LA BARCA DE PEDRO 3. El argentino.

FRANCISCO, EL HOMBRE QUE LLEGO DEL SUR

1.LA SORPRESA.

En el anochecer de Roma, el 13 de marzo de 2013, caían aún las últimas gotas de una lluvia que anticipaba la primavera. La multitud reunida en la plaza de San Pedro hablaba, cantaba, esperaba. Así había estado desde la mañana de ese miércoles cuando una gaviota había insistido en posarse sobre la pequeña campana que coronaba la chimenea de la capilla. Por allí debía salir el humo que anunciaría la gran noticia al mundo. La visión esa ave marinera era comentario obligado entre los peregrinos. Lo que no sabían era que la gaviota era de la familia conocida como Larus argentatus.

 

Por fin el humo blanco tiñó la noche romana y cubrió la redondez del mundo. Un cardenal de voz un tanto débil y figura temblorosa salió al balcón, y un silencio de bosque se anidó por un instante en la plaza. Detrás de él los medios de comunicación mostraban al mundo los cortinajes solemnes, los ventanales gigantes, las vestiduras de seda de los cardenales que lo acompañaban.

En lengua latina, la voz dijo un nombre.

Y las campanas iniciaron la danza de sonidos que anunció el gozo de tener un nuevo obispo de Roma: Jorge Mario Bergoglio, cardenal arzobispo de Buenos Aires, un hombre llegado desde la otra punta del mundo.

 

  1. EL HOMBRE

 

Muchas veces los que asumen cargos eclesiásticos quedan tapados bajo vestiduras de tipo real y sacerdotal de la vieja usanza. Tanta sotana con botones morados, tanto roquete bordado, tanta esclavina volante, tanta muceta colorida, tanta estola, bonete, solideo, birrete, mitra y demás distintivos de autoridad, podrían hacer pensar que el báculo o cayado que también llevan los obispos en sus manos es más para apoyarse y sostener tanto peso de indumentaria que un símbolo de pastor.

Por eso llamó la atención que el hombre de blanco que apareció en el balcón de la Plaza de San Pedro vistiera solamente una sotana simple cruzada por un pectoral plateado.

Fue la segunda señal de que el Papa iba a servir a la iglesia con su estilo particular ajeno a la ampulosidad. Decimos que fue la segunda señal, porque la primera había sido minutos antes al elegir el nombre. Pidió ser llamado Francisco, como aquel rebelde de Asís que dejó los lujos de su casa y se internó desnudo en el bosque con unos cuantos amigos y amigas deseosos de vivir sin oropeles, sin poderes, sin estruendos ni trompetería, para hacerse amigo hasta de los lobos.

 

Desde el comienzo de su nueva responsabilidad el cardenal de Buenos Aires “rayó la cancha”, un término deportivo que señala los espacios por dónde y cómo deben moverse los que entran a pisar el césped del estadio. La frase no le es desconocida; por algo Bergoglio figura desde el año 2008 como el socio número 88.235 del club San Lorenzo de Almagro de la capital argentina y, por lo tanto, las canchas y el deporte no le son ajenos.

 

Es bueno que bajo la indumentaria recargada de la liturgia católica veamos al hombre real que quiso dedicar su vida al anuncio del evangelio liberador de Jesús.

 

Cuando se escribe acerca de un obispo para resaltar sus condiciones de guía y santificador de la comunidad, se cae habitualmente en un espiritualismo que diluye a la persona concreta que aquí queremos rescatar.

 

Que un cura, un obispo, un Papa, prediquen los temas religiosos, atiendan las liturgias, hagan oración, celebren los sacramentos y animen a la comunidad a buscar a Dios en las realidades de esta vida, parece tan normal que, sin darnos cuenta, los vamos colocando en un pedestal más arriba que el común de los cristianos. Se supone que debe ser así. Ellos empiezan a participar entonces, en el imaginario social, dentro de un clima celestial que los aleja del quehacer diario, los separa de este mundo real y termina convirtiéndolos en seres casi extraterrestres.

Por eso, cuando hace cien años alguien observó que el papa Pío X (hoy día canonizado y declarado santo) liaba un cigarrillo y lo fumaba con gusto, y se escandalizó.

