JESUS DE NAZARET: DESDE LA PENUMBRA DE LA HISTORIA.

Leo en un escrito que hay figuras tan expresivas en sus actuaciones, que sus historias de vida son reconocidas como ciertas. Teniendo apenas un barniz de cultura general se puede reconocer a don Quijote de la Mancha, a Robinson Crusoe, a Robin Hood, a La Quintrala, a Martín Fierro, a Pedro Páramo y a mil personajes más, como seres vivientes y actuantes, aunque nunca hayan superado su condición de sombra en los libros de literatura.

¿Puede ser también Jesús de Nazaret uno de esos personajes?

Porque casi todo lo que sabemos de él proviene de lo que han dicho sus seguidores. Y ellos no son, por lo mismo, imparciales en sus relatos.

Sin embargo, hay que valorar el adverbio “casi”. Porque hay también algunas referencias provenientes de fuentes independientes de la fe cristiana. Y ellas se convierten en firme documento que acredita la existencia real de Jesús.

 

Para su época, la vida de Jesús de Nazaret fue la de un judío marginal, en un territorio marginal del imperio romano, alguien que no tuvo figuración alguna ya que no tenía poder militar, ni poder sacerdotal, ni poder de dinero, ni poder de influencia.

Si leemos los evangelios estaremos tentados de creer que Jesús fue una figura espectacular, alguien que llamó la atención de todos hasta dejar fascinada a toda la sociedad israelita e incluso al imperio romano. Que fue tal su poder que el mismo emperador de Roma decretó su muerte como a un rival peligroso.

Pero no fue así. Ningún cronista ni historiador de esa época reparó en su persona. Solamente ha quedado un par de referencias de menor importancia que atestiguan de la existencia de Jesús.

* El historiador judío Flavio Josefo en un libro escrito hacia fines del siglo I, anota:

-“ “Por aquel tiempo apareció Jesús, un hombre sabio. Fue autor de hechos asombrosos, y maestro para quienes reciben con gusto la verdad. Atrajo a muchos judíos y griegos. Y cuando Pilatos, debido a una acusación hecha por nuestros dirigentes, lo condenó a la cruz, los que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo. Y hasta hoy los cristianos, llamados así por él, no han desaparecido”.

 

* La segunda mención que hace Flavio Josefo de Jesús, es una mera referencia al hablar del asesinato del apóstol Santiago.

 

Son citas muy pequeñas pero importantes ya que constituyen datos ajenos a la biblia, provenientes de un escritor pagano.

 

Los grandes cronistas del imperio romano no mencionan el caso Jesús de Nazaret. Esto entra dentro de la lógica. Como señala Ariel Alvarez en uno de sus comentarios “Lo asombroso hubiera sido que algún historiador de la época se hubiera interesado en él. Sería una casualidad increíble que los escritores de ese tiempo se sintieran atraídos por contar la ejecución de un carpintero palestino. Lo más natural del mundo hubiera sido que ningún contemporáneo lo recordara ni mencionara.

Sin embargo, y a pesar de ello, tenemos varias referencias de él. Más aún: hay más información sobre Jesús de Nazaret que sobre otros personajes de la historia cuya existencia nadie cuestiona. Por eso, su existencia constituye hoy un hecho histórico cierto e irrefutable.

Pero sus contemporáneos se interesaron poco en él. Sólo se habló de su persona cuando los cristianos comenzaron a ser una “molestia” para la sociedad. Cuando sus seguidores empezaron a hablar del amor al prójimo, del perdón a los enemigos, del servicio a los demás como actitud de vida, de no criticar, de defender a los más pobres. Recién entonces surgió el interés por conocer a esa extraña figura, que había dado origen a la doctrina más extraña y más sublime de la historia de la humanidad.

Hoy el interés por la figura de Jesús ha vuelto a ser escaso. Quizás porque los cristianos hemos dejado de “molestar”; ya no somos un ejemplo llamativo de amor ante la sociedad. No somos los representantes de la doctrina más asombrosa que oyó la humanidad. Quizás si volviéramos a encarnar su mensaje, los historiadores, pensadores, filósofos, periodistas, vuelvan a sentirse atraídos por el carpintero de Nazaret”.

 

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¡Se nos viene el Halloween!

