LA BARCA DE PEDRO. CAPÍTULO 2. EL ALEMAN.

 

Se veía venir. La elección del cardenal Ratzinger para el pontificado romano no sorprendió al mundo. Ya estaba bien posicionado, tanto por su personalidad de hombre estudioso, su cargo en la curia vaticana, su quehacer en la enseñanza teológica, su perfil mas bien tímido y retraído en medio de una corte papal llena de ambiciosos.

Añadía a todo eso, la seguridad en la continuación de los criterios pastorales y doctrinales del papa polaco. Era hombre de su confianza plena y le guardó siempre lealtad.

Pero Ratzinger era más académico que pastor, era más hombre de escritorio que de masas, era más pensador que actor. Casi la antítesis de Juan Pablo II, en cuanto a las formas, no a los contenidos.

el 19 de abril de 2005, fue elegido en el cónclave de cardenales como su sucesor natural.

Remontando en la historia de su vida, aparecen hechos que le debieron significar una profunda contradicción que logró superar en un discernimiento guiado por la pura fe. Nada más lejano de un papa retraído, amable, que se distraía tocando serenatas en un piano, haciendo oración y leyendo filósofos, que militar en las filas hitlerianas a los catorce años, y ser parte de una unidad antiaérea en la segunda guerra mundial.

Vuelta la paz a su patria y a Europa, continuó sus estudios clericales hasta ser consagrado presbítero en 1951. Pocos años más tarde ya estaba instalado como profesor de seminarios y universidades (Bonn, Münster, Tübingen). Los jóvenes progresistas tenían en él un maestro. Entre ellos, el brasileño Leonardo Boff, su alumno en Tübingen.

Señalado como uno de los teólogos de mentalidad más abierta, asistió a las sesiones del Concilio Vaticano II celebrado entre los años 1963 y 1966.

Pero la mayoría de las propuestas y decisiones del Concilio quedaron obsoletas a dos años de su publicación: en 1968 cambió el mundo, tras el “mayo francés”, una revolución cultural que tuvo repercusión inmediata en el mundo entero. El Vaticano II había tratado de responder a los interrogantes que le planteaba la humanidad y a los dos años de su conclusión, el mundo le cambió todas las preguntas y el Concilio se quedó hablándole a las sombras.

Ante un cambio de tal magnitud, Ratzinger, designado después como obispo y cardenal a pesar de su relativa juventud, se convirtió en un guardián de la tradición que veía amenazada por una verdadera revolución. El peligro venía de parte del marxismo y del liberalismo, ambos ateos.

En 1978 , cuando se dio el año de los tres Papas (Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II), Ratzinger fue uno de los electores del cardenal polaco quien lo impresionó por la firmeza de sus convicciones tanto en moral como el doctrina teológica. Además ambos coincidían en su postura frente al marxismo ya que sus patrias habían sido invadidas tras la segunda guerra mundial por las tropas rusas.

El entendimiento entre ambos personeros eclesiales fue casi instantáneo. Antes de cumplir tres años en su cargo como sumo pontífice, Juan Pablo II llamó a Roma a Ratzinger y lo puso al frente de la poderosa Congregación para la Doctrina de la Fe, entidad sucesora de la desprestigiada y superada institución del Santo Oficio.

A esas alturas, ya Ratzinger había abandonado sus balanceos progresistas y se había instalado en el campo que patrocinaba el papa Wojtyla: un catolicismo cerrado, duro y agresivo. Desde ahí enfrentó la corriente de la Teología de la Liberación.

Hombre de estudio, el cardenal alemán estuvo en la preparación del Catecismo de la Iglesia católica, un texto que le encargó Juan Pablo II y en el que cifraba grandes expectativas para poder frenar los análisis y las propuestas más liberales en doctrina y en moral. Otro de los textos más demostrativos de la involución doctrinal que afectaba a Ratzinger fue la carta papal Dominus Iesus (año 2000) en donde expresa la vieja teoría axiomática: “Fuera de la iglesia, no hay salvación”.