-¿Cómo Su Santidad, que es Papa, puede caer en ese vicio?- aseguran que le preguntó un cardenal.

-Esto de fumar no es vicio -dijo Pío X-. Si lo fuera, ciertamente que usted lo tendría.

 

Hoy día, con el paso del tiempo, ya hay más comprensión y apertura mental. Por eso es bueno saber que, además de la preocupación y la vivencia de tipo religioso, el papa Bergoglio es un hombre a quien, además          del fútbol, le encanta escuchar la obertura “Leonora Número tres” de Beethoven en la versión de Furtwëngler, pero también a Carlos Gardel, a Julio Sosa y a la orquesta D’Arienzo, porque, como él mismo ha dicho a la periodista Francesca Ambrogetti, “el tango me sale de adentro,      aunque para bailar prefería la milonga”, y reconoce que su película favorita es “La fiesta de Babette”. En pintura prefiere a Chagall, el artista ruso del surrealismo que en 1917 se unió activamente a la revolución bolchevique y que debió vivir lejos de su patria cuando los odios racistas se apoderaron de Europa.

 

  • LA FAMILIA.

 

Desde sus comienzos como presbítero jesuita, hasta sus días como cardenal arzobispo de Buenos Aires, su presentación normal al saludar a alguien constaba de cuatro palabras: “soy Jorge Bergoglio, cura”

Pudiera ser que caminara vestido con una sotana o, como lo hacía la mayoría    de las veces, llevando un traje oscuro de ciudadano corriente. Pero su timbre y su    marca, la que le ha llenado la vida, es el hecho de ser cura.

 

Jorge Mario Bergoglio nació en el barrio de Flores, en Buenos Aires.

Pero sus ancestros paternos están en el noreste de Italia, en la provincia italiana de Asti, región del Piamonte, precisamente en el pueblo de Portacomaro. También la familia de su madre es del norte de Italia, un pueblito pintoresco frente al mar: santa Giulia de Lavagna.

 

Eran los años en que Argentina abría los brazos para recibir a gente que emigraba desde Europa a causa de la situación política amenazante para la paz, y también por la carestía de la vida.

Para tantos españoles, centroeuropeos, israelitas e italianos, América se convirtió en la patria grande que les daría la oportunidad de empezar de nuevo. Y en este continente de la esperanza, Argentina era el país ideal por sus leyes protectoras, las anchuras de las tierras y la mentalidad abierta para hacer compartir la patria con los que llegaban.

 

Mario José Bergoglio, desde Portacomaro, y la familia de María Regina Sívori, desde santa Giulia de Lavagna, arribaron a Buenos Aires como inmigrantes. Pocos años después, en 1934, ambos se conocieron en actividades en una parroquia salesiana, y ya no se separaron más. Fueron cinco los hijos que nacieron en esa familia donde el padre ejercía como contador y empleado ferroviario, y la madre era una cariñosa ama de casa.

 

El primer hijo, nacido el 17 de diciembre de 1936, fue bautizado en la Navidad de ese año como Jorge Mario. Setenta y seis años después, él mismo buscaría un nombre nuevo: Francisco.

 

En sus recuerdos, el Papa señala que además de sus padres, una gran influencia en su formación y crecimiento fue la personalidad de su abuela. De ella aprendió el piamontés, el manejo de la cocina, el gusto por la ópera, el sentido de unidad familiar que caracteriza a la clásica familia italiana.

 

Al reconocer a las personas que marcaron su formación para la vida, figura en forma destacada Ester Ballestrino, la jefa que tuvo al trabajar en un laboratorio al graduarse como técnico químico. Ella era una mujer paraguaya, comunista, quien años más tarde debió padecer la violencia de la dictadura militar, siendo secuestrada y asesinada. Para el papa Francisco ella fue una mujer extraordinaria que le enseñó la seriedad en el trabajo, el cumplimiento del deber hasta en sus detalles.

 

Al cumplir veintiún años, Jorge Mario tomó la decisión de su vida: ingresar como religioso a la Compañía de Jesús, iniciando sus estudios para el sacerdocio. Eligió esa vertiente religiosa porque le llamó la atención el carácter misionero, la vida en comunidad y la disciplina para el ordenamiento del tiempo, las actividades, la vida personal y pastoral de la Compañía de Jesús.

