LA BARCA DE PEDRO. CAPÍTULO 2. EL ALEMAN.

 

Se veía venir. La elección del cardenal Ratzinger para el pontificado romano no sorprendió al mundo. Ya estaba bien posicionado, tanto por su personalidad de hombre estudioso, su cargo en la curia vaticana, su quehacer en la enseñanza teológica, su perfil mas bien tímido y retraído en medio de una corte papal llena de ambiciosos.

Añadía a todo eso, la seguridad en la continuación de los criterios pastorales y doctrinales del papa polaco. Era hombre de su confianza plena y le guardó siempre lealtad.

Pero Ratzinger era más académico que pastor, era más hombre de escritorio que de masas, era más pensador que actor. Casi la antítesis de Juan Pablo II, en cuanto a las formas, no a los contenidos.

el 19 de abril de 2005, fue elegido en el cónclave de cardenales como su sucesor natural.

Remontando en la historia de su vida, aparecen hechos que le debieron significar una profunda contradicción que logró superar en un discernimiento guiado por la pura fe. Nada más lejano de un papa retraído, amable, que se distraía tocando serenatas en un piano, haciendo oración y leyendo filósofos, que militar en las filas hitlerianas a los catorce años, y ser parte de una unidad antiaérea en la segunda guerra mundial.

Vuelta la paz a su patria y a Europa, continuó sus estudios clericales hasta ser consagrado presbítero en 1951. Pocos años más tarde ya estaba instalado como profesor de seminarios y universidades (Bonn, Münster, Tübingen). Los jóvenes progresistas tenían en él un maestro. Entre ellos, el brasileño Leonardo Boff, su alumno en Tübingen.

Señalado como uno de los teólogos de mentalidad más abierta, asistió a las sesiones del Concilio Vaticano II celebrado entre los años 1963 y 1966.

Pero la mayoría de las propuestas y decisiones del Concilio quedaron obsoletas a dos años de su publicación: en 1968 cambió el mundo, tras el “mayo francés”, una revolución cultural que tuvo repercusión inmediata en el mundo entero. El Vaticano II había tratado de responder a los interrogantes que le planteaba la humanidad y a los dos años de su conclusión, el mundo le cambió todas las preguntas y el Concilio se quedó hablándole a las sombras.

Ante un cambio de tal magnitud, Ratzinger, designado después como obispo y cardenal a pesar de su relativa juventud, se convirtió en un guardián de la tradición que veía amenazada por una verdadera revolución. El peligro venía de parte del marxismo y del liberalismo, ambos ateos.

En 1978 , cuando se dio el año de los tres Papas (Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II), Ratzinger fue uno de los electores del cardenal polaco quien lo impresionó por la firmeza de sus convicciones tanto en moral como el doctrina teológica. Además ambos coincidían en su postura frente al marxismo ya que sus patrias habían sido invadidas tras la segunda guerra mundial por las tropas rusas.

El entendimiento entre ambos personeros eclesiales fue casi instantáneo. Antes de cumplir tres años en su cargo como sumo pontífice, Juan Pablo II llamó a Roma a Ratzinger y lo puso al frente de la poderosa Congregación para la Doctrina de la Fe, entidad sucesora de la desprestigiada y superada institución del Santo Oficio.

A esas alturas, ya Ratzinger había abandonado sus balanceos progresistas y se había instalado en el campo que patrocinaba el papa Wojtyla: un catolicismo cerrado, duro y agresivo. Desde ahí enfrentó la corriente de la Teología de la Liberación.

Hombre de estudio, el cardenal alemán estuvo en la preparación del Catecismo de la Iglesia católica, un texto que le encargó Juan Pablo II y en el que cifraba grandes expectativas para poder frenar los análisis y las propuestas más liberales en doctrina y en moral. Otro de los textos más demostrativos de la involución doctrinal que afectaba a Ratzinger fue la carta papal Dominus Iesus (año 2000) en donde expresa la vieja teoría axiomática: “Fuera de la iglesia, no hay salvación”.

Al momento de la elección del sucesor del papa polaco, Ratzinger tenía el título y cargo de Decano del colegio de cardenales. Los 115 cardenales reunidos en el cónclave debieron escucharlo en la homilía del funeral de Juan Pablo II como también en la misa al comienzo del cónclave. En ambas ocasiones, Ratzinger aprovechó la circunstancia para hacer un llamado fuerte para conservar fidelidad doctrinal y para denunciar el clima de relativismo social y eclesial.

Dos días duró el cónclave, tiempo considerado sumamente breve para una elección de esa envergadura. Con este dato se indica que ya contaba con los votos del ala conservadora y los de los eternos indecisos que esperan los resultados de las mayorías para sumarse sin mayores complicaciones.

Ratzinger fue elegido contando setenta y ocho años de edad, el 19 de abril de 2005.

Tomó el nombre de Benedicto XVI. Se presentó a la multitud reunida en la plaza de San Pedro, como “un humilde servidor de la viña del Señor”.

¿Fue el hombre más indicado para esa hora del mundo y de la iglesia? Quizá, no.

La manoseada fórmula que asegura que al obispo de Roma lo elige el Espíritu Santo, es un puro slogan. Ciertamente que los creyentes afirmamos que nada se esconde a los ojos de Dios. Pero Dios actúa a través de mediaciones humanas. Su Espíritu suscita, inspira, motiva, promueve, ocasiona… Pero respeta las decisiones humanas. Las respeta y a veces también las aguanta.