Al momento de la elección del sucesor del papa polaco, Ratzinger tenía el título y cargo de Decano del colegio de cardenales. Los 115 cardenales reunidos en el cónclave debieron escucharlo en la homilía del funeral de Juan Pablo II como también en la misa al comienzo del cónclave. En ambas ocasiones, Ratzinger aprovechó la circunstancia para hacer un llamado fuerte para conservar fidelidad doctrinal y para denunciar el clima de relativismo social y eclesial.

Dos días duró el cónclave, tiempo considerado sumamente breve para una elección de esa envergadura. Con este dato se indica que ya contaba con los votos del ala conservadora y los de los eternos indecisos que esperan los resultados de las mayorías para sumarse sin mayores complicaciones.

Ratzinger fue elegido contando setenta y ocho años de edad, el 19 de abril de 2005.

Tomó el nombre de Benedicto XVI. Se presentó a la multitud reunida en la plaza de San Pedro, como “un humilde servidor de la viña del Señor”.

¿Fue el hombre más indicado para esa hora del mundo y de la iglesia? Quizá, no.

La manoseada fórmula que asegura que al obispo de Roma lo elige el Espíritu Santo, es un puro slogan. Ciertamente que los creyentes afirmamos que nada se esconde a los ojos de Dios. Pero Dios actúa a través de mediaciones humanas. Su Espíritu suscita, inspira, motiva, promueve, ocasiona… Pero respeta las decisiones humanas. Las respeta y a veces también las aguanta.

En mundo áspero en donde la globalización abarca lo positivo y lo negativo de las conductas; en donde la mujer sigue buscando su legítimo espacio y lugar en la mesa social y eclesial; en donde los desafíos vienen desde el campo de la libertad sexual; en donde la prepotencia de los poderosos los convierte en dueños de los pueblos; en que la crisis de los valores en los que coincidimos creyentes y no creyentes se agudiza; en donde la agresividad de posturas mentales religiosas se convierte en lucha; en el avance notable de sectas de todo tipo que promueven una religión descomprometida viviendo una especie de nirvana celestial que los aleja de los problemas reales; en donde la preocupación eclesial se vuelve ad intra discutiendo nimiedades como el celibato clerical y normas de liturgia; en donde no se busca respuesta inteligente a la falta de vocaciones para el pastoreo; en donde se discute el valor de la misma vida… un Papa con el carácter, el estilo y las singularidades de Benedicto XVI quedaba totalmente desorientado. Sus respuestas ya no podían interesar en la mesa de las discusiones.

El Papa, demostrando su inteligencia, se dio cuenta que estaba superado. El golpe de gracia lo dio la comprobación de la traición de algunos de sus colaboradores que sacaron documentos privados de su propio escritorio, y los hechos criminales que empezaron a salir a la luz pública protagonizados por clérigos pederastas que acumularon sobre la iglesia las maldiciones de todos los bien nacidos.

Metido en un mundillo de ambiciones, abusos y deshonestidades que ensuciaban el rostro salvador de Cristo, el papa Ratzinger anunció que a partir del 28 de febrero dejaba su cargo señalando que “para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio es necesario el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que en los últimos meses ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”.

Un gesto que lo ennoblece. Benedicto XVI fue un hombre que debió asumir responsabilidades que le cargaron sobre las espaldas, sin él desearlo, ni aceptarlo en los entresijos de su corazón.

Ahora ha vuelto a su oración, a sus libros y a su piano.

Este artículo fue escrito en Catalejos. Enlace Permanente.

3 Respuestas a LA BARCA DE PEDRO. CAPÍTULO 2. EL ALEMAN.

  1. Gabriela Peña dijo:

    Rezando, estudiando, incluso tocando el piano, tal vez pueda prestar un buen servicio a la comunidad de creyentes, si està abierto a lo que el Espìritu suscite…
    al fin y al cabo, ¿quièn sabe còmo, cuándo, por donde y a travès de quien el Espìritu sigue animando, alentando, sosteniendo este pobre mundo nuestro y esta pobre barca?..