 

  1. SU EXPERIENCIA CHILENA.

 

Los primeros años de formación los tuvo en Chile, en una localidad que por ese año de 1957 estaba nuevamente cambiando de nombre: al comienzo de su historia se llamó Peucodañe (Nido de peuco o aguilucho), después Estancia de Santa Cruz, más tarde Marruecos, y finalmente Padre Hurtado, en homenaje al jesuita que levantó allí la gran casa-seminario para su congregación y que dedicó su vida a las obras sociales y a la renovación de la fe. Hoy es venerado como ejemplo de cristiano: san Alberto Hurtado.

 

A ese enorme edificio de cemento con capacidad para más de cien religiosos, llegó Jorge Bergoglio para iniciar sus estudios de jesuita y allí, junto con su crecimiento espiritual y el aprendizaje de ciencias clásicas, conoció dos realidades que habían estado ausentes en su vida hasta entonces: el frío en los inviernos y la situación de pobreza del mundo popular campesino en el valle central de Chile.

Respecto al frío, el jesuíta Fernando Montes comenta:

 

”La calefacción no se encendía. Solamente en atención a los seminaristas que venían de Argentina y Uruguay fue que nos dieron agua caliente dos o tres veces en la semana”.

 

Y en relación al mundo de la pobreza, el mismo Bergoglio escribía en carta a su hermana, el 5 de mayo de 1960, desde Chile:

 

“Te voy a contar algo: Yo doy clases de religión en una escuela a tercer y cuarto grado. Los chicos y las chicas son muy pobres; algunos hasta vienen descalzos al colegio…Muchas veces no tienen nada que comer, y en invierno sienten el frío en toda su crudeza. Tú no sabes lo que es eso, pues nunca te faltó comida, y cuando sientes frío te acercas a una estufa…Te digo esto para que pienses… Cuando estás contenta, hay muchos niños que están llorando. Cuando te sientas a la mesa, muchos no tienen más que un pedazo de pan para comer, y cuando llueve y hace frío, muchos están viviendo en cuevas de lata, y a veces no tienen con qué cubrirse… Los otros días me decía una viejita: ‘Padrecito, si yo pudiera conseguir una frazada (manta), ¡qué bien me vendría! Porque de noche siento mucho frío’. Y lo peor de todo es que no conocen a Jesús. No lo conocen porque no hay quién se lo enseñe. ¿Comprendes ahora por qué te digo que hacen falta muchos santos?“.

        

Esa realidad sufriente del pueblo lo marcó a fuego. Allí, en esa casa seminario que había levantado un hombre como Alberto Hurtado, apóstol de la solidaridad, el joven Jorge Bergoglio aprendió para siempre la dimensión social de la fe cristiana. Pudo resumir su credo, muchos años después siendo ya arzobispo de Buenos Aires, en sus conversaciones llenas de unción y de experiencia con su amigo el rabino israelita Abraham Skorka:

 

“En los dos mandamientos, amarás a tu Dios con todo el corazón y el segundo, amarás al prójimo como a ti mismo, Jesús nos dice que está toda la ley. De aquí que la concepción liberal de lo religioso en el templo, y eliminarlo fuera de él, no cierra. Hay acciones que habitualmente se hacen en el templo, como la adoración a Dios, la alabanza, el culto. Pero hay otras que se hacen afuera, como la dimensión social que tiene la religión. Empieza en un encuentro comunitario con Dios, que está cercano y camina con su pueblo y se va desarrollando a lo largo de la vida con pautas éticas, religiosas, de fraternidad. Ahí hay algo que guía el comportamiento con los demás: la justicia. Creo que el que adora a Dios tiene, en esa experiencia, un mandato de justicia para con sus hermanos. Es una justicia sumamente creativa, porque inventa cosas: educación, promoción social, cuidado, alivio. Por eso el hombre religioso íntegro es llamado hombre justo, lleva la justicia a los demás. En ese aspecto, la justicia del religioso o la religiosa crea cultura…Juan Pablo II tenía una frase muy arriesgada: una fe que no se hace cultura no es una verdadera fe”.

 

 

  1. EL JESUITA.

 

El 13 de diciembre de 1969, a los 33 años de edad, Jorge Mario       Bergoglio     fue ordenado presbítero en la Compañía de Jesús.

