Curas ¿cansados o casados? (tercera parte).

 

En el relato anterior (segunda parte) dije que era una lástima que el tema de la escasez de vocaciones sacerdotales se viera como un “enorme problema”.

Más que problema me parece que es una oportunidad que el Espíritu ofrece para que seamos creativos, audaces, visionarios. Es la oportunidad para que se ponga el tema sobre la mesa de las discusiones, los diálogos, los acuerdos, las decisiones.

Pero será una oportunidad desperdiciada si se toma como la búsqueda de fortalecer lo que actualmente existe. Poner “rodrigones” (así se llaman esos postes que afirman una muralla en peligro de desplomarse) es tarea inútil. Lo que se requiere en un cambio sideral al actual estado de cosas.

La tentativa que patrocina el papa Francisco (que no el Vaticano, que me parece es incapaz de cambiar un àpice del sistema) es solucionar el problema de la escasez ordenando de presbíteros (curas) a varones adultos, de vida controlada en el marco de las leyes civiles y canónicas; que tengan el reconocimiento de sus comunidades; que hayan participado en tiempos de preparación; que tengan la aprobación de sus familias (al menos de la esposa); que entren dentro de la categoría de “viri probati”, como se llama en latín a esos varones “probados” (en edad, en conocimientos, en liderazgo, en piedad y en espíritu de servicio). No me parece. Esto sería uno de los “rodrigones”. El asunto es más de fondo.

La opción permitiría a los hombres que ya están casados a ser ordenados como sacerdotes. Pero a los solteros si entran a formar parte del clero no se les permitiría casarse. Tampoco me parece.

Nadie puede explicar con razonamientos esta postura negativa de las leyes canónicas de la iglesia frente al matrimonio o la vida en pareja. Solamente se invocan decretos de tiempos pasados. Se trata de una postura que las autoridades eclesiásticas, a regañadientes, tienen que reconocer que el clero de la tradición oriental puede ser casado y que los pastores de algunas iglesias de la Reforma, tras su ingreso a la iglesia católica, mantienen su condición matrimonial.

¿De qué vertiente sin agua limpia, nos ha llegado este lodo que mira al sexo como invento del diablo y no como creación de Dios?

Pero de esto hablaremos en el tema siguiente, si es que los lectores tienen paciencia y bondad para leer, dialogar y compartir estos temas. (Continuará).

 

Curas ¿cansados o casados? (cuarta parte).

El tema de los diáconos.

 

Con esa propuesta acerca de los “viri probati” que comenté en el relato anterior (trcera parte), los que quedan fuera de la cancha son los diáconos. En realidad, en la organización eclesial, no representan algo interesante, además que ellos mismos se entienden dentro de un esquema, a mi juicio, erróneo.

Hablando así a la volea, me parece que los diáconos son unos curas fracasados. No pueden ejercer algunas actividades reservadas al presbítero, les gusta figurar en el altar pero quedando, para su desconsuelo, en un lugar secundario. En la misa, pueden leer el evangelio, pueden decir “este es el sacramento de la fe” después de la consagración del pan y del vino, y están autorizados para decir a la asamblea “pueden darse el saludo de paz”. ¡Bien poca cosa!

No son presbíteros (curas). Pero tampoco son “laicos” en el sentido ordinario de esta palabra. ¿Qué son? No se sabe. Para mí que están desubicados dentro del armario clerical.

Las responsabilidades que les asigna el Código de Derecho Canónico (nn. 757, 835, 910, 943 y 1087) las pueden asumir cualquier animador de comunidad cristiana: Esas responsabilidades son: administrar el bautismo (pero hay ministros de bautismo), distribuir la Eucaristía (pero hay ministros de la eucaristía), llevar el viático a los moribundos (pero hay delegados y delegadas que realizan este servicio), asistir y bendecir el matrimonio (pero hay ministros y delegados autorizados para esto), leer la Sagrada Escritura a los fieles (pero hay lectores bíblicos), presidir el culto y la oración de los fieles (solamente si falta el cura), servir en el ministerio de la palabra al pueblo de Dios (pero ya existen los animadores comunitarios), administrar los sacramentales como pueden ser el agua bendita, la bendición de casas, imágenes y objetos y por último presidir el rito fúnebre y la sepultura, asuntos que puede realizar cualquier cristiano en razón de su sacerdocio bautismal.

Ciertamente pueden ser varones casados. Pero si enviudan…¡no pueden contraer nuevo matrimonio! Ese complejo sexual que dicta en la iglesia estas normas facistas demorará todavía un tiempo antes de ser superado.

 

En la antigua y sana tradición de la iglesia, los diáconos eran los que atendían, organizaban y se responsabilizaban de los temas contingentes de la comunidad: atender la distribución de las ofrendas para los pobres, cuidar de la atención fraternal de los integrantes de la comunidad, llevar consuelo y compañía a las personas solas, necesitadas, aproblemadas…

 

Hoy día todas esas respuestas pastorales las dan personas, equipos y grupos surgidos en la misma comunidad.

Creo que el diácono ha quedado absolutamente desfasado en este tiempo.

Y cuando surgen voces pidiendo que se re-establezcan las “diaconisas”, podemos preguntarnos ¿para qué?

Porque todo lo que podrían realizar ya lo están haciendo numerosas mujeres que dedican tiempo, cariño, esfuerzo y femineidad a una iglesia que tiene todavía cabeza de varón pero que tiene cuerpo de mujer.

¿Qué opina usted de esta situación? Porque si quiere tomarse en serio a usted mismo, infórmese, dialogue, defienda sus criterios y opiniones, conozca otros razonamientos y participe en el debate. Usted no puede mirar la vida social ni la vida eclesial como el gato mira el televisor: ve figuras que se mueven pero no entiende algo de lo que pasa.

 

Este artículo fue escrito en Catalejos. Enlace Permanente.

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