  2. Sergio Chacón Espinoza dijo:

    Un pequeño y modesto alcance a las lineas “que militar en las filas hitlerianas a los catorce años, y ser parte de una unidad antiaérea en la segunda guerra mundial”, del artículo LA BARCA DE PEDRO. CAPÍTULO 2. EL ALEMAN. Estas lineas, de mi punto de vista, pueden llevar a una confusión, ya que da la impresión que voluntariamente estuvo en las filas hitlerianas. Las siguientes lineas ojala sirvan o ayuden a esclarecer esos momentos de su juventud:
    …”””…“La Segunda Guerra Mundial forzó un aplazamiento de sus estudios, hasta 1945, cuando ingresó en el Seminario con su hermano Georg. En ese momento, la membresía en el grupo de las “Juventudes Hitlerianas” era obligatoria para hombres y mujeres jóvenes, es así que, contra sus deseos, Joseph se enroló. Algo obligatorio para los seminaristas a partir de 1939, pues éstos se consideraban sospechosos de ir en contra del régimen nazi. Fue destinado a la protección de la fábrica de BMW en las afueras de Múnich, ciudad que fue bombardeada masivamente. Prestó servicio entre abril de 1943 y septiembre de 1944. En este tiempo asistió al instituto de segunda enseñanza Maximiliansgymnasium, aunque quería ser sacerdote. Tras la instrucción básica, fue destinado a Austria, concretamente en la protección anti-tanque. Por todos los sucesos, él era un miembro sin entusiasmo de hecho, su familia había estado en clara oposición al Nazismo, al punto que tuvieron que irse a un pueblo diferente por preocupaciones reales de seguridad. Él nunca vio un combate y como consecuencia abandonó la unidad, una acción que habría significado ejecución sumaria si se le encontraba. Marcado por los años llenos de terror de la Segunda Guerra Mundial.
    Las experiencias de Ratzinger también fueron horrorosas. En particular, su decisión de dejar su unidad del ejército sólo después de que él tenía la edad militar apropiada le podría haber costado su vida. En ese momento, él supo que las temidas unidades SS dispararían a un desertor en la marcha o lo colgarían de un poste como una advertencia para otros. Él recordó su terror cuando fue detenido por unos soldados. “Gracias a Dios eran unos soldados que habían tenido suficiente de la guerra y no quisieron volverse asesinos,” “Tenían que encontrar una razón para permitirme ir. Yo tenía mi brazo en una honda debido a una lesión”. “Camarada, usted está herido,” ellos le dijeron. “Siga.” Esto fue a finales de abril de 1945. Cuando los americanos finalmente llegaron a su pueblo, escogieron establecer su oficina principal en la casa de Ratzinger. Joseph es identificado como un soldado alemán y es encarcelado en un campamento para prisioneros de guerra. Se lo dejó en libertad el 19 de junio y regresó a casa en Traunstein, seguido por su hermano Georg en julio. En noviembre, Joseph y su hermano Georg vuelven a entrar en el Seminario. En 1947, entró en el Instituto Teológico, Herzogliches Georgianum, asociado con la Universidad de Munich. Finalmente, el 29 de junio de 1951, Joseph y su hermano Georg fueron ordenados Sacerdotes por el Cardenal Faulhaber, en la Catedral de Freising, en la Fiesta de los Santos Pedro y Pablo””….
    Autor: “Michael” Journal

    • Agustín Cabré
      20 feb. (hace 1 día)

      para schacone
      Creí que estaba dicho con estas líneas que están en el escrito: “en la historia de su vida, aparecen hechos que le debieron significar una profunda contradicción que logró superar en un discernimiento guiado por la pura fe.

      Sergio F. Chacon
      0:05 (hace 20 horas)

      para mí
      Debemos tener en cuenta que no todos tenemos la capacidad de comprensión y análisis sobre artículos escritos por periodistas. Lo digo con profundo respeto y sin esconder alguna doble intención; pero usted, al menos para mí, da a entender que milito en el ejército de mutuo propio, en circunstancias que fue obligado como sucedió con muchos religiosos. Atte., Sergio

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