Otra más: una prohibición bien insólita.

Como si no hubiera asuntos verdaderamente importantes en este pícaro, redondo y atribulado mundo, una oficina del Vaticano ha promulgado un documento (“Instrucción Ad resurgendum cum Christo”) en el que da normas acerca de la conservación de las cenizas de los cuerpos que son cremados. En lo concreto, prohíbe que las pequeñas ánforas que guardan las cenizas de parientes, amigos o personas que pasaron por la cremación, sean conservadas en las casas familiares. Pero pueden ser conservadas en templos y lugares de culto.

Desde luego, esta propuesta tiene fuerte tinte de negocio. De hecho, son numerosos los templos que han creado “cinerarios”, y hay compañías comerciales que se han apoderado del negocio y ofrecen este servicio a las parroquias, compartiendo con ellas los beneficios.

La preocupación eclesial debiera estar atenta a cómo mejorar la calidad de vida de las personas vivas, en lugar de estar estableciendo lugares apropiados para los difuntos.

El consultor de la Congregación de la Doctrina de la Fe, el español Ángel Rodríguez Luño (Opus Dei) ha señalado que “la Iglesia no ve razones doctrinales para evitar esta práctica, ya que la cremación del cadáver no toca el alma y no impide a la omnipotencia divina resucitar el cuerpo”. Es decir, se trata de una declaración de alguien que se cree asesor del mismísimo Dios, para asuntos de eternidad.

Es lamentable que se impongan normativas insólitas, por emplear un término vago que no dice gran cosa. El tema recuerda las llamadas “luchas teológicas” de fines del siglo XIX cuando se discutía la ley de cementerios en el país. Fueron tiempos recios en que el gobierno liberal modernizaba la nación y la jerarquía católica respondía con excomuniones a las que nadie hacía caso.

El documento de ahora dice fundamentarse en razones de respeto a la persona que fue en vida quien ahora está convertido en cenizas. Pero es un argumento tan feble que no resiste el menor golpe. Señala que no es idea cristiana “la conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos”. Pero ese documento no explica ni da razones para los trozos de cuerpo humano que andan en relicarios y son paseados para jolgorio devoto de la feligresía católica, o son venerados en sendos estuches, cofres, joyeros o tecas, en los templos. Hace poco tiempo se anunciaban tubitos con sangre del papa Juan Pablo II, como antes se hacían procesiones con el brazo de santa Teresa de Avila.

Varios amigos y amigas me pregunta acerca de qué lado estoy en mi vocación y servicio al pueblo de Dios en mi condición de cura católico. Les respondo que nunca me he sentido más contento con esta vocación, precisamente porque me permite tener cierta tribuna para desmitificar idolatrías. Yo quiero a mi iglesia joven, dinámica, alegre, servicial, celebrativa de la vida, defensora de la dignidad de todos los hijos de Dios, comprometida con la liberación de todas las cadenas que impiden el crecimiento vital.

Ver a mi iglesia enredada en asuntos menores, en discusiones bizantinas, en problemática de sacristía, me duele y me lleva a plantear mi posición con la finalidad de ayudar a purificar la fe.

Creo estar viviendo un tiempo de gracia muy especial para la comunidad cristiana. Y hay que aprovecharlo. Para ello vayamos a lo fundamental, que es proclamar y vivir y comunicar la misericordia de Dios, y dejar las cenizas de nuestros seres queridos allí donde nos queden más cerca del corazón.

 

 

 

 

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