En mundo áspero en donde la globalización abarca lo positivo y lo negativo de las conductas; en donde la mujer sigue buscando su legítimo espacio y lugar en la mesa social y eclesial; en donde los desafíos vienen desde el campo de la libertad sexual; en donde la prepotencia de los poderosos los convierte en dueños de los pueblos; en que la crisis de los valores en los que coincidimos creyentes y no creyentes se agudiza; en donde la agresividad de posturas mentales religiosas se convierte en lucha; en el avance notable de sectas de todo tipo que promueven una religión descomprometida viviendo una especie de nirvana celestial que los aleja de los problemas reales; en donde la preocupación eclesial se vuelve ad intra discutiendo nimiedades como el celibato clerical y normas de liturgia; en donde no se busca respuesta inteligente a la falta de vocaciones para el pastoreo; en donde se discute el valor de la misma vida… un Papa con el carácter, el estilo y las singularidades de Benedicto XVI quedaba totalmente desorientado. Sus respuestas ya no podían interesar en la mesa de las discusiones.

El Papa, demostrando su inteligencia, se dio cuenta que estaba superado. El golpe de gracia lo dio la comprobación de la traición de algunos de sus colaboradores que sacaron documentos privados de su propio escritorio, y los hechos criminales que empezaron a salir a la luz pública protagonizados por clérigos pederastas que acumularon sobre la iglesia las maldiciones de todos los bien nacidos.

Metido en un mundillo de ambiciones, abusos y deshonestidades que ensuciaban el rostro salvador de Cristo, el papa Ratzinger anunció que a partir del 28 de febrero dejaba su cargo señalando que “para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio es necesario el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que en los últimos meses ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”.

Un gesto que lo ennoblece. Benedicto XVI fue un hombre que debió asumir responsabilidades que le cargaron sobre las espaldas, sin él desearlo, ni aceptarlo en los entresijos de su corazón.

Ahora ha vuelto a su oración, a sus libros y a su piano.

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LA BARCA DE PEDRO. CAPÍTULO 1.

 

La frase pronunciada por el papa Juan Pablo II era una invitación perentoria, una orden, un mandato: “Rema mar adentro”. Veía a la iglesia católica soportando estoica el oleaje que rompe contra la roca. Había necesidad de entrar en las aguas para evitar sus sacudidas y convertirlas en balanceos.

Desde que cesaron las persecuciones que buscaban eliminar en la historia del mundo, primeramente al pequeño rebaño de seguidores de Jesús y después a esos mismos seguidores convertidos en una mayoría con poder, dinero y ambiciones, la barca de Pedro ha buscado balanceos que le hagan amable la vivencia de su fe en el mensaje cristiano.

Pienso que no era ésa la intención del papa polaco. Para él, remar mar adentro, era aventurarse a enfrentar nuevos desafíos. Juan Pablo II era un conquistador que ansiaba nuevos espacios para hacerlos sumisos al evangelio. Pero, aunque la frase es decidora, el Papa no sabía mucho de marinería. Su patria, Polonia, no tiene costas, ni mares, ni aires salinos. Tiene tierra, que ha sido invadida, saqueada, asesinada por las grandes ambiciones de estados más poderosos. Su flor nacional, la Margarita, es hermosa, pero frágil; el aciano alemán y la manzanilla rusa la pueden ahogar con su florecimiento abundante y agresivo.

EL POLACO.

Cuando  Karol Józef Wojtyła fe elegido obispo de Roma en 1978, la sociedad mundial se sorprendió. Se trataba de un hombre relativamente joven para asumir el pontificado (58 años), alguien proveniente del este europeo que quebraba la línea italiana de más de cuatrocientos años; un ex actor de teatro, un ex combatiente de la segunda guerra mundial, un teólogo que no estaba en primer plano entre los intelectuales de la fe, un hombre deportista que gustaba del atletismo y la natación, un animador de multitudes. Un hombre de fe, desde luego. De esa fe pueblerina del país más católico del mundo, una fe robustecida por la persecución. Al unirse a una organización clandestina opuesta al nazismo, trabajó por causas humanitarias; y poco después, al padecer el sometimiento de su patria al oso moscovita decidió ingresar al seminario para prepararse como pastor de su pueblo. En 1946 recibió la consagración sacerdotal.

Combinando sus clases de ética en la Universidad de Lublin con la labor directamente pastoral en parroquias obreras, fue ganando un nombre que fue reconocido por el Vaticano: a los 38 años fue designado obispo auxiliar de Cracovia y poco después asumió como arzobispo de esa importante sede. A los 47 años fue creado cardenal de la iglesia.

Su elección como obispo de Roma y sumo pontífice de la iglesia católica fue una sorpresa mundial. El cardenal polaco no estaba entre los nombres que barajaban los opinólogos vaticanistas.

Pero desde sus primeras actuaciones Juan Pablo II evidenció por dónde correrían las aguas: un fuerte apoyo a las doctrinas tradicionales, una apertura en el tema social, un empeño en recobrar para la iglesia la primacía en los conceptos que rigen la ordenanza mental y cordial en la sociedad. Desde luego, la defensa cerrada de una moral clásica y una sospecha permanente a todo lo que se saliera del molde teológico conocido. Nada de aventuras, como la modernización de las instituciones eclesiásticas o la aprobación de la teología de la liberación.

Amante del espectáculo, el Papa consideraba a los pueblos congregados para aclamarlo en sus visitas por el mundo, como un auditorio natural que debería escuchar sus palabras y ponerlas en práctica.

