EL ABORTO y EL ALBOROTO DE GALLINERO.

De nuevo se empieza a alborotar el gallinero nacional con el tema de la despenalización del aborto en tres situaciones extremas: violación, feto inviable y riesgo de vida de la madre. Lo extraño del caso es que las mismas gallinas que hoy cacarean estuvieron mudas y sin aleteos durante la dictadura militar, tiempo en que era legal el llamado aborto terapéutico en Chile. Ni la derecha, ni las iglesias, ni los gurúes de la tradición conservadora dijeron algo fuerte por esa realidad.
Ahora salen a rasgar vestiduras ante la posibilidad (y la necesidad) de legislar a favor de la vida pero teniendo en cuenta situaciones límite que se reducen a las tres causales ya dichas. Se dice que al enfrentar el tema se corre el riesgo de abrir la puerta a otras causales menores que harían abuso de la ley. Lo que no se dice es que hay una realidad perversa que lleva a la práctica de abortos con medios primitivos, al margen de todo control profesional, o también de un modo oculto, disfrazado con otras patologías, atendido por clínicas y médicos que piden sumas suculentas por el “servicio”. Es lo que señaló la ex ministro de salud, un día antes de presentar su renuncia debido a la presión mediática por sus declaraciones.
Hay que recordar que el aborto estuvo prohibido absolutamente en Chile a partir de 1875 cuando se insertó la medida en la legislación oficial. En 1931, durante la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo se liberalizó el tema y se introdujeron a la Ley excepciones que permitían el llamado aborto terapéutico en determinados casos. Así se mantuvo, sin que nadie hiciera mucho escándalo, durante los gobiernos radicales, el segundo mandato de Ibáñez ya convertido en escoba democrática, el gobierno derechista de Jorge Alessandri, del democristiano Eduardo Frei Montalva, del socialista Salvador Allende y durante los 17 largos años de la dictadura derechista-militar de Pinochet. No existieron los abusos colosales que temen hoy día los defensores de la penalización.
Al finalizar la dictadura, en la oscuridad de las medidas tomadas por una autoridad en la que existía un solo poder del Estado, el Ejecutivo, ya que el poder judicial estaba sometido y el poder legislativo borrado “hasta nueva orden”, se dictó el término del aborto terapéutico. Se dice que fue una medida cocinada entre el obispo Jorge Medina y su amigo el almirante José Toribio Merino.
Habría que revisar la validez de esas ordenanzas para un país que no contaba con los instrumentos jurídicos ni institucionales. También la validez de las “leyes secretas” y todo lo realizado “manu militari” durante los años turbios de Pinochet. No se ha hecho, y hacerlo significaría un revuelo monumental ya que han pasado 25 años desde el regreso de la democracia. Ha sido extraño que en todos estos años se haya aceptado como normal una legislación y un estado de cosas absolutamente anormal en nuestra vida ciudadana. La Constitución de la dictadura ha seguido rigiendo la vida de los chilenos y solamente se lehan colocado algunos parches democráticos. En el fondo, sigue imperando el criterio mercantil, conservador y militarista que le dio origen.
Pero el hecho es que el tema del aborto se está poniendo ahora de nuevo sobre la mesa de las discusiones y hoy día aparecen voces, cloqueos y cacareos que no se habían escuchado en tantos años. Salen a la cancha los que llevan pancartas defendiendo el derecho a nacer, y quienes se pintan slogans en la barriga: “aquí mando yo”, “no queremos rosarios en nuestros ovarios”.
Es de esperar que entre tanta chimuchina triunfe el valor de la vida a la que todos tenemos derecho. La mujer tiene derecho a decidir sobre su propio cuerpo, pero no tiene derecho a decidir sobre el cuerpo de otro. La vida es un regalo que se da para que sea cuidado, no asesinado. Pero ¿cuándo un nuevo ser es tal al entrar en la gran corriente de la vida humana? Ahí está el punto de discusión. Aquí la ciencia médica, más que el ropaje jurídico, o la planificación política, o el poder religioso, es quien tiene la palabra.

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