Andan por ahí varias cristianas (os) que se ponen nerviosos al acercarse la noche de Halloween. Creen que es algo maligno y existen llamados a “purificar” ese acontecimiento, celebrando “noches de luz”, “noches santas”, noches en que los niños salen a las calles vestidos de blanco.

Creo que nos falta a los cristianos un mayor y mejor sentido de la fiesta.

Halloween no deja de ser un juego (para algunos bastante tonto) y hay que tomarlo como tal. Es fiesta de disfraces, aprovechando la ocasión en que las iglesias llaman a recordar a los difuntos.

A la noche de Halloween hay que sumarse para tomar con humor el hecho incuestionable de pertenecer a un mundo perecible. Mejor dicho, transformable. Porque la vida no se apaga nunca sino que va asumiendo nuevas situaciones.

Halloween no es un atentado a la fe cristiana, como creen algunos devotas y devotos. Es un pequeño circo que ocupa representaciones que la misma iglesia ha difundido: el recuerdo cultual de los fallecidos, las “almas” que andan en busca de ubicación, el misterio del más allá…

Quien toma en serio esta fiesta de disfraces no tiene sentido del humor. Quien la toma como un juego, está en lo cierto. Quien la ignora, hace bien porque una calabaza hueca y calada a modo de rostro humano, a la que se le coloca una vela para dar impresión de vida, no tiene más destino a partir del 3 de noviembre, que la bolsa donde se recogen las cosas inútiles y las basuras.

Esa noche de Halloween, póngase crema blanca en la cara, póngase una capa negra, píntese de violeta las cejas y los ojos, y salga a saludar a los vecinos diciendo “dulce o travesura”. Si le dan unos caramelos, disfrútelos y agradezca el gesto de personas que han entendido que se trata de una broma sana. Si le dan un portazo o le tiran agua o no le abren la puerta…piense que se trata de gente amargada que no sabe reírse de sí misma ni de las tonterías de nuestra cultura occidental-cristiana.

 

 

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Otra más: una prohibición bien insólita.

Como si no hubiera asuntos verdaderamente importantes en este pícaro, redondo y atribulado mundo, una oficina del Vaticano ha promulgado un documento (“Instrucción Ad resurgendum cum Christo”) en el que da normas acerca de la conservación de las cenizas de los cuerpos que son cremados. En lo concreto, prohíbe que las pequeñas ánforas que guardan las cenizas de parientes, amigos o personas que pasaron por la cremación, sean conservadas en las casas familiares. Pero pueden ser conservadas en templos y lugares de culto.

Desde luego, esta propuesta tiene fuerte tinte de negocio. De hecho, son numerosos los templos que han creado “cinerarios”, y hay compañías comerciales que se han apoderado del negocio y ofrecen este servicio a las parroquias, compartiendo con ellas los beneficios.

La preocupación eclesial debiera estar atenta a cómo mejorar la calidad de vida de las personas vivas, en lugar de estar estableciendo lugares apropiados para los difuntos.

El consultor de la Congregación de la Doctrina de la Fe, el español Ángel Rodríguez Luño (Opus Dei) ha señalado que “la Iglesia no ve razones doctrinales para evitar esta práctica, ya que la cremación del cadáver no toca el alma y no impide a la omnipotencia divina resucitar el cuerpo”. Es decir, se trata de una declaración de alguien que se cree asesor del mismísimo Dios, para asuntos de eternidad.

Es lamentable que se impongan normativas insólitas, por emplear un término vago que no dice gran cosa. El tema recuerda las llamadas “luchas teológicas” de fines del siglo XIX cuando se discutía la ley de cementerios en el país. Fueron tiempos recios en que el gobierno liberal modernizaba la nación y la jerarquía católica respondía con excomuniones a las que nadie hacía caso.

El documento de ahora dice fundamentarse en razones de respeto a la persona que fue en vida quien ahora está convertido en cenizas. Pero es un argumento tan feble que no resiste el menor golpe. Señala que no es idea cristiana “la conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos”. Pero ese documento no explica ni da razones para los trozos de cuerpo humano que andan en relicarios y son paseados para jolgorio devoto de la feligresía católica, o son venerados en sendos estuches, cofres, joyeros o tecas, en los templos. Hace poco tiempo se anunciaban tubitos con sangre del papa Juan Pablo II, como antes se hacían procesiones con el brazo de santa Teresa de Avila.

