¿Galgos o podencos?

Leo ciertas preocupaciones eclesiásticas que aparecen en la prensa y me acuerdo de los versos de Tomás de Iriarte, que finalizan así:

“Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo”.

 

Digo esto porque las informaciones emanadas de las curias oficiales (Vaticano, obispados, movimientos, congregaciones…) muchas veces descuidan lo importante y destacan minucias.

Estamos en una hora del mundo en que la iglesia debiera ser una voz profética y tener actitudes comprometidas con las grandes causas humanas:

  • con el tema de las migraciones en que miles y miles de desplazados por diversas causas andan buscando pan, techo y abrigo en este mundo.
  • Con el tema de la justicia en las relaciones internacionales y en las relaciones de los gobiernos de los estados y las bases ciudadanas.
  • Con el tema del compromiso de lucha por la dignidad de una mayoría (el mundo femenino) que aún no se posiciona del todo en la mesa de los pueblos, y de las minorías que buscan un espacio de reconocimiento social y eclesial: los indígenas, la diversidad sexual, la cultura juvenil, la reivindicación de las masas proletarias.
  • Con el tema de la ecología y de los atropellos a la naturaleza depredada por intereses de la gran industria: los mares, los bosques, las aguas, el aire, el hábitat natural de pueblos que están condenados a desaparecer por el avance de una modernidad dañina, violenta y abusadora.

 

No voy a repetir aquí lo que en forma más completa ha denunciado el papa Francisco en sus últimos documentos, asuntos que por lo demás han venido siendo denunciados por organizaciones ambientales y de defensa de la justicia, la paz y la creación. Generalmente coincide aquí el interés cristiano con los postulados defendidos por entidades no cristianas. Hay aquí un frente común que no debe ser desaprovechado para un análisis, un diálogo y una colaboración entre todos los que anhelan y creen que otro mundo es posible.

 

Y cuando se cree que todas las fuerzas están dirigidas a estos temas fundamentales para valorar la vida del planeta y de las gentes, resulta que la mayoría de las entidades eclesiales están discutiendo si son galgos o son podencos los que corren por el camino.

  • Que si pueden o no pueden acercarse a la eucaristía los divorciados;
  • que si pueden o no pueden ejercer el ministerio los curas que han contraído matrimonio;
  • que si las mujeres pueden o no pueden ejercer como diaconisas;
  • que si la edad de los niños para recibir la comunión debe ser desde los ocho, los diez o los doce años;
  • que si las charlas de preparación al bautismo deben ser tres o cuatro;
  • que si los cantos de los coros coinciden con la celebración litúrgica;
  • que si las homilías deben ser cortas o más extensas para poder catequizar; aunque a este respecto habrá que decir que la homilía es una cosa y la catequesis es otra. Además que ya se sabe que las homilías tienen tres tipos de conducta en la feligresía: los primeros cinco minutos se escuchan ideas; los siguientes cinco se escuchas palabras; los cinco siguientes se escuchan solamente ruidos…

 

¡Qué manera de perder la gran ocasión que se da domingo a domingo, para una comunicación dialogante de la Palabra bíblica que inspire una animación para los compromisos sociales, y una celebración fraterna en donde los abrazos son a veces más importantes que los rezos!

 

Y mientras el mundo social en el que vivimos los creyentes en Cristo liberador, se pone áspero para los pobres, se pone cruel para con los desplazados, se pone amenazante para los que se salen del sistema…¡muchas comunidades de fe siguen discutiendo si los otros son galgos o son podencos!

Hay que leer de nuevo la fábula de Tomás de Iriarte, que en nuestro caso…no es tanto fábula como certeza:

Por entre unas matas,
seguido de perros,
no diré corría,
volaba un conejo.
De su madriguera
salió un compañero
y le dijo: «Tente,
amigo, ¿qué es esto?»
«¿Qué ha de ser?», responde;
«sin aliento llego…;
dos pícaros galgos
me vienen siguiendo».
«Sí», replica el otro,
«por allí los veo,
pero no son galgos».
«¿Pues qué son?» «Podencos
«¿Qué? ¿podencos dices?
Sí, como mi abuelo.
Galgos y muy galgos;
bien vistos los tengo.»
«Son podencos, vaya,
que no entiendes de eso.»
«Son galgos, te digo.»
«Digo que podencos
En esta disputa
llegando los perros,
pillan descuidados
a mis dos conejos.
Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.

Este artículo fue escrito en Catalejos. Enlace Permanente.

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