En los dos años siguientes continuó en España su formación como jesuita, y a su regreso a la patria fue designado profesor de teología en el colegio máximo de San Miguel.

 

En 1973, el 31 de julio, día en que la iglesia recuerda como santo a Ignacio de Loyola, Bergoglio fue elegido superior provincial para los jesuitas de Argentina. Debió así, muy joven, iniciar el servicio pastoral de ser guía, acompañante animador, de sus hermanos.

 

Eran años muy recios. Desde 1966 imperaba en la nación la llamada “revolución argentina” dirigida por los mandos militares que habían derribado al presidente constitucional Arturo Illía.

 

En 1973 la situación se hacía ya insostenible para la dictadura, y los alzamientos populares apresuraron la caída del sistema: los militares llamaron a elección permitiendo intervenir al partido peronista, pero vetando la candidatura de Juan Domingo Perón, entonces     exiliado en España.

 

Realizada la votación resultó elegido presidente el peronista Héctor Cámpora, quien al poco tiempo renunció a la presidencia y llamó a nueva elección en la que Perón pudo ser candidato. Triunfó, efectivamente, con el 62% de los votos. Sin embargo, al año siguiente, 1974, el general fallecía dejando la presidencia de la nación a su esposa, Isabel Martínez. Dos años más tarde un nuevo golpe militar         reponía a las fuerzas armadas en el poder de la nación. Empezó entonces el “Proceso de reorganización del Estado”, que duró hasta 1983 y dejó la marca violenta y deleznable de la persecución con    resultados de robo, desaparición y asesinato de miles de ciudadanos considerados opositores al régimen.

Además, los que suprimiendo a los adversarios, creían salvar a la patria del peligro siempre amenazante para ellos y las causas que defendían, actuaban bajo una consigna mítica ante la que muchos obispos quedaron estupefactos: “Argentina es católica y militar”.

 

  1. TIEMPOS DE DICTADURA MILITAR.

 

Bergoglio, como superior provincial de los jesuítas en Argentina entre 1973 y 1979, debió afrontar una serie de situaciones dramáticas.

Entre ellas el secuestro de dos de sus hermanos jesuitas, quienes fueron torturados y dejados en libertad después de varios meses.

Hay cuestionamientos acerca de la actitud de Bergoglio en esos años de matonaje institucional. Pero ciertamente es sobrehumano pedir a cualquier autoridad que ante situaciones incontrolables, imprevistas,     desconocidas y en clima de terror, actúe con la sapiencia, serenidad,     ordenamiento y capacidad de respuesta como si se tratara de eventos normales.

 

Lo que dibuja con más precisión la actuación del provincial jesuita    en esos años es lo que ha dicho el premio Nobel de la paz Adolfo Pérez Esquivel:

 

”En la dictadura argentina hubo obispos que fueron cómplices,        pero Bergoglio no. Se le cuestiona porque no hizo todo lo necesario    para sacar de prisión a dos jesuitas, pero también sé que hubo obispos    que quizá con exceso de prudencia hicieron gestiones silenciosas para   liberar a los perseguidos. No considero que Jorge Bergoglio haya sido       cómplice de la dictadura, pero creo que le faltó coraje para acompañar          nuestra lucha por los derechos humanos en los momentos más          difíciles”.

 

Por su parte, el diplomático estadounidense Tex Harris, quien          trabajó en esos años amargos en la embajada de su país en Argentina, declaró ante una consulta en este tema:

 

” En ese tiempo la gente tenía miedo, el gobierno estaba        matando gente. Nadie sabía quién era el blanco. Había un problema de información. Al principio la gente no se daba cuenta de la magnitud de lo que los militares estaban haciendo…El sistema que adoptaron los militares argentinos durante la guerra sucia fue igual al de la guerra de Argelia. Los comandantes le dieron a los grupos operativos mucha autonomía; entonces si uno llamaba a un general intercediendo por alguna persona, no siempre sabía lo que había pasado, no había legajos, no había un comando central…Bergoglio no fue un héroe, pero tampoco un cómplice”.