Varios amigos y amigas me pregunta acerca de qué lado estoy en mi vocación y servicio al pueblo de Dios en mi condición de cura católico. Les respondo que nunca me he sentido más contento con esta vocación, precisamente porque me permite tener cierta tribuna para desmitificar idolatrías. Yo quiero a mi iglesia joven, dinámica, alegre, servicial, celebrativa de la vida, defensora de la dignidad de todos los hijos de Dios, comprometida con la liberación de todas las cadenas que impiden el crecimiento vital.

Ver a mi iglesia enredada en asuntos menores, en discusiones bizantinas, en problemática de sacristía, me duele y me lleva a plantear mi posición con la finalidad de ayudar a purificar la fe.

Creo estar viviendo un tiempo de gracia muy especial para la comunidad cristiana. Y hay que aprovecharlo. Para ello vayamos a lo fundamental, que es proclamar y vivir y comunicar la misericordia de Dios, y dejar las cenizas de nuestros seres queridos allí donde nos queden más cerca del corazón.

 

 

 

 

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Toda una mujer

 

Antonia Brenner murió el 17 de octubre, hace ya tres años.

Los encarcelados en la carcel-peninteciería de Tijuana, siguen llamándola “mamá”.

Nacida entre los algodones de la opulencia, allá por Beverly Hills, creció en el ambiente de los astros de cine. Inserta en ese mundo de oropeles, se casó a los 18 años, se divorció, casó nuevamente y se divorció por segunda vez, y tuvo ocho hijos de sus dos esposos.     Un día, accediendo a un compromiso que cumplió de malas ganas, visitó la cárcel de la Mesa, en Tijuana. Lo que vio allí le alborotó el corazón. Cada vez que pudo volvió a la penitenciaría para llevar algo de consuelo, alivio, compañía, sustento y medicinas a las mujeres y a los varones encarcelados.

Cuando sus hijos crecieron, Antonia vendió o repartió sus propiedades y logró que el Alcaide de la prisión le diera una celda como alojamiento. Así se quedó a vivir al interior de la penitenciaría,     viviendo al mismo nivel que los reclusos.

Invitó a sus amistades a interesarse por las necesidades de los encarcelados, y de modo especial invitó a mujeres mayores de 45 años a organizarse para servir a los menos afortunados.

Treinta y dos años estuvo Antonia viviendo al interior de la cárcel de Tijuana. Su grupo de amigas tomó el nombre de Siervas Eudistas de la Undécima Hora, un título que recordaba que nadie por edad ni condición quedaba excluido del llamado a ser prójimo de los caídos.

Toda su casa fue una celda de 3 metros cuadrados en la sección femenina de la penitenciaría, viviendo como las internas. Cada mañana formaba fila junto a las reclusas y gritaba su nombre respondiendo a las ordenanzas.

Los traficantes de droga, los ladrones, los asesinos, los violadores, gente que estaban marcados por la sociedad como violentos y peligrosos, fueron sus amigos. Ellos recibían el consuelo, le contaban sus tragedias, le pedían que estuviera junto a ellos en las horas más duras.

En este tiempo en que la sociedad se ve remecida por el grito de justicia que exige respeto, dignidad, consideración y reconocimiento a la mujer en cuanto tal, por ser persona humana, imagen y semejanza de la maternidad de Dios que es creador de vida, vale la pena rescatar el testimonio de Antonia Brenner.

Como hija de Beverly Hill, crecida en un ambiente de farándula y de la fantasía del cine, ciertamente que también ella se desnudó y lo hizo para siempre: se quitó los vestidos de seda, los adornos de joyería, la indumentaria de bataclana, y quedó ante los ojos de Dios y del mundo, tal como era: una persona que entendió que el que no vive para servir, no sirve para vivir.

 

 

 

 

 

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SAN JUAN GABRIEL BROCHERO.

El 16 de octubre fue declarado “santo” , es decir “cristiano ejemplar” el cura Brochero. Un santo de estos tiempos, un cura de la sierra cordobesa, en Argentina. Un cura serrano que fumaba, decía palabras de grueso calibre cuando su mula Malacara se plantaba en el camino sin querer dar un paso más.