Pero, como alguien señaló, las gentes gustaban de la música (el espectáculo) pero no escuchaban la letra (el discurso doctrinal). Después de las multitudinarias concentraciones no quedaba sino el recuerdo de algo clamoroso. Era indudable su carisma personal y su empatía social, pero también su rigidez cerebral y su pensamiento conservador.

Esto hizo que su conducción eclesial la fuera centralizando en sus manos. Roma, el Vaticano en este caso, fue cercenando las atribuciones de los obispos en sus iglesias particulares. Todos los obispos empezaron a mirar a Roma antes de tomar determinaciones, antes de hacer declaraciones, incluso antes de pensar.

El papa polaco indudablemente marcó con su estilo a toda la comunidad eclesial. Nadie puede negar su obsesión por servir a la causa del evangelio según él lo entendía: convirtiendo a la iglesia en maestra del mundo, alguien que enseñaba, que pontificaba y que señalaba la línea divisoria entre el bien y el mal.

Aferrado a esa convicción, Juan Pablo II envejeció y su última etapa fue un ejemplo de fidelidad a sus responsabilidades pastorales pero también un ejemplo de tozudez. Era evidente que ya no estaba en capacidad de dirigir y así los segundones, crecidos en su ambición, empezaron a suplirlo en la conducción. El cardenal Angel Sodano es el ejemplo más palmario de ese estado de cosas.

Karol Józef Wojtyła se apagó un día, por ley de la condición humana, y dejó tras sí una iglesia a la que no pudo devolverle su título autoproclamado de “experta en humanidad”, precisamente porque quiso hacerla experta en santidad. Pero la santidad supone una base humana sólida, robusta, granítica. Eso no lo logró. Incluso más: hoy día se discute a cerca de su poca capacidad de respuesta ante abusos, escándalos y actuaciones miserables de personeros de iglesia, situaciones que debió conocer y no sancionó, o que simplemente no advirtió, quedando así culpable de ingenuidad o de disimulo.

Grande hombre el papa polaco. Grande en sus aciertos y en sus errores.

 

 

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las falencias de jesús

 

Trece años de cárcel, nueve de ellos en total aislamiento, derrumbaría hasta un gigante. Sin embargo, no logró quebrar a Francisco Javier Nguyen Van Thuan. En la prisión comprobó que el amor es creativo, y él amaba vivir, amaba su fe y amaba su patria. En esa situación, aunque tenía que cargar cadenas, conservó el corazón libre.

El cardenal vietnamita supo sacar bendición de aquello que para todo el mundo era maldición. Con unos alambres retorcidos se fabricó una figura de Cristo que le recordaba que él había padecido primero los manotazos de los hombres, se ganó la confianza de sus carceleros y pudo escribir tres libros aprovechando medios muy rudimentarios.

En uno de esos libros (“Testigos de esperanza”) reflexionó acerca de ciertos defectos que encontró en Jesús de Nazaret.

Esas falencias fueron: Jesús es un desmemoriado, no tiene idea de las matemáticas, no sabe emplear la lógica, no calcula los peligros y, finalmente, es un completo ignorante en las finanzas.

Jesús no tiene memoria.

Una sola prueba de esta aseveración: estando en la cruz, agonizando, escucha que uno de los ladrones que sufría el mismo suplicio, le pide que se acuerde él. Jesús se olvida de todas las picardías y robos de ese hombre y le asegura la vida eterna junto a él esa misma tarde.

Jesús no sabe matemáticas

En sus enseñanzas, Jesús empleaba el método de contar historias, poner ejemplos. Dijo un día que si un pastor tenía 100 ovejas y se le perdía una, dejaba en el redil las 99 y se iba en busca de la oveja perdida. Para él, una sola persona es equivalente a noventa y nueve. O sea, una ecuación que es rechazada de plano por todos los comerciantes del mundo.

Jesús no tiene lógica

También puso el ejemplo de una mujer que tenía diez monedas de mucho valor. Cuando se le extravió una, barrió toda la casa hasta encontrarla. Y cuando la tuvo de nuevo en su mano, invitó a todo el vecindario a hacer una fiesta. Una fiesta en la que gastaría mucho más que el valor de la moneda encontrada. Es decir, no hay lógica alguna en este ejemplo.

Jesús corre demasiados riesgos

Los seguidores de Jesús se han contagiado del marketing empresarial y de las planificaciones de los ejecutivos. Ellos piden asesores de planificación. Parroquias, congregaciones, comunidades, grupos pastorales…todos emplean horas y horas para proyectos, planes, objetivos, estrategias. Alguien dijo que al final de los tiempos, Jesús no encontraría a sus seguidores unidos, pero sí los encontraría reunidos… Jesús se lanzó no más con su propuesta del Reino de Dios. No hizo conciliaciones con los doctores de la ley, no buscó alianzas con los fariseos, no tuvo compromisos con los romanos. Lógicamente su proyecto fue un fracaso. Un líder que termine asesinado como un bandolero, entre dos ladrones, solo con su angustia, es un fracasado. El poder de Dios lo convirtió en un triunfador.

