Curas ¿cansados o casados? (primera parte).

Vuelve a aparecer en las informaciones relacionadas con la iglesia católica, el tema del sacerdocio para varones casados.
Cada cierto tiempo se instala el asunto en las discusiones eclesiales y después todo queda en lo mismo, para ser retomado de nuevo y de nuevo olvidado hasta mejor ocasión. Este estado de cosas podría permanecer hasta el final de los tiempos.
¿Por qué costará tanto mirar el problema sin prejuicios, dialogar sin imposiciones, acordar soluciones sin escándalos?
Parece que esto tiene su origen en la separación entre lo sagrado y lo profano: una división artificial si se considera que todo lo profano tiene una dimensión sagrada en cuanto pertenece a la esfera del ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios. Y también todo lo sagrado tiene un aterrizaje en lo humano, en lo terreno, en lo temporal y tangible. Solamente así puede sacralizar. Solamente así puede humanizar.
Pero, desde hace cientos de años, el servicio sacerdotal a la comunidad cristiana quedó usurpado por el clero.
Anoto aquí lo expresado por el teólogo Joseph Comblin, a quien tuve como profesor en la facultad de teología, cuando fue expulsado por la dictadura brasileña y antes de que fuera expulsado por la dictadura chilena.
Decía Comblin que fue creciendo la separación entre el clero y el pueblo. Se multiplicaron los signos visibles de la separación: ropa diferente, casa aislada, no participación de los curas en el trabajo manual, en el comercio, en las actividades profanas. El cura se reservaba exclusivamente para actividades sagradas. Usaba un lenguaje propio.
El cura no puede aparecer en los lugares públicos de encuentro de personas: teatros, estadios, circos, lugares de diversión, playas y cines. No puede ver espectáculos profanos. Su conversación debe ser muy reservada. En la propia iglesia todo muestra la separación: Hay un espacio reservado para el cura y otro para el pueblo, y nadie puede pasar la frontera, a no ser por absoluta necesidad, por ejemplo, el sacristán o las encargadas de la limpieza. El confesionario, que aún permanece en muchos templos, es un modelo de esta separación. El confesor y el penitente ni siquiera pueden mirarse y reconocerse. La distancia es total. No es diálogo entre las personas, sino diálogo entre pecado y absolución. El pecado entra por un lado y la absolución sale por el otro.
¿Cuál es la razón de ser de tal separación? Si consultamos los libros de espiritualidad sacerdotal del siglo XVII no hay duda: se trata de la separación entre lo sagrado y lo profano, exactamente lo que Jesús vino a suprimir. El cura es el hombre de lo sagrado: su dominio es el mundo sagrado, el edificio del templo, el lugar de administración de los sacramentos. Su mundo es poblado de objetos sagrados: el material de los sacramentos, las imágenes, los libros sagrados. Su trabajo es el sacrificio. La misa es vista en la línea de los sacrificios del Antiguo Testamento. El cura es aquel cuyo trabajo consiste en celebrar la misa.
Lo que él hace son misas. De hecho su sacerdocio consiste es esto: mantener las funciones sagradas. El resto es facultativo, y puede ser peligroso. No lo constituye como sacerdote.
Estas actividades sacerdotales son totalmente inaccesibles a los laicos. Ellas marcan una separación radical. Son dos modos de vida totalmente separados, pues entre lo profano y lo sagrado no hay comunicación.
Durante tres siglos se construyó un edificio destinado a consolidar y garantizar el aislamiento del sacerdote, que era el ideal que debía ser preservado de cualquier manera. Había la teología del sacramento del Orden. Metafísicamente sacerdote y laico eran dos realidades diferentes. En su ser metafísico el sacerdote era diferente del laico. Esta separación metafísica debía tener sus aplicaciones en la práctica.
La preparación para el sacerdocio tenía por finalidad separar al sacerdote del mundo exterior. El candidato al sacerdocio aprendía la filosofía y la teología escolásticas, que eran incomprensibles para las personas de afuera, y lo tornaban incapaz de entender los pensamientos de los otros. Los estudios levantaban una barrera que impedía cualquier comunicación. El cura no podía dialogar, él debía sólo enunciar la verdad de la cual era depositario, suponiendo que los otros entendiesen. Así fueron los misioneros de la Colonia: enseñaban en portugués o castellano a los indios que no los podían entender, para explicarles que debían someterse a los soldados del rey que era el Gran Maestro de la Orden de Cristo y tenia delegación del Papa para imponerles sus órdenes.
Los seminarios eran hechos para aislar. Eran como un monasterio autosuficiente. Los alumnos no tenían necesidad de salir. Tenían todo en la casa. Estaban bien protegidos contra cualquier contacto mundano que los pudiese contaminar. (Continuará).

Este artículo fue escrito en Catalejos. Enlace Permanente.

Una respuesta a Curas ¿cansados o casados? (primera parte).

  1. Paul Buchet Doffagne dijo:

    Hola Pepe,
    Un chiste para el tema de la formación de los curas.
    Escuché en una predica reciente que el pecado original es algo congenito al hombre es como la trompa del elefante que nace con su trompa, el hombre nace con el pecado original !!!
    Sic.
    Cordialmente.
    Paul

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