José Gabriel Brochero, murió un día víctima de la terrible enfermedad de la lepra, que había contraído atendiendo enfermos en las serranías. Fue un apóstol de los retiros de conversión como eran los ejercicios espirituales. Para ello construyó con sus propias manos una casa apropiada que levantó para “joder al diablo”, como afirmaba en sus sermones. Y lo logró. Miles de campesinos y personas de los pueblos de traslasierra fortificaron su fe a través de ese medio de evaluación personal y programación de vida que son los ejercicios espirituales.

Argentina inscribe con él su segundo ciudadano reconocido oficialmente por la iglesia como modelo de vida cristiana. Gracias a él todo bautizado puede estar seguro de lograr la santidad al tener un corazón solidario y caritativo, un corazón que ama a Dios y lo demuestra amando a los hermanos. Si fuma, o dice groserías, o juega a las cartas, o se bebe un trago con los paisanos…no tiene importancia. Lo que tiene importancia es la caridad.

 

 

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Otro latinoamericano en la cúpula eclesial.

Con la elección del venezolano Arturo Sosa como superior general de los Jesuitas se instala en la cúpula eclesial otro latinoamericano: el llamado “papa negro” (por la importancia de los jesuitas en la iglesia) se suma al “papa blanco” como es el obispo de Roma, el argentino Jorge Bergoglio.

Próximo a cumplir los 68 años, Arturo Sosa tiene un historial ligado a la docencia y la investigación, con un doctorado en ciencias políticas.

Sería redundante comentar la importancia de la Compañía de Jesús en la vida eclesial y también en la configuración social en el mundo occidental y aún más allá. Pero recordar algunos hitos en la historia aunque sea a modo de pincelazos, nos hace ver que estamos ante una organización con una estructura granítica que le ha hecho superar embates formidables.

En su historial, la institución creada por Ignacio de Loyola con el nombre de “Compañía de Jesús” ha habido de todo. Por algo un escritor ácido y conservador, Salvador Valdés, lanzó una vez un libro agresivo en contra de esa comunidad y que tituló: “La Compañía de Jesús, ¡ay, Jesús, qué compañía!”

Durante cuarenta años fueron perseguidos incluso por la jerarquía católica. El papa Clemente XIV, quien había sido alumno de colegios jesuitas antes de ingresar a la Orden Franciscana, puso la firma para la supresión de los jesuitas en todo el mundo. Era en al año 1773.

De inmediato, Francia y España, países que habían solicitado esa medida para apoderarse de los bienes y espacios que los hijos de san Ignacio habían adquirido con buenas y malas artes, le regalaron al Papa los territorios de Avignon, el condado venesino, y Benevento.

Refugiados al amparo de Catalina de Rusia, los jesuitas supieron esperar que pasara el aluvión. Tenían a su favor lo que el sociólogo Lowley señala como los cuatro pilares de su éxito como instituto religioso y como organización empresarial: 1) el conocimiento de sus valores, sus fortalezas y debilidades ante un objetivo claramente establecido. 2) El empleo del ingenio para superar el estancamiento y ubicarse en un mundo pluricultural siempre en cambio. 3) El saber mantener el liderazgo basado en los abrazos más que en las amenazas; es decir, manifestar una actitud de comprensión y de cercanía a personas y situaciones humanas. Y, finalmente, 4) establecer como norma de vida las aspiraciones incluso heroicas, sabiendo que el futuro no se espera sino que se construye.

Una organización así, con una filosofía práctica y aterrizada, llegó con la invasión europea a tierras de América, con cincuenta años de retraso respecto a las cuatro órdenes religiosas clásicas: mercedarios, dominicos, franciscanos y agustinos. Sin embargo, a los pocos años, ya tenían ganado buen prestigio, a la par de territorios, familias, influencias y haberes. Además superaban a las otras corporaciones religiosas en agilidad, organización e inventiva. Las misiones jesuíticas en Paraguay y parte del territorio del Chaco argentino, llegaron a ser un ejemplo de una estructura con elementos democráticos en una sociedad piramidal, arribista y burguesa en los tiempos coloniales.