 

Una versión muy fidedigna sobre los acontecimientos de esos años es la que entregó en una entrevista el superior provincial jesuita         de Colombia, Alvaro Restrepo, quien conoció a los dos jesuitas que habían sido encarcelados y torturados durante la dictadura: Orlando      Yorio y Franz Jalics:

 

“Con Orlando me encontré tiempo después en Montevideo. Fui a      visitarlo personalmente un día. Había salido ya de la Compañía, pero siguió de cura diocesano. Jalics se quedó un poco más en Argentina, antes de radicarse en Alemania, y un día fue a verme. Me dijo: ‘Con Jorge Mario no tengo sino gratitud’. Con Orlando las cosas quedaron       así, con su salida de la Compañía”.

Tras la elección de Bergoglio como Papa, Jalics envió una carta al   superior general de la Compañía. Respecto a ella, Alvaro Restrepo señala en la entrevista:

 

”Voy a traducir del italiano, a su vez traducida del alemán, como      me llegó: “Viví en Buenos Aires a partir de 1957. En 1974, movido por el íntimo deseo de vivir el Evangelio y de estar atento a la tragedia de         los pobres, con el permiso del arzobispo y del entonces provincial          Jorge Mario Bergoglio, y junto con otro confratello (Orlando), fuimos a        habitar en una favela, en un barrio miserable de la ciudad. En la   situación de entonces, o sea, de guerra civil, fueron muertos por la   junta militar, en el espacio de unos diez años, cerca de 10.000 personas: Guerrilleros de izquierda y civiles inocentes. A causa de          informaciones falsas y tendenciosas, nuestra situación fue interpretada     mal, aun dentro de la vertiente intereclesial. En aquel tiempo habíamos tomado contacto con uno de nuestros colaboradores laicos porque   entró a hacer parte de la guerrilla. Nueve meses después, cuando fue   arrestado ese señor, interrogado por los militares, tuvieron      conocimiento de nosotros. En la hipótesis de que hubiésemos tenido algo que ver con la guerrilla, fuimos arrestados. Después de un        interrogatorio de cinco días el oficial que había dirigido el interrogatorio    nos dijo que nos iba a liberar. En sus palabras: “Padre, porque ustedes          de ninguna manera son culpables. Ya les buscaré el modo de que   vuelvan a trabajar por los pobres”. A pesar del apoyo de esa afirmación          de algún modo incomprensible, fuimos sin embargo mantenidos en cárcel cinco meses, encadenados y con los ojos vendados. Después       de ser liberados, no estoy en grado de hacer ninguna declaración en         contra del arzobispo Bergoglio. Abandoné Argentina. Después de años   tuve la oportunidad de hablar con él sobre lo que había sucedido. Hemos celebrado públicamente juntos la misa y nos hemos abrazado. No queda nada que tenga que ser reconciliado. Y por lo que a mí      respecta, lo considero como un incidente absolutamente cerrado. Le         deseo al papa Francisco abundancia de bendición en su ministerio”.

 

Casi ocho meses después de la elección papal, Francisco y Franz Jalics, se abrazaron, en Roma, como los hermanos que siempre fueron.

 

 

En las entrevistas realizadas por Francesca Ambrogetti y Sergio      Rubin para escribir sobre Bergoglio el libro titulado “El jesuita”, salieron   a la luz otras actuaciones del arzobispo en favor y amparo de gente perseguida por la dictadura. No sólo recibía en el Colegio       Máximo de San Miguel, en Buenos Aires, a líderes sociales o jóvenes en rebeldía, con la excusa de que iban a practicar los ejercicios   espirituales ignacianos, sino que llegó a entregar su propia cédula de        identidad para que un perseguido por los militares, y que era        físicamente parecido a él, saliera del país vestido de cura, por la frontera hacia Paraguay.

 

En 1979, tras su servicio como superior provincial, Jorge Mario         Bergoglio asumió nuevamente su cátedra de teología por algunos años.

 

En 1992 fue nombrado como uno de los obispos auxiliares      de Buenos Aires recibiendo la consagración episcopal el día 20 de          mayo. Seis años más tarde, al fallecer el cardenal Quarracino, el    jesuíta fue nombrado por el papa Juan Pablo II arzobispo de Buenos      Aires y primado de Argentina. Contaba con 61 años de edad.

