¿REBAÑO O COMUNIDAD?

Jesús pertenecía a la cultura campesina. Y aunque después asumió la cultura marinera de los pescadores, nunca pudo desprenderse de la concepción rural del mundo. Por eso habló tantas veces mediante ejemplos campestres. La noción del “rebaño” por ejemplo, es recurrente en su predicación sobre el reinado de Dios.
Las primeras comunidades cristianas aceptaron con gusto esa imagen bucólica: un rebaño que sigue al buen pastor, quien defiende a las ovejas, las cuida, las alimenta, sale en su búsqueda cuando andan extraviadas.
Con ese signo y esa mentalidad se hizo la evangelización. Tanto la iglesia católica como las iglesias de la Reforma llaman “pastores” a sus guías y orientadores.
Pero el mundo ha evolucionado. La iglesia también, en sus declaraciones. El Concilio Vaticano II aclaró el campo cuando reconoció al pueblo cristiano como comunidad más que como rebaño, aunque la imagen del redil y el pastoreo siguió asomándose en los escritos. Donde no ha podido cambiar la figura es en la mentalidad de la gente. Desde luego no en la mentalidad de los pastores, porque si se les quita la noción de rebaño, ellos quedan cesantes.
Es lamentable. Porque la figura poética del rebaño ha permanecido en la conciencia eclesial Y no se ha pasado de rebaño a comunidad.
Y la comunidad es una hermandad de personas. El rebaño es una tropilla de corderos y ovejas, uno de los animales más amables, simpáticos y tontos que existen en la tierra. El rebaño no tiene iniciativa. Va donde los quiere llevar el que los guía. Es manejado hasta por los perros ladradores que cuidan que ninguna se desbande. El rebaño no piensa, ni elige, ni decide, ni actúa por voluntad propia. Los toros embisten, los caballos arremeten, los lobos atacan, pero los corderos y las ovejas apenas emiten balidos.
Las comunidades cristianas no pueden permanecer en esa inactividad temerosa. Deben dejar de ser rebaños, para sumir el protagonismo que da libertad de los hijos de Dios.
Ante un nombramiento episcopal, por ejemplo, no puede quedar en la indolencia que llega a ser culpable. Ya que no se le consulta la opinión, no le queda más que aplaudir o rechazar. Lo que no puede es quedarse como si nada pasara.
Y el aplauso es cerrar filas decididamente con el electo promoviendo con él un plan de evangelización integral. Y rechazar es aplicar en todos los niveles la llamada desobediencia civil que también puede ser una desobediencia eclesial: ningún catequista enseña, ninguna liturgia se celebra, ningún servicio parroquial se lleva a cabo, nadie participa en el culto porque no hay nada que celebrar, nadie cumple con el aporte del 1% (punto ultra sensible), y las juventudes parroquiales salen a pintar paredes en vez de tocar en las guitarras canciones celestiales.
Se trataría de una huelga original.
Lo otro, no hacer nada, es quedarse en la figura del rebaño y solamente emitir balidos en voz baja.

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