Jesús no entiende de finanzas ni de economía 

Si Jesús fuese el administrador de la empresa, de la comunidad, la ruina sería cuestión de días. ¿Como entender a un administrador que paga el mismo salario al que empieza el trabajo antes y al otro que sólo trabaja una hora? ¿Un descuido? ¿Jesús no sabe contar? …

¿Por qué Jesús tiene esas falencias? Porque es el Dios de la Misericordia y el Amor Encarnado. Dios Amor (cf. 1Jn 4,16). Por tanto, no es un amor racional, calculador, que condiciona, ni recuerda las ofensas recibidas. Sino un amor donación, servicio, misericordia, perdón, comprensión, acogida… ¿En qué medida? Infinita.

Las falencias de Jesús son el camino de la felicidad. Por eso, damos gracias a Dios. Para alegría y esperanza de la humanidad, esos defectos son incorregibles.

 

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Un galimatías: ¿SE POSEE O SE UTILIZA?

A mediados de enero 2017, la comunidad mapuche Mallekoche se ha instalado en un predio de Collipulli que en los papeles oficiales pertenece a la Orden Franciscana.

Los frailes de la Orden Seráfica han solicitado desalojo policial del terreno.

Los mapuche consideran que así están recuperando tierras que el Estado chileno les arrebató con engaños, alcohol y tropa armada, hace poco más de ciento veinte años.

Los franciscanos afirman que el sitio les pertenece. Extraña situación, porque la Orden religiosa fue iniciada por Francisco de Asís con una normativa clara de no poseer bienes en propiedad.

Sin embargo, las elucubraciones silogísticas y las ambiciones han dado cabida al reclamo.

Dicen que existe una diferenciación jurídica entre poseer y utilizar. Los franciscanos no poseen sino que utilizan. Así se ha dibujado el cuadro en que sin tener posesión, han ido acumulando bienes, casas, tierras, instrumentos…

Hoy día, se ha decretado “protección policial” para esos predios ya que el fiscal regional de La Araucanía considera un “delito flagrante” el hecho que los mapuche estén instalando unas veinte viviendas primarias junto al convento franciscano de San Leonardo, en Collipulli.

Los hijos de Francisco de Asís, que compartió su vida hasta con los lobos, no pueden compartir un terreno con los habitantes originales que empiezan a recuperar lo que les ha pertenecido desde que el mundo es mundo.

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¿Galgos o podencos?

Leo ciertas preocupaciones eclesiásticas que aparecen en la prensa y me acuerdo de los versos de Tomás de Iriarte, que finalizan así:

“Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo”.

 

Digo esto porque las informaciones emanadas de las curias oficiales (Vaticano, obispados, movimientos, congregaciones…) muchas veces descuidan lo importante y destacan minucias.

Estamos en una hora del mundo en que la iglesia debiera ser una voz profética y tener actitudes comprometidas con las grandes causas humanas:

  • con el tema de las migraciones en que miles y miles de desplazados por diversas causas andan buscando pan, techo y abrigo en este mundo.
  • Con el tema de la justicia en las relaciones internacionales y en las relaciones de los gobiernos de los estados y las bases ciudadanas.
  • Con el tema del compromiso de lucha por la dignidad de una mayoría (el mundo femenino) que aún no se posiciona del todo en la mesa de los pueblos, y de las minorías que buscan un espacio de reconocimiento social y eclesial: los indígenas, la diversidad sexual, la cultura juvenil, la reivindicación de las masas proletarias.
  • Con el tema de la ecología y de los atropellos a la naturaleza depredada por intereses de la gran industria: los mares, los bosques, las aguas, el aire, el hábitat natural de pueblos que están condenados a desaparecer por el avance de una modernidad dañina, violenta y abusadora.

 

No voy a repetir aquí lo que en forma más completa ha denunciado el papa Francisco en sus últimos documentos, asuntos que por lo demás han venido siendo denunciados por organizaciones ambientales y de defensa de la justicia, la paz y la creación. Generalmente coincide aquí el interés cristiano con los postulados defendidos por entidades no cristianas. Hay aquí un frente común que no debe ser desaprovechado para un análisis, un diálogo y una colaboración entre todos los que anhelan y creen que otro mundo es posible.

 

Y cuando se cree que todas las fuerzas están dirigidas a estos temas fundamentales para valorar la vida del planeta y de las gentes, resulta que la mayoría de las entidades eclesiales están discutiendo si son galgos o son podencos los que corren por el camino.

  • Que si pueden o no pueden acercarse a la eucaristía los divorciados;
  • que si pueden o no pueden ejercer el ministerio los curas que han contraído matrimonio;
  • que si las mujeres pueden o no pueden ejercer como diaconisas;
  • que si la edad de los niños para recibir la comunión debe ser desde los ocho, los diez o los doce años;
  • que si las charlas de preparación al bautismo deben ser tres o cuatro;
  • que si los cantos de los coros coinciden con la celebración litúrgica;
  • que si las homilías deben ser cortas o más extensas para poder catequizar; aunque a este respecto habrá que decir que la homilía es una cosa y la catequesis es otra. Además que ya se sabe que las homilías tienen tres tipos de conducta en la feligresía: los primeros cinco minutos se escuchan ideas; los siguientes cinco se escuchas palabras; los cinco siguientes se escuchan solamente ruidos…

 

¡Qué manera de perder la gran ocasión que se da domingo a domingo, para una comunicación dialogante de la Palabra bíblica que inspire una animación para los compromisos sociales, y una celebración fraterna en donde los abrazos son a veces más importantes que los rezos!

 

Y mientras el mundo social en el que vivimos los creyentes en Cristo liberador, se pone áspero para los pobres, se pone cruel para con los desplazados, se pone amenazante para los que se salen del sistema…¡muchas comunidades de fe siguen discutiendo si los otros son galgos o son podencos!