 

VII. EL ARZOBISPO.

 

De inmediato se notó otro estilo de conducción pastoral .El nuevo    arzobispo salió a la calle y se mezcló con la gente y sus problemas, con sus esperanzas y sus vivencias. Desde luego dejó el vehículo asignado al arzobispo, hizo armar un departamento sencillo para habitar al lado de       la catedral, no contrató secretarias ni cocinera; usó casi siempre la vestimenta con chaqueta y pantalón oscuro, la camisa con cuello   clerical y no cambió los zapatones que le permitían pisar las callecitas de Buenos Aires desde el cemento de la Avenida 9 de Julio hasta las         callejas embarradas de las villas donde habitan los pobres.

Austero, cordial, cercano, sencillo, son términos que empezaron a   identificarlo. Pero también agudo en su pensamiento y análisis, seguro    y firme en lo que él mismo llama “la herencia” cuando se refiere a los         aspectos centrales de la doctrina católica, directo en su discurso oficial.

Los curas párrocos de la ciudad notaron muy pronto que su arzobispo estaba al lado: podía llegar en cualquier momento y los acompañaba especialmente cuando tenían alguna dificultad. Si estaban enfermos, Bergoglio se portaba con ellos como un enfermero.

En los barrios empobrecidos, los “curas villeros” se sintieron alentados por su pastor.

Un misionero claretiano, actualmente obispo de San Carlos de Bariloche, que lo conoció en esos años, Juan José     Chaparro, dejó así su testimonio:

 

”Lo hemos visto caminar por las villas, junto a sus curas, como        cuando caminó acompañando los restos del P. Daniel De la Sierra, que del cementerio de Flores era trasladado a la capilla de su comunidad        por una multitud inmensa, o acompañando a la gente en las plazas,      en momentos de misión popular, animando a los misioneros a salir de las Iglesias para ganar la calle…o cuando llamaba a alguien que lo había estado buscando, sorprendiéndote con su voz y cercanía…”

 

Su voz pausada en la conversación, en las tardes de mate con alguna familia humilde, en el diálogo a corazón abierto con los amigos, sólo cambiaba para hacerse ventarrón cuando desde el altar de la catedral o desde los micrófonos en las festividades religiosas tenía verdades que decir.

 

Especialmente, la fecha del 25 de mayo de cada año se trasformó en la ocasión para que las autoridades de la nación y el pueblo en general escucharan la voz del arzobispo. Es el día de la celebración de         la independencia en el país y Bergoglio aprovechó siempre la oportunidad que le brindaba la ocasión.

 

En un estilo directo, sin oropeles       oratorios, pero con un pensamiento bien expresado y tremendamente lúcido, el arzobispo pudo animar en la esperanza de días mejores; los        temas de justicia social, de organización popular, de defensa de los valores y principios         éticos desde una visión cristiana; son textos que no     tienen desperdicio. Su crítica a un sistema que mantenía privilegios para los partidarios del gobierno y era sordo a las demandas de los opositores, era lapidaria.

 

El 25 de mayo del año 2000, desde el altar de la catedral de Buenos Aires, pidió refundar el vínculo social entre los argentinos:

 

Un vínculo que acerque la dolorosa brecha entre los que tienen      más y los que tienen menos. Que acerque a los jóvenes que no encuentran su propio proyecto social. Un vínculo que nos reavive el       amor a una niñez con frecuencia despreciada y empobrecida. Que nos alarme frente a cada persona que pierde su trabajo. Que nos haga     solidarios e integradores para con los inmigrantes desposeídos y de buena voluntad, que llegan y deben seguir llegando. Un vínculo que nos haga especialmente cuidadosos de los ancianos que han          desgastado su vida por nosotros y hoy merecen celebrar y recuperar sus puestos de sabios y maestros transmitiéndonos esperanza.

¡Refundar con esperanza nuestros vínculos sociales!: esto no es     un frío postulado eticista y racionalista. No se trata de una nueva utopía         irrealizable ni mucho menos de un pragmatismo desafectado y expoliador.

Animémonos a tocar: a tocar al marginado del sistema, viendo en    él a hombres y mujeres que son mucho más que votantes potenciales. En el marco de las Instituciones republicanas demos poder y apoyo a aquellas organizaciones comunitarias que estrechan las        manos y hacen participar, que privilegian la intimidad, la fraternidad, la       lealtad a los principios y objetivos como una nueva “productividad”. Así los jóvenes recuperarán horizontes concretos, descubrirán los futuros posibles, dejando de lado enunciados vacíos, que ahondan las propias vaciedades.

