo era solamente un hombre adoptado por la divinidad.
Los Concilios eran reuniones con autoridad episcopal para enfrentar situaciones no para elaborar doctrinas. Desde luego no eran universales ni obligaban sus decisiones a la iglesia entera. El de Elvira se inscribe en esa dimensión. Entre sus acuerdos aparece la norma 33 que prohíbe en adelante el matrimonio a los clérigos. Pero también estableció otras normas: se declara que la Confirmación no es necesaria para la salvación, que las mujeres no pueden escribir cartas sin conocimiento de los maridos, se prohíbe que en los templos existan pinturas e imágenes y que los adúlteros puedan recibir la comunión ni en peligro de muerte.
¿Por qué unos decretos se mantuvieron y se mantienen mientras otros quedaron olvidados? Seguramente porque algunas normativas fueron después aceptadas por otros Concilios regionales hasta hacerse ley universal. Debe ser el caso del celibato clerical obligatorio. En la iglesia católica de occidente. En la parte oriental no se aceptó esa decisión.
Pero sin duda que no fue fácil acomodarse al nuevo reglamento. Cien años después del Concilio de Elvira el papa Siricio atestigua que muchos presbíteros en Roma seguían teniendo vida conyugal. A mitad del siglo V, el papa León Magno confirmó el celibato para todo el clero occidental, aunque en los países germánicos llegó a suspenderse la norma papal. El historiador jesuita Bernardino Llorca señala en su Manual de Historia Eclesiástica, que “muchos siglos después, aún existiendo la ley, eran muy numerosos los clérigos que hacían públicamente vida matrimonial”.
Sin lugar a dudas, la norma ayudó a aclarar el asunto patrimonial de los obispados. Los curas al ser nombrados párrocos ¿eran dueños de los bienes parroquiales que muchas veces contaban con donaciones en tierras? Si no lo eran ¿qué bienestar podían asegurar a sus familias si la ley también establecía que no podían hacer negocios? Es decir hubo una razón práctica que impidió por siglos la revisión de la norma prohibitiva. Como ese tema era nebuloso se empezó a espiritualizar el asunto hasta decir que el celibato obligatorio era para buscar una mayor perfección espiritual. Era para asemejarse a Cristo que fue célibe, aunque ningún evangelio lo afirma ni lo niega; simplemente para las primeras comunidades cristianas eso no tenía importancia.
Hoy los tiempos han cambiado. No se trata que ahora los curas se casen obligatoriamente. Pero dejar libertad para quien quiera recibir el sacramento del matrimonio, tan sacramento como la ordenación sacerdotal, parece que es el mejor camino. Las razones que se dan para mantener esa norma de prohibición son, a todas luces, muy endebles.
Un obispo chileno ha dicho en una entrevista que el celibato contiene una “la idea de la consagración a Dios, entregarse por entero a El. Como segundo aspecto, en virtud de esa consagración, uno se entrega también al pueblo de Dios. Los sacerdotes somos destinados para servir a diferentes comunidades, tal como el esposo sirve a su esposa, por decirlo de algún modo. De allí que se prefiera que ellos vivan célibemente y no asuman las responsabilidades de un cónyuge con su familia”. Sin embargo hay que recordar que todo cristiano es consagrado por su bautismo, y muchísimos de ellos se entregan a servir a las comunidades sin que les estorbe para nada las responsabilidades familiares. Los diáconos y los pastores de las iglesias de la Reforma son prueba contundente de ello. Incluso muchos curas católicos en la actualidad llevan una vida familiar, son aceptados por sus comunidades, no son menos apostólicos que otros, pero no pueden oficializar su estado para no chocar con la norma que prohíbe el matrimonio al clero.
El obispo señala en la entrevista que los pastores son “servidores de su comunidad…es como un trabajo; pero nosotros representamos a Cristo y es una condición de vida”. Resulta un tanto jactancioso el comentario episcopal. Hay que conocer más a fondo y en detalle la vida y organización de las iglesias de la Reforma, que nos dejan muchas enseñanzas. Si nosotros los clérigos católicos estamos destinados a servir a las comunidades y somos célibes también para una mayor movilidad y una entrega más total a la causa del evangelio, no se sabe la razón por qué los pastores tienen más éxito en su evangelización. Hay que ver los resultados de los Censos de los últimos cincuenta años para sacar conclusiones.

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