LA BARCA DE PEDRO. CAPÍTULO 1.

 

La frase pronunciada por el papa Juan Pablo II era una invitación perentoria, una orden, un mandato: “Rema mar adentro”. Veía a la iglesia católica soportando estoica el oleaje que rompe contra la roca. Había necesidad de entrar en las aguas para evitar sus sacudidas y convertirlas en balanceos.

Desde que cesaron las persecuciones que buscaban eliminar en la historia del mundo, primeramente al pequeño rebaño de seguidores de Jesús y después a esos mismos seguidores convertidos en una mayoría con poder, dinero y ambiciones, la barca de Pedro ha buscado balanceos que le hagan amable la vivencia de su fe en el mensaje cristiano.

Pienso que no era ésa la intención del papa polaco. Para él, remar mar adentro, era aventurarse a enfrentar nuevos desafíos. Juan Pablo II era un conquistador que ansiaba nuevos espacios para hacerlos sumisos al evangelio. Pero, aunque la frase es decidora, el Papa no sabía mucho de marinería. Su patria, Polonia, no tiene costas, ni mares, ni aires salinos. Tiene tierra, que ha sido invadida, saqueada, asesinada por las grandes ambiciones de estados más poderosos. Su flor nacional, la Margarita, es hermosa, pero frágil; el aciano alemán y la manzanilla rusa la pueden ahogar con su florecimiento abundante y agresivo.

EL POLACO.

Cuando  Karol Józef Wojtyła fe elegido obispo de Roma en 1978, la sociedad mundial se sorprendió. Se trataba de un hombre relativamente joven para asumir el pontificado (58 años), alguien proveniente del este europeo que quebraba la línea italiana de más de cuatrocientos años; un ex actor de teatro, un ex combatiente de la segunda guerra mundial, un teólogo que no estaba en primer plano entre los intelectuales de la fe, un hombre deportista que gustaba del atletismo y la natación, un animador de multitudes. Un hombre de fe, desde luego. De esa fe pueblerina del país más católico del mundo, una fe robustecida por la persecución. Al unirse a una organización clandestina opuesta al nazismo, trabajó por causas humanitarias; y poco después, al padecer el sometimiento de su patria al oso moscovita decidió ingresar al seminario para prepararse como pastor de su pueblo. En 1946 recibió la consagración sacerdotal.

Combinando sus clases de ética en la Universidad de Lublin con la labor directamente pastoral en parroquias obreras, fue ganando un nombre que fue reconocido por el Vaticano: a los 38 años fue designado obispo auxiliar de Cracovia y poco después asumió como arzobispo de esa importante sede. A los 47 años fue creado cardenal de la iglesia.

Su elección como obispo de Roma y sumo pontífice de la iglesia católica fue una sorpresa mundial. El cardenal polaco no estaba entre los nombres que barajaban los opinólogos vaticanistas.

Pero desde sus primeras actuaciones Juan Pablo II evidenció por dónde correrían las aguas: un fuerte apoyo a las doctrinas tradicionales, una apertura en el tema social, un empeño en recobrar para la iglesia la primacía en los conceptos que rigen la ordenanza mental y cordial en la sociedad. Desde luego, la defensa cerrada de una moral clásica y una sospecha permanente a todo lo que se saliera del molde teológico conocido. Nada de aventuras, como la modernización de las instituciones eclesiásticas o la aprobación de la teología de la liberación.

Amante del espectáculo, el Papa consideraba a los pueblos congregados para aclamarlo en sus visitas por el mundo, como un auditorio natural que debería escuchar sus palabras y ponerlas en práctica.

Pero, como alguien señaló, las gentes gustaban de la música (el espectáculo) pero no escuchaban la letra (el discurso doctrinal). Después de las multitudinarias concentraciones no quedaba sino el recuerdo de algo clamoroso. Era indudable su carisma personal y su empatía social, pero también su rigidez cerebral y su pensamiento conservador.

Esto hizo que su conducción eclesial la fuera centralizando en sus manos. Roma, el Vaticano en este caso, fue cercenando las atribuciones de los obispos en sus iglesias particulares. Todos los obispos empezaron a mirar a Roma antes de tomar determinaciones, antes de hacer declaraciones, incluso antes de pensar.

El papa polaco indudablemente marcó con su estilo a toda la comunidad eclesial. Nadie puede negar su obsesión por servir a la causa del evangelio según él lo entendía: convirtiendo a la iglesia en maestra del mundo, alguien que enseñaba, que pontificaba y que señalaba la línea divisoria entre el bien y el mal.

Aferrado a esa convicción, Juan Pablo II envejeció y su última etapa fue un ejemplo de fidelidad a sus responsabilidades pastorales pero también un ejemplo de tozudez. Era evidente que ya no estaba en capacidad de dirigir y así los segundones, crecidos en su ambición, empezaron a suplirlo en la conducción. El cardenal Angel Sodano es el ejemplo más palmario de ese estado de cosas.

Karol Józef Wojtyła se apagó un día, por ley de la condición humana, y dejó tras sí una iglesia a la que no pudo devolverle su título autoproclamado de “experta en humanidad”, precisamente porque quiso hacerla experta en santidad. Pero la santidad supone una base humana sólida, robusta, granítica. Eso no lo logró. Incluso más: hoy día se discute a cerca de su poca capacidad de respuesta ante abusos, escándalos y actuaciones miserables de personeros de iglesia, situaciones que debió conocer y no sancionó, o que simplemente no advirtió, quedando así culpable de ingenuidad o de disimulo.

Grande hombre el papa polaco. Grande en sus aciertos y en sus errores.

 

 

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