Cedamos el protagonismo a la comunidad, apoyando y sosteniendo a quienes se organizan en pos de sus fines. Así se          quebrarán las barreras de la incomunicación que, paradójicamente, existe en este mundo supercomunicado”.    

 

Dos años más tarde, en la misma fecha patria, decía:

”En esta tierra bendita, nuestras culpas parecen haber achatado      nuestras miradas. Un triste pacto interior se ha fraguado en el corazón de muchos de los destinados a defender nuestros intereses, con consecuencias estremecedoras: la culpa de sus trampas acucia con su herida y, en vez de pedir la cura, persisten y se refugian en la          acumulación de poder, en el reforzamiento de los hilos de una telaraña    que impide ver la realidad cada vez más dolorosa. Así el sufrimiento          ajeno y la destrucción que provocan tales juegos de los adictos al    poder y a las riquezas resultan, para ellos mismos, apenas piezas de un tablero, números, estadísticas y variables de una oficina de         planeamiento. A medida que tal destrucción crece, se buscan argumentos para justificar y demandar más sacrificios escudándose en la repetida frase “no queda otra salida”, pretexto que sirve para   narcotizar sus conciencias. Tal chatura espiritual y ética no sobreviviría     sin el refuerzo de aquellos que padecen otra vieja enfermedad del    corazón: la incapacidad de sentir culpa. Los ambiciosos escaladores, que tras sus diplomas internacionales y su lenguaje técnico, por lo demás tan fácilmente intercambiable, disfrazan sus saberes precarios y          su casi inexistente humanidad”.

La tolerancia de las autoridades de la nación que debían asistir por oficio a la catedral de Buenos Aires, llegó a un límite. Al escuchar    el constante cuestionamiento ético de labios del arzobispo, optaron por una       itinerancia muy especial: cada 25 de mayo en los últimos años, las      autoridades nacionales se han ido a participar en otras catedrales, con     otros obispos que tienen un discurso menos agresivo para sus oídos.

En el imaginario popular pronto se hizo presente la figura de dos poderes que no tenían el mismo lenguaje.

El arzobispo, creado cardenal en el año 2001, siguió con su tarea    pastoral diciendo lo que juzgaba necesario decir, abriendo cauces a una evangelización que sacara de los templos el mensaje cristiano para hacerlo llegar a los alejados.

Ciertamente que todo lo anotado hasta aquí respecto a la labor de Bergoglio al frente del arzobispado de Buenos Aires puede parecer demasiado laudatorio. ¿No tuvo el cardenal-arzobispo aspectos     negativos en su gestión de pastor? Me atrevo a decir que sí. No sería una persona humana si no hubiera experimentado dudas, hubiera equivocado alguna respuesta, hubiera desencantado a alguien por una palabra, una decisión o un gesto que pudo tener distintas    interpretaciones. Pero en la balanza de su servicio episcopal sin duda que los elementos positivos han sido mayoritariamente reconocidos y las equivocaciones han debido tener un peso tan menor que no dañan en absoluto su labor.

 

VIII. EL DESAFIO DE LAS SITUACIONES SOCIALES.

 

El tema de la experiencia religiosa aterrizada y asumida como respuesta de fe ante las situaciones humanas concretas necesitadas de luz, de apoyo y de justicia, se le fue haciendo a Bergoglio cada vez más acuciante. En sus homilías, como arzobispo de Buenos Aires, especialmente en las fechas patrias y en las celebraciones masivas de religiosidad popular, ha quedado plasmada su enseñanza y su vivencia de la misericordia de Dios que en su hijo Jesús pasó por el mundo haciendo el bien.

 

La figura del samaritano ha sido recurrente en la catequesis de Bergoglio. Representa la actitud del mismo Cristo que vino a salvar lo que estaba perdido, pero no sólo en vistas a una salvación extraterrena, una promesa de futuro celestial, sino a salvar de las situaciones inhumanas que dejan a la gente indefensa ante las injusticias del sistema político, económico y social. Así todo insulto, desprecio o abuso que golpea el rostro de un ser humano es al mismo tiempo un manotazo contra Dios, dador de todo bien. Toda perversión del orden natural de la vida se vuelve un camino de muerte.