Hay que leer de nuevo la fábula de Tomás de Iriarte, que en nuestro caso…no es tanto fábula como certeza:

Por entre unas matas,
seguido de perros,
no diré corría,
volaba un conejo.
De su madriguera
salió un compañero
y le dijo: «Tente,
amigo, ¿qué es esto?»
«¿Qué ha de ser?», responde;
«sin aliento llego…;
dos pícaros galgos
me vienen siguiendo».
«Sí», replica el otro,
«por allí los veo,
pero no son galgos».
«¿Pues qué son?» «Podencos
«¿Qué? ¿podencos dices?
Sí, como mi abuelo.
Galgos y muy galgos;
bien vistos los tengo.»
«Son podencos, vaya,
que no entiendes de eso.»
«Son galgos, te digo.»
«Digo que podencos
En esta disputa
llegando los perros,
pillan descuidados
a mis dos conejos.
Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.

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LA FECHA DE LA NAVIDAD.

Miguel de Cervantes inventó al Quijote; Daniel Defoe inventó a Robinson Crusoe; Arthur Conan Doyle inventó a Sherlock Holmes. Juan Rulfo inventó a Pedro Páramo. ¿Fue también Jesús de Nazaret, un invento de sus primeros seguidores? Porque su presencia histórica está definida por creencias religiosas.
Todo lo que sabemos de él proviene de lo que han contado sus discípulos, interesados en darlo a conocer. ¿Tiene Jesús de Nazaret existencia real o es un mito religioso?
Hay al menos un dato “neutro”, es decir de un historiador que no era cristiano y que le reconoce existencia: Flavio Josefo. Su testimonio se vuelve importante a la hora de clarificar el asunto.
Al Jesús verdadero hay que rescatarlo a través de las fuentes que están demasiado teñidas por la adhesión de sus discípulos y seguidores. Los datos que entregan los evangelios son relatos para animar la fe de las comunidades, no son crónicas históricas ni investigaciones de eruditos.
De los cuatro evangelistas solamente dos (Mateo y Lucas) hacen referencia al nacimiento de Jesús. Y en ambos se trata de una construcción catequética armada para animar la fe de las primeras comunidades.
Ningún cronista fue testigo de ese hecho. Pero se armó todo un escenario para hacer coincidir el cumplimiento de antiguas profecías: María, que es el nombre de una joven doncella, tiene un bebé al que su esposo José le pondrá el nombre de Emmanuel (“Dios con nosotros”) y que a través de su padre entronca con la dinastía del rey David.
Los relatos bíblicos presentan una serie de datos, a veces contradictorios.
Uno de estos datos es la escena del nacimiento. La devoción popular ha construido la pesebrera, un nacimiento en solitario, un anuncio alegre de ángeles, unos reyes que peregrinan desde el oriente, unos pastores y unos corderos que aportan la visión bucólica, una estrella que brila más que las otras…Y la liturgia de la iglesia le ha puesto una fecha: 25 de diciembre.
Pero Jesús ¿nació ese día? Desde luego que no. No se sabe la fecha exacta. Incluso, dada la cronología de nuestra cultura occidental, puede ser que Jesús haya nacido…¡seis o siete años antes de Cristo! El actual calendario tuvo una serie de tropiezos cuando el papa Gregorio XIII sustituyó el antiguo calendario Juliano en 1582. En esa ocasión, de un solo plumazo le quitó diez días al año y el mundo pasó del jueves 4 de octubre al viernes 15 de octubre.
Al acomodar las fechas litúrgicas, la navidad quedó establecida: se puso la fecha del 25 de diciembre ya que era la fecha de la celebración de una fiesta folklórica del imperio romano: “el día del Sol Invicto”. Se trataba de una celebración pagna que el emperador Aureliano había traído desde el Oriente.
Para los cristianos fue celebrar a Jesús como el nuevo sol invencible que derrotaba todas las tinieblas del mundo.
Desde luego esa fecha se daba de bofetadas con los datos del evangelio. A mitad de diciembre no podía haber pastores que guardaban rebaños a la intemperie (lucas 2,8) ni tampoco peregrinos que alojaran en pesebreras.
Los estudiosos aseguran que Jesús no pudo nacer en pleno invierno de Palestina.
Total, la fecha no viene a tener importancia, sino el hecho de haber nacido Jesús, El Cristo.
Han pasado más de dos mil años. Hoy día, en nuestra cristiana sociedad occidental, su nacimiento tampoco tiene importancia. La salvación no viene desde Belén, sino de China, la orientación de la sociedad mundial no viene de Nazaret sino de Washington, el futuro no está en las luchas de liberación sino en las tecnologías.
Los comercios se engalanan con luces de farándula, las familias arman pinos de plástico, la gente corre desesperada para adquirir ofertas que la endeuda por meses y meses.
La gente se abraza en las calles y se envían saludos por la navidad. Se bebe champán en las casas burguesas y vino tinto o cerveza en las proletarias.
¡Qué bueno que llegó la navidad! Papá Noel desciende con su bolsa de engañiflas, su risa de oso, su traje color de la coca-cola. Todos esperamos algún regalo.
Mientras tanto, el gran regalo que ha hecho Dios a la humanidad, Jesús el liberador, es acunado en los brazos de una mujer del pueblo, cuidado por un carpintero, olvidado entre tanta faramalla comercial.
Entonces uno toma el evangelio de Juan y lee: “Vino a los que eran suyos, y los suyos no lo recibieron”.