Como ex profesor de la cátedra de Historia de las Ideas Políticas de Venezuela, el nuevo superior general de los jesuitas conoce, sin duda, todo ese pasado.

Si un jesuita italiano, Mateo Ricci, llegó a ser consejero privado del emperador de China hace cuatrocientos años no es de extrañar que otro haya sido gobernador-interventor del reino de Chile (Luis Valdivia), otro se haya autocalificado como “esclavo de los negros. Efectivamente Pedro Claver llegó desde España a Cartagena de Indias y puso su vida al servicio y defensa de aquellos de los que los teólogos de la época discutían si tendrían alma humana.

  • Ahora el nuevo superior general tiene que conducir a su instituto frente a nuevos desafíos. Y el aporte que puede entregar un latinoamericano para navegar en las aguas tumultuosas del siglo XXI debe ser un elemento muy positivo a la hora de visualizar la meta más allá del oleaje. La línea de conducción que impulse será de importancia fundamental: una orden religiosa con prestigio, poder, influencias y programa definido, tiene mucho que aportar en la defensa de los empobrecidos, en la dignidad de los marginados, en la fortificación del compromiso con las nobles causas humanas. Desde luego también con una doctrina religiosa que valide lo mejor de la buena tradición de la Compañía de Jesús: conocimiento de sí mismo, fidelidad a la iglesia, valoración del entendimiento, ubicación en la historia, oración que fundamenta la acción buscando siempre la mayor gloria de Dios. Y al decir de san Irineo, “la gloria de Dios consiste en que el ser humano tenga vida”.

 

 

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homilía

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La preocupación del cardenal Sarah.

Tener al cardenal Sarah, un hombre de Guinea que fue nombrado arzobispo a los 34 años, como Prefecto o Director de la Oficina encargada de las celebraciones litúrgicas en todo el mundo, ha sido una calamidad, al parecer de muchos.

Sus propuestas para que las misas vuelvan a ser de espaldas a la comunidad reunida y siempre dirigiendo las oraciones y los signos de culto hacia el oriente…ya no tienen mucho asidero en la realidad de las liturgias actuales.

Ya el papa Pablo VI había señalado que la forma ordinaria de celebración de la eucaristía debe ser de cara al pueblo. Fue Benedicto XVI quien más tarde permitió la celebración en el estilo antiguo, en ciertas ocasiones.

La santa cena que Jesús pidió fuera celebrada por sus amigos como memorial de su pasión por la humanidad, ha tenido a lo largo de la historia un esquema bastante hermético que ha fosilizado algunas formas, palabras y gestos tratando de salvaguardar el modelo original.

Pero el modelo original es bien distinto a la celebración de las misas actuales.

Desde luego, la santa cena se realiza alrededor de una mesa o quizá un mantel extendido sobre el piso, donde Jesús y sus amigos la compartieron acomodados en unos almohadones de arpillera rellenos con plumas de gallinas o simplemente de arena. No había había tenedores ni otros elementos de cocina. Se comía con la mano sacando todos de una misma fuente o untando en salsas los trozos de pan, sin migas. Los pelotones de migas se empleaban solamente para limpiarse las manos o secarse el sudor. Después se tiraban a los perros.

Todos bebían de unas grandes copas que pasaban de boca en boca. Si las comidas tenían alguna importancia social, eran acompañadas de grupos de bailarinas que se contorneaban según el tintineo de las pequeñas campanillas que llevaban atadas a sus tobillos.

Como los evangelios dan versiones distintas a la última cena de Jesús con sus amigos, no se sabe cómo celebraron su amistad. Los datos que aparecen en en Nuevo Testamento no son producto de una crónica ni de un relato para rescatar la historia, sino una catequesis para las comunidades para animarlas en la fe.

Cuando esas comunidades- su jerarquía- se convirtieron al imperio de Constantino tomando sus ritos, sus liturgias, sus grandiosidades, sus vestimentas, su estilo magnífico, evidentemente la santa cena pasó a ser una celebración distinta. Perdió sencillez, perdió cercanía, perdió “alma” para convertirse en un rito de corte imperial.

Pasar de las catacumbas a los grandes templos, de la mesa familiar a los altares, desvió totalmente el sentido original.