 

Ante una situación violenta, como el asalto y ataque recibido por un viajero en el camino que lleva de Jerusalén a Jericó, por ejemplo, la actitud natural que nace del corazón humano es la de ayudar. Acercarse, consolar, levantar, sanar las heridas. El hecho de mirar hacia otro lado, dar un rodeo, evitar el compromiso, resulta una perversión nacida del egoísmo y el temor a perder las propias seguridades.

 

En la catedral de Buenos Aires decía el cardenal Bergoglio el 25 de mayo del año 2003:

-“ El relato del Buen Samaritano, digámoslo claramente, no desliza una enseñanza de ideales abstractos, ni se circunscribe a la funcionalidad de una moraleja ético–social. Sino que es la Palabra viva del Dios que se abaja y se aproxima hasta tocar nuestra fragilidad más cotidiana. Esa Palabra nos revela una característica esencial del hombre, tantas veces olvidada: que hemos sido hechos para la plenitud de ser; por tanto no podemos vivir indiferentes ante el dolor, no podemos dejar que nadie quede a un costado de la vida, marginado de su dignidad. Esto nos debe indignar”.

 

En su comentario al texto evangélico del Buen Samaritano, el cardenal invitó al pueblo y a las autoridades a tomar posición frente a la parábola presentada por Jesús; invitó a asumir cada uno de los personajes: o nos identificamos con los salteadores que violentan y dañan, o nos representa mejor el herido del camino porque recibimos el daño causado por un sistema creado y administrado para depredar la naturaleza y al prójimo; o somos de los que pasan por la vida sin querer ver el dolor de las víctimas; o, finalmente, nos podemos identificar con el samaritano que acude a socorrer al que está caído.

No hay escapatoria en esta exégesis aterrizada y directa del hoy papa Francisco. Nadie podrá decir que no ha entendido el mensaje que grita desde el evangelio.

 

  1. OBISPO DE ROMA.

Este es el hombre que salió un día de marzo de 2013 camino de      Roma para participar en la elección del nuevo obispo de Roma y que se despidió de la gente diciendo tres palabras: voy y vuelvo.

 

 

 

 

Este artículo fue escrito en Catalejos. Enlace Permanente.

4 Respuestas a LA BARCA DE PEDRO 3. El argentino.

  1. Mariano dijo:

    EXCELENTE ARTÍCULO Agustín. Gracia por compartir cuanto en el se dice del Papa Francisco que desconocía.

  2. Es famosa aquella homilía en la que Jorge Bergoglio, le decía a la ciudad de Buenos Aires cuando se desnudó el problema siempre recurrente del trabajo esclavizador y en negro y la gente encerrada, hacinada e indocumentada : “Buenos Aires, te has convertido en una picadora de carne humana”. También aquella otra al referirse al incendio del Cromañón : “Buenos Aires, aún no has llorado suficientemente a tus hijos muertos…”
    Estas y otras frases parecidas escandalizaban al gobierno de la Kris, que se escapaba de él como si viera al diablo.

  3. Autor: Francisco Chmelar (IP: 200.114.126.196, pub-cust-196.126.114.200.bf.directvnet.com.ar)
    Correo: lu1hiv@gmail.com
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    Comentario:
    Es famosa aquella homilía en la que Jorge Bergoglio, le decía a la ciudad de Buenos Aires cuando se desnudó el problema siempre recurrente del trabajo esclavizador y en negro y la gente encerrada, hacinada e indocumentada : “Buenos Aires, te has convertido en una picadora de carne humana”. También aquella otra al referirse al incendio del Cromañón : “Buenos Aires, aún no has llorado suficientemente a tus hijos muertos…”
    Estas y otras frases parecidas escandalizaban al gobierno de la Kris, que se escapaba de él como si viera al diablo.

  4. José Ortíz dijo:

    Felicitaciones Agustín por la trilogía papal y fundamentalmente por la relacionada con el Papa Francisco en la que se incluye en un estilo interesante, mucho material poco conocido y que habla de un pastor de gran calidad humana.
    Gracias,
    José Ortíz

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