¿No será Jesús el gran ausente en las celebraciones de navidad en el mundo cristiano?

¿No nos pasará como a los pastores que cuidaban rebaños en la noche de Belén, que al verse iluminados tuvieron miedo? Es extraño que el primer anuncio de la liberación sea: “No tengan miedo”.

¿Nos da miedo la luz? ¿Nos da miedo la libertad? Porque la luz nos hace descubrir lo que se esconde en las oscuridades de nuestra vida personal y social. La libertad nos hace capaces de discernir y de elegir, y en esta sociedad del consumo, ya estamos acostumbrados a recibir mensajes que son como órdenes: ¡Haga esto! ¡Compre aquí! ¡No piense más!

Que al menos para nosotros la navidad sea liberación. Contra un cristiano libre nada podrán las propagandas. Para un cristiano sumiso, todas las mentiras del mundo lo tendrán como esclavo.

Elijamos bien. Feliz Navidad.

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NAVIDAD DESCREMADA.

Nuestra modernidad tecnológica (mucho de tecno y poco de lógica) ha inventado lo que parecía imposible: cerveza sin alcohol, café sin cafeína, fotografías sin papel, telefonía sin cableado…Navidad sin Jesús.

Se cumple así a lo largo de la historia lo señalado en el evangelio: “no había sitio para él” en la sociedad de su tiempo. Ni de ahora.

Las primeras comunidades cristianas celebraban el nacimiento de Cristo y guardaban con fervor la memoria de un niño proletario, hijo de María y de José, una pareja obrera de una localidad marginal de un territorio apartado de los centros de poder del imperio romano. Un niño que, al crecer, tomaría la bandera de redención que anunciaba Juan el bautizador del río Jordán: el rompimiento de las cadenas empezaría dentro de cada corazón y se manifiestaría en obras de vida para la humanidad.

Ese nacimiento cambió la historia de gran parte del mundo. Con el paso del tiempo ese acontecimiento ha ido perdiendo su vigor y conserva solamente parte de su encanto.

Hoy día se celebra una navidad descremada. No viene de Belén, viene de China o de USA. El niño ya no es tal sino un viejo gordo, barbón que lleva una bolsa enorme de “regalos” (en realidad no regala nada sino que vende), que se viste con los colores de la coca-cola, que ha desplazado del pesebre al niño y se ha instalado allí con toda su oferta de mercadería.

La navidad nos introduce en un clima de locura. Pero no es por el nacimiento de Jesús, sino por la parafernalia propia de la sociedad comercial y por la debilidad de las iglesias cristianas para defender lo que era suyo y que se prostituyó socialmente.

En muchos hogares de occidente se mantiene aún el diminuto pesebre hecho con monitos traídos desde China. No puede faltar tampoco el pino adornado de luces y pequeños obsequios y, en el hemisferio sur, con motitas de algodón para simular la nieve.

Evidentemente todo es falso: no existe tal nieve en el relato bíblico, sino que, al contrario, indica que era tiempo de verano en Israel; no existe la bondad idílica de unos pastores ya que los pastores eran considerados unos tipos agresivos, ladrones y aprovechadores en esos tiempos ásperos. No existen ni el burro y el buey ya que fueron inventados por san Francisco de Asís en el siglo XIII.

Lo que sí existe para los creyentes cristianos es el hecho de que Dios se manifestó en la humanidad de Jesús, y que su persona y su mensaje son indicadores que el rompimiento de las cadenas que nos impiden ser humanos, es posible.

Pero ahora se trata de una festividad más comercial que religiosa. Una navidad sin Jesús pero con abundancia de pan de pascua y con ansiedad de compras y ventas de artículos que dejan a las familias eudeudadas por meses y años.

En templos y capillas habrá más gente que habitualmente, porque muchos alejados sienten que al menos una vez al año hay que acercarse a los cultos que conocieron cuando pequeños y abandonaron cuando crecieron.

Al anochecer se celebrará la misa del gallo. Yo creo que se llama así porque ahí aparecen “los gallos” que no van nunca al templo.

Pero, en fin; descremada y todo es una fecha festiva que nos recuerda lo mejor de nosotros mismos y nos ofrece la oportunidad de abrazarnos: con la familia, con el vecindario, con las amistades. No olvidemos de abrazarnos a nosotros mismos. Se trata de perdonarnos y de nacer de nuevo. Se trata de una terapia que la liturgia nos ofrece una vez al año. Ojalá la aprovechemos.

 

 

 

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La liturgia de la muerte

Parodiando a Vicente Fernández cuanto canta “Volver, volver, volver…” las cenizas del Comandante van a recorrer la Isla, desde La Habana a Sierra Maestra. Será en medio de un homenaje popular. Será en medio del aprecio de los que le agradecen en su propia patria, y del desprecio de lo que lo culpan de su exilio, en Miami y otras partes del mundo.

Lamento esa exposición masiva de lo que queda de un hombre, un verdadero hombre, metido ahora dentro de una botella.

En los discursos se ha repetido el deseo de que descanse en paz. Pero esto se desmiente con esta peregrinación teñida de espectáculo, de admiración y de beatería atea. Se trata de un rito religioso inoculado en las arterias del fanatismo.