En el medioevo y en los tiempos de cristiandad, las catedrales y los templos deberían tener sus puertas y su fachada dirigida al oriente: era un recuerdo expresivo por el que la comunidad reconocía la cuna de sus creencias.

Los tiempos cambiaron. Los pueblos también. Lo que importa en una iglesia misionera es mantener las líneas matrices y celebrar su fe, colaborar en la esperanza y aunar esfuerzos con creyentes y no creyentes para construir un mundo habitable, fraterno y solidario. Otro mundo es posible. Otra iglesia también.

La tarea es anunciar y trabajar según el evangelio de María, la madre de Jesús: testimoniar la alegría que nace cuando los poderosos son aventados de sus posiciones privilegiadas y los empobrecidos se levantan para exigir sus derechos en la gran mesa social.

Ante todo este panorama de un mundo que palpita por más justicia, más equidad, más libertad, más fraternidad, las preocupaciones del señor cardenal Sarah quedan bastante fuera de foco. A nadie le importa que los templos tengan las puertas hacia el oriente. Lo que importa es que estén abiertas para recibir a los que llegan en busca de un abrazo, y para salir en busca de los que andan derrotados por la vida.

 

 

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paseo parroquial.

paseo-social Juventud parroquial organiza paseo de fin de año. Inscripciones en secretaría. Aporte: $ 500.-

 

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Yo te bautizo…

Las palabras de la liturgia: “ (se dice el nombre) Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” unidas a la acción de derramar agua en la cabeza de quien es bautizado, constituyen el primer signo del sacramento bautismal.

Pero ¿qué es el bautismo?

Se trata de un signo elocuente que indica que algo (alguien) es sumergido para emerger de nuevo a modo de un nacimiento. Algo (alguien) entra a las aguas, desaparece, y surge en una nueva condición: el agua ha purificado, ha comunicado vida nueva, ha impulsado a una vitalidad.

Por eso el bautismo por inmersión es bien representativo de lo que pretende.

Por razones de practicidad (comodidad) ese signo se ha limitado a derramar agua sobre la cabeza de quien se bautiza.

En la inmersión el rito se cumple cuando el agua cubre la cabeza del que entra en las aguas. Al simplificarlo, en la actual liturgia bautismal, el agua se derrama en la cabeza para significar que     si cubre la cabeza, todo el cuerpo es sumergido.

En la teología se explica que ese signo representa al mismo Cristo que tras su muerte se alza victorioso por el poder de Dios: estaba muerto (sumergido) y ha resucitado a una dimensión nueva, a una vida nueva.

Al mismo tiempo de esa acción, se proclama que se hace en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Tras derramar el agua sobre la cabeza de quien se bautiza, se le unge con el óleo o aceite puro de oliva, para indicar que esa vida cristiana que comienza, es indeleble: no se borra ni desaparece. El oleo o aceite penetra en los tejidos y los impregna con fuerza. En el bautismo tiene también ese significado: que la vida en Cristo impregne profundamente la vida de quien es bautizado y le otorgue fortaleza para enfrentar los desafíos de la vida.

Por último, quien se bautiza, o sus padrinos o padres, encienden un cirio que sostienen en sus manos indicando que Cristo debe ser la luz que ilumine el camino por donde se va a transitar y ahuyentará los miedos y los traumas para poder caminar con seguridad.

Esos son los tres grandes signos bautismales: el agua, el óleo y la luz.

Lamentablemente a muchas personas que acuden a pedir el bautismo para sí o para sus hijos, toda esa simbología no les dice gran cosa. Se limitan a gestos mecánicos y a seguir las indicaciones de los guías o del cura, pero un tanto lejanos de un verdadero compromiso de fe que les alegre el corazón.

Las manifestaciones de alegría vienen después, cuando el bebé que se ha bautizado duerme en una cuna y los padrinos, madrinas, papás y mamás, tíos, abuelos, amigas y amigos y más de algún paracaidista, brindan, se abrazan, ríen, bailan y dan por cumplida una tarea: bautizar. Quizá regresen de nuevo a los templos diez años más tarde cuando acompañen a esos mismos niños en la primera eucaristía.

Ciertamente van a regresar cuando la parentela los acompañe para despedirlos de esta vida.

Pero entonces ya no se darán cuenta.

 

 

 

 

 

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