Es lo mismo que ha pasado con el brazo de Teresa de Avila, con parte del cráneo de Clara de Asís, con un tubito con sangre de Juan Pablo II, con una mano de Don Bosco…

De mujeres y varones que han hecho historia, que han construido ciudadanía, que han sido estímulos para sus comunidades, debe quedar la voz, el ejemplo, las indicaciones para el camino. Debe quedar el paradigma que ha dejado un mundo mejor de aquel que encontraron; porque le aportaron dignidad, solidaridad, libertad, alegría, servicio en todas sus necesidades.

Todo lo demás va a la tumba. O al mar o las montañas.

Y mientras aquí en este redondo mundo perdemos el tiempo discutiendo sobre su legado, Dios, madre y padre en cuanto creador, los abraza y los corona con la vida que no termina.

 

 

 

 

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Se busca arzobispo para ciudad importante.

Catorce años y algunos meses es el promedio de tiempo que los doce arzobispos que recuerda la historia han servido la sede arzobispal de Santiago de Chile.

Es interesante conocer ciertas cifras que quedan para las estadísticas: han sido 175 años (1840-2015), que comienzan con el nombramiento de Manuel Vicuña Larraín, cura del clero de Santiago. De ese mismo origen fueron los sucesores por cien años: Rafael Valentín Valdivieso, Mariano Casanova, Juan Ignacio González, Crescente Errázuriz y José Horacio Campillo. Todos ellos asumieron como arzobispos directamente desde la base, sin haber tenido cargo episcopal anteriormente, aparte de Juan Ignacio González que fue por poco tiempo obispo auxiliar en la capital de Chile. Todos ellos pertenecientes a familias de la burguesía. Todos ellos formados en el seminario pontificio conciliar. Todos ellos con una marca personal que aportaron a la tarea pastoral: Valdivieso, Casanova y Crescente Errázuriz, como hombres de pluma afilada que ocupaban como cimitarra en las luchas apologéticas; Vicuña, González y Campillo como pastores ocupados más de consolar que de pontificar.

Esta línea tuvo un cambio con la llegada de José María Caro al arzobispado, en 1939. Había pertenecido también al clero de Santiago, pero desde hacía muchos años estaba lejos de la capital, pastoreando comunidades en el norte. De hecho fue el primer arzobispo trasladado desde otra sede, en este caso desde La Serena. Con él comienza la serie de cardenales chilenos. Rompió también la génesis burguesa pues pertenecía a una sencilla familia campesina aunque ligada al partido conservador.

El sucesor fue un golpe a la cátedra: un salesiano que hacía un par de años ejercía como obispo de Valparaíso: don Raúl Silva Henríquez, el primer religioso arzobispo de Santiago. Al finalizar su período, el sucesor llegó nuevamente desde La Serena: don Juan Francisco Fresno Larraín. El siguiente vino igualmente desde el norte, esta vez Antofagasta, el religioso mercedario Carlos Oviedo Cavada. A su renuncia por enfermedad, se designó desde Roma, donde había trabajado varios años después de haber vivido en Alemania un largo período, a don Francisco Javier Errázuriz, perteneciente al Instituto de Schoënsttat. En Roma había conocido a don Ricardo Ezzati, con quien trabajó en dicasterios vaticanos y con quien lo unió una amistad segura. Ezzati, religioso salesiano, fue el delfín por quien se jugó Errázuriz promoviéndolo al obispado de Valdivia, y a quien pidió unos años después ser su auxiliar en Santiago. No es habitual en las carreras eclesiásticas que el obispo de una sede, pase a ser obispo auxiliar de otra sede, lo que indica el grado de confianza y de cercanía entre ambos prelados. Con este nombramiento quedó a la espera de un ascenso mejor y así fue que pasó a ser arzobispo de Concepción. Al finalizar Errázuriz su período, vio como resultado de sus movidas que Ezzati era su sucesor en Santiago.

Así el origen inmediato de los doce arzobispos se puede resumir en: seis surgidos del clero secular de Santiago. Dos trasladados desde La Serena, dos desde Valparaíso, uno desde Antofagasta y uno desde Concepción. De todos ellos, solamente cuatro pertenecientes a institutos religiosos.

En enero de 2017 debe presentar su renuncia a causa de la edad, el actual arzobispo Ricardo Ezzati. Ciertas voces rumorean a Fernando Chomalí, del clero secular de Santiago y actual arzobispo de Concepción como el sucesor natural. Se trata de un hombre de buena edad (59), ingeniero civil, con doctorado en teología, master en bioética, buen comunicador, con capacidades de conductor y habitual en las páginas de El Mercurio.

Pero no hay que olvidar que con un Nuncio enigmático como Ivo Scapolo todo puede pasar. Hay obispos que han escalado posiciones y tienen padrinos, algunos dentro de la esfera de relaciones del presbítero chileno Ramón Bravo quien se maneja en Roma como en su Andacollo natal. Su poder de influencias es notorio y enlaza a unos cuantos cardenales influyentes en la curia romana, especialmente a los del círculo de Sodano y Bertone. Se supone que en esta etapa de Francisco ha perdido un tanto de protagonismo.

En la lógica prudencial de la normalidad los arzobispos estarían en primera línea para asumir la mitra santiaguina. Pero el de Antofagasta, Pablo Lizama, quien hubiera sido un buen pastor para la capital ya presentó su renuncia por motivos de edad, y el de Puerto Montt, Cristian Caro, ya es septuagenario. Queda el de La Serena, René Rebolledo, quien lleva solamente tres años como arzobispo de esa iglesia. En esa lógica Chomalí tendría el camino despejado.

Pero…siempre hay un pero. Las movidas del nuncio apostólico son impredecibles. Así como en Copiapó, cuando el clero de allí esperaba que uno de los suyos asumiera la conducción de la iglesia atacameña, llegó como pastor un español, además religioso y de remate ya septuagenario. O como en Osorno, donde aún se mantiene en la cuerda floja el obispo Juan Barros quien ya ha pasado sin dejar marca por tres obispados y que es cuestionado por su pertenencia al grupo de El Bosque, fiel al cura Karadima, icono de la delincuencia clerical en el país.

El nuncio Scapolo, como su apellido lo indica, no se casa con nadie. Teje sus hilos y va sacando de la manga sus propuestas que no son cuestionadas por Roma. Tiene experiencia diplomática, tanto por ser “hijo” de Angelo Sodano como por su tarea de Nuncio en Bolivia, en Ruanda y sus cinco años en Chile.

En estos cinco años ha realizado un trabajo silencioso pero que ha repercutido en la estantería eclesial del país ya que en ese relativo corto tiempo ha promovido seis nuevos obispos (Aós, Atisha, Blanco, Concha, Ramos y Galo Fernández) y ha cambiado de sede a otros seis (Rebolledo, Silva, Vera, Vargas, Contreras Villarroel y Juan Barros).

El resultado de todo esto es que cualquier cosa puede suceder en el arzobispado de Santiago de Chile a partir de enero de 2017.

Y mientras el sistema de elección de obispos sea un secretismo vaticano, el pueblo católico, mira, acepta sumiso y aplaudirá al pastor que le llegue sin hacer preguntas.

 

 

 

 

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Episcopado chileno: una de cal y varias de arena

Un obispo biblista, don Santiago Silva, un hombre de perfil bajo a pesar de haber sido secretario general del Episcopado latinoamericano y del Caribe hace pocos años, es el nuevo presidente de la Conferencia de Obispos católicos de Chile. Actualmente ejercía como obispo castrense, una responsabilidad que debió ocupar para sanear ese cargo cuyo antecesor fue el cuestionado obispo de Osorno, don Juan Barros Madrid.

Interesante la elección que han hecho los obispos en su última Asamblea plenaria.

En primer lugar, sorprende que un obispo a cargo del último peldaño del escalafón eclesial, como es el obispado castrense, haya sido nominado por sus pares como cabeza de la Conferencia episcopal. Con eso quedaron desbancados los viejos “animales eclesiales”, dicho en sentido figurado, (algo así como los “viejos animales políticos”) que aparecían como fijos: el cardenal Ezzati, los cinco arzobispos de las grandes sedes, y otros clérigos ascendentes que por figuración personal o por estar a cargo de posiciones importantes, aparecen de vez en cuando en la prensa.

Santiago Silva da confianza. Es hombre que no busca figuración, que sabe escuchar, que es buen organizador, que tiene sentido pastoral y una formación bíblica consistente. Que un obispo esté bien fundamentado en el campo bíblico es de por sí mucho más beneficioso y da garantías de ser buen pastor, por encima de otros que se fundamentan en el Código de Derecho Canónico.
La Vice presidencia quedó en manos del obispo de Melipilla, don Cristian Contreras Villarroel, un hombre más de escritorio que de calle, aunque su simpatía personal lo hace asequible a todos, especialmente a los que les gusta el fútbol.

En la Secretaría general ha quedado el obispo auxiliar de Santiago, don Fernando Ramos, ex rector del Seminario Pontificio, buen amigo de sus amigos, hombre que pasó muchos años en Roma y que vela por el cumplimiento de las normativas eclesiales.

Por su parte, el emergente obispo de San Bernardo, el Opus Dei don Juan Ignacio González, pasó a integrar el Comité Permanente, formado por el presidente, el vicepresidente, el secretario general, y por ahora el cardenal Ezzati, según establece el reglamento.

El Episcopado realiza sus funcionaes a través de Comisiones, siendo las más visibles: la Comisión pastoral y la Comisión doctrinal.

En la Comisión Pastoral para el período 2016-2019, figuran. René Rebolledo, arzobispo de La Serena; Héctor Vargas, obispo de Temuco; Bernardo Bastres, obispo de Punta Arenas; Pedro Ossandón, obispo auxiliar de Santiago y Fernando Chomali, arzobispo de Concepción.
En la Comisión doctrinal quedaron tres representantes del ala más tradicional de la iglesia: Felipe Bacarreza, obispo de Santa María de Los Ángeles, Cristián Caro, arzobispo de Puerto Montt, y Fernando Chomali, arzobispo de Concepción, quien aporta un poco de frescor a ese triunvirato hermético y ultra conservador.

 

Todos estos cambios aparecen en los momentos en que todos los obispos chilenos viajarán a Roma para la visita que deben hacer al obispo de Roma cada cierto tiempo.

Desde luego que en el país casi no existen obispos nominados por el papa Francisco y casi todos ellos son hechura de Benedicto XVI y mucho más de Juan Pablo II, que seguía las indicaciones del nefasto cardenal Angelo Sodano, quien se mantuvo por diez años como Nuncio apostólico en Chile, durante la dictadura.

Todos estos cambios indican también que hay poco donde elegir a la hora de las designaciones. Falta una renovación “from bottom”. Al menos hay que agradecer que han quedado fuera del escenario los obispos de Karadima (Talca, Linares, Los Angeles, Osorno) de los que muchos esperan que renuncien para dar un aire nuevo a una iglesia jerárquica que ha cometido